Analizar lo que une y moviliza a determinados grupos muy activos en sus críticas contra lo que significa Occidente, enfatizando lo malo y ridiculizando o minimizando lo bueno, nos ayuda a comprender el fin último que persiguen: derribar el imponente edificio erigido a través de los siglos por la civilización occidental, cimentado en la fe y cultura cristiana. Un edificio que pretenderían sustituirnos por utópicos paraísos en la tierra concebidos por arquitectos de mentes delirantes y que habitaría una nueva humanidad superior a todas las anteriores.
Por eso, sabedores de que la familia constituye el primer bastión y refugio contra las agresiones e imposiciones del poder, buscan desnaturalizarla y transformarla en cualquier otra cosa que apenas se le parezca. Lo que también explica su interés por someter a mutación (y hasta a mutilación) a la mujer: generadora de vida y auténtico armazón de la familia en todas las culturas. Vaciada y confundida en su esencia, queda garantizada la progresiva erosión de la base de todo el edificio.
Pero muy protegido por estos, y a la sombra de su destructiva labor, ha ido creciendo otro grupo poderoso, aunque de fundamentos radicalmente contrarios y más letal aún contra Occidente, que también persigue imponernos su particular sociedad, no precisamente novedosa. De triunfar finalmente unos y otros en su objetivo común, es fácil prever una colisión tremenda entre ambos grupos, donde sólo podría vencer uno.





