
Martín Grace doblando a Roger Moore
¡Buenos días! El fabuloso mundo del cine siempre te hace desear formar parte de lo que ves en la gran pantalla. En las películas se hallan muchas vidas que han sido tantas veces la escapatoria de la nuestra. Sin necesidad de levantarnos de una butaca, hemos puesto los pies en New York, hemos creído mirar con los fascinantes ojos azules de Paul Newman, besar los labios de Ursula Andress, desayunar diamantes con Audrey Hepburn, o salir airosos de los incesantes obstáculos de James Bond. La imaginación de cada cual no tendría fin. Si usted busca la ensoñación de trepar las fachadas de los edificios, a la mano le queda el cine; aunque a mí, la verdad, no me llama la atención convertirme en Spiderman. Y el cine me enseñaría a aguantar muchas situaciones con la infinita paciencia de los actores a lo largo de la tediosa duración de sus rodajes, en los tiempos muertos que han de soportar entre una escena y otra. Fernando Fernán Gómez, tan malhumorado como maestro, solía decir: «Al final de todo nos pagan por esperar». Pero si en la vida me gustaría disponer de un recurso del cine, estaría encantado de que en no pocos momentos contara con la posibilidad de tener un doble, alguien que me sustituyera en las secuencias de mayor peligro, que se dejara a trozos la ropa y me evitara arriesgar mi piel. Ese alguien que hiciera creer que he sido yo el valiente y audaz protagonista de mi vida, cuando en realidad yo hubiera preferido estar durante esos difíciles trances sentado plácidamente en una de esas sillas que por su espaldar trasero pone el nombre de la estrella. ¡Feliz miércoles!





