¡Buenos días! Ayer, con 89 años, se ha ido Luis Uruñuela, el primer alcalde de Sevilla en la democracia. Las evaluaciones políticas no me corresponden a mí. He leído algunas cosas tipo semblanzas y, la verdad, nunca me sentí en aquellos primeros tiempos con miedo a la democracia, lo mismo que no vine de miedos a Franco. Nací en las coordenadas justas donde estaba el confort que para sus cinco hijos había conseguido nuestro padre, un abogado de tanto prestigio como discreción social, con alergia al figureo y al ofrecimiento de cargos con seguimiento en los medios, lo más opuesto a los sueños de ser Rey Mago o Pregonero. Y el acomodo económico de la infancia o la primera juventud, lo sé por experiencia, retrasa hasta la madurez otras inquietudes y preocupaciones. Uruñuela, además, formó parte desde Sevilla de la Transición española, que se hizo ejemplarmente como un día la definió Suárez: «Estamos dando agua a la vez que se cambian las cañerías». Y Luis hacía años que había formado parte de mi inmensa familia, casado con una prima de mi madre, Trinidad Mesa. Uruñuela eran su cuñada Magdalena (suegra después de Rafa Serna), los Lirola, las tías Manolita y Rosario… y su hija María José, fallecida repentinamente hace ya mucho, que fue buena amiga mía. Cuando fundé la publicación «Sevilla Nuestra» pensé que la primera autoridad municipal debía recibirme en el Ayuntamiento por recuperar una de las tradiciones perdidas de la ciudad, las revistas de primavera. Me recibió acompañado de mi gran amigo el académico Daniel Pineda Novo. Y hoy dejo esta foto de la noche en la que el Pregonero de 1983, Enrique Osborne Isasi, recibió la visita del alcalde y otras personalidades en su domicilio de la calle Zaragoza. Alto y elegante, vestido de frac, seguramente presidió como nadie, y tal si fuera un actor distinguido, los pasos de la Hiniesta y el Santo Entierro. Descanse en paz. ¡Feliz sábado!





