¡Buenos días! Dolores visitaba periódicamente a mi madre. Es posible que con la frecuencia que le obligaban sus muchas necesidades, tan propias del difícil ambiente de la precariedad económica de su hogar familiar, con marido y niños que sacar adelante. Pero esa frecuencia, buscando huecos en su lucha constante, hecha de empujar tanto para los suyos, no le restaba nada del afecto que sentía por mi madre, a la que invariablemente siempre hallaba comprensiva y generosa con sus privaciones. La verdad es que ese era el estilo inconfundible de mi madre con todos. ¿Heredado de su padre, mi abuelo Rafael? Seguramente. Dolores había nacido con las hechuras de la vida que iba a esperarle sin descanso: bajita, menuda, poca cosa, desapercibida por donde pasara. Hasta el pelo cortado como una novicia daba la impresión de amoldarse a su interés por no molestar ni llamar la atención en ninguna parte. La coquetería ya no estaba entre sus planes. La máxima ambición era subsistir. A Dolores le habían puesto un nombre como un destino. Y le sonaba aquella voz tan delgada como su breve cuerpo de huesos pelados de grasa. Vestía incluso un abriguito de invierno que, si en Sevilla estaba acostumbrado a lidiar con la humedad y los fríos, en Rusia habría resultado inútil, salvo para aparentar la mínima dignidad de un ser humano bajo cero. Mi madre rastreaba entonces por nuestros armarios ropa ya sin usar y superada por las estaturas crecientes de cinco hijos. Ni mi padre se libraba de aquella concienzuda revisión descubriendo retales. En esos momentos, Dolores recobraba una cierta respiración que no había traído al llegar. Y se iba, hasta la próxima, con una bolsa llena de prendas «nuevas» de segunda, con tanta alegría y agradecimiento que si saliera de compras en Mango. ¡Feliz viernes!





