Ha hecho falta el pasar físicamente por este ángulo del gran espacio conocido genéricamente como “la Encarnación” (o “las Setas”), para observar, con asombro, un hecho del que no se había oído en los medios ni una palabra.
Por un hecho similar, aunque de mucha menor envergadura, acaecido al otro lado del río, se formó hace año y medio un revuelo mediático impresionante, a escala nacional y quién sabe si mundial, en nuestra época carente de fronteras. Todavía hoy, al pasar por la esquina entre la calles San Jacinto y Pagés del Corro, hay quien exclama “¡Hay que ver, que quisieron cortar este árbol”, como quien rememora un cruento caso nunca visto de maldad… Ya no es el hombre -el ser humano- el “rey de la Creación”, sino que es el esclavo que le debe sumisión a animales y plantas, sin derecho a decidir sobre ellas. Un cambio antropológico monumental… pero además sólo en este caso. Es decir, aplicado sólo a aquél árbol.
Pues ahora vemos cómo de repente, de un día para otro, ha desaparecido el monumental, gigantesco árbol que dominaba la antigua plaza de la Encarnación, el árbol que miles de personas contemplaron para entretenerse mientras esperaban, antaño, los muchos autobuses que allí tenían la parada principal; el árbol que era el enorme techo natural de aquel espacio en torno a la fuente, el reducto que quedaba tras el millonario destrozo de “las Setas”.
Y nadie ha dicho ni una palabra.
Opinamos que los árboles están al servicio de las personas (opinión esta que pronto será delictiva, si no lo es ya). Hay que cuidarlos porque son benéficos para el entorno, y por tanto para el ser humano. Si por cuestión de organización urbana, por logística, hay que talar unos cuantos, pues opinamos que es legítimo (ahí está la diferencia, los que nos apoyamos en principios que creó el Cristianismo, con las personas. Con personas NO es legítimo el deshacerse de unas cuantas “si estorban para un proyecto logístico”. Con árboles, aunque sea una lástima, pues sí). Así pues, el que de repente hayan talado un árbol señero, histórico, gigantesco, no sería para clamar al cielo, imaginamos que sus razones habrán tenido.
Pero, ¿por qué en otros casos sí se clamó, y de manera tan descomunal, tan airada y unánime?
Así pues, los árboles son como las personas. De la pura arbitrariedad depende que la causa de una, que cae en gracia y sale en los medios, se defienda con un ahínco generalizado y la causa de millones de otras caiga en el olvido. Ocurren matanzas de cristianos que ni se mencionan. Supuestas ofensas acaecidas hace treinta años a un privilegiado, éstas llenan telediarios. En fin, lo que padecen las personas, no es mucho que lo “sufran” también los árboles (aunque nos disgusta equipararlos a las personas, pero ya casi dan ganas de tirar la toalla, faltos de energía para defender las cosas tan en solitario).
Este despreciado árbol de la Encarnación, del que nadie ha hecho la elegía cuando tanta sombra dio a miles, acaso millones de personas… es uno más en la lista no realizada de la cantidad de árboles que una vez hicieron a Sevilla más humana. (No hay que cansarse de repetirlo: no es por los árboles en sí, no es porque ellos tengan “derechos”; es por el beneficio o no que dan al entorno que habitamos).
¡Se nos olvidan las cosas tan rápido! ¿Quién recuerda cómo estaba la Avenida antes de la peatonalización? En nuestra sociedad envejecida, más de la mitad de los sevillanos que ahora viven deberían recordarlo: la han vivido, la han recorrido desde sus aceras mientras circulaban, por la calzada, coches y autobuses. Pero se olvida, la imagen actual destruye la anterior con una radicalidad tremenda.
Los que hacíamos cosas tan “inútiles” como coleccionar postales podemos presentar pruebas fehacientes de cómo estaba la ciudad, no a principios del siglo XX (es más fácil ver imágenes de la Sevilla antigua, encantadora y en blanco y negro para nostálgicos – para eso hay muchas páginas en redes sociales- que imágenes de hace sólo veinte años, más sangrantes de ver, porque el destrozo es más reciente y evitable. Pero eso no se quiere saber), no, sino en torno al año 2000.
Es decir: ha sido en la época actual, contemporánea, plagada ya de ecologismo y arbolismo desde hace muchas décadas, cuando se han liquidado, sin que nadie abra la boca, los más hermosos y útiles árboles de Sevilla.
Una vez más hay que citar a Jorge Manrique…
“Non curemos de saber/ lo de aquel siglo pasado/ qué fue dello/ Vengamos a lo de ayer/ que también es olvidado/ como aquello”

Fachada del Palacio de San Telmo, año 2000.
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