Que haya cenas de etiqueta, photocalls, bellas personas y personas bellas, ricos y tiesos, gente de bien y gente que no sabe lo que es, gente culta y culturetas, sinceramente: “a mí me la suda”.
Me parece perfecto que se revisen los expedientes, con qué criterio – ¡Ay, Dios mío, el criterio!- y bajo qué condiciones se concedió la autorización. Que se determine si todo fue correcto desde el punto de vista jurídico y patrimonial. Y después de esto, ¿qué?
No es cuestión de estar pendiente de quien pone las mesas aquí, allá o acullá. Tampoco parece que sea muy grave que la Giralda salga de fondo en fotos más o menos estudiadas; al fin y al cabo, lleva siglos saliendo de fondo en todo y, hasta ahora, ha sobrevivido.
Me fascina la facilidad con la que somos capaces de convertir cualquier asunto en una cuestión de Estado.
No hace falta saber mucho de cualquier cosa para tener una opinión. Es más: sospecho que saber mucho puede resultar contraproducente. Y es que la opinión de los sevillanos no necesita demasiados datos para alcanzar conclusiones extraordinariamente firmes.
El procedimiento es sencillo:
Alguien publica algo y alguien se indigna con un rotundo: «esto no pasaba antes». Aparece el sevillano lirico que sentencia: «hemos perdido el cielo del poeta porque hemos vendido la ciudad más bonita del mundo».
Al final siempre entra en el asunto el que tiene una gran amistad con alguien que estaba allí.
Y aquí nos perdemos, se acabó el debate y florecen las trincheras. Claro que, afortunadamente, la guerra apenas dura un par de días. Todos hablamos del “antes” como un lugar imaginario en el que Sevilla fue perfecta. “Yo ya dije que esto acabaría por pasar”. Naturalmente, aunque sea después, pero lo dijo. Nadie como nosotros sabe jugar mejor al cupón de ayer.
Quizás el problema no sea que hablemos y opinemos demasiado. Eso sería injusto. Discutir es bueno, criticar al poder es sano, preguntar por el uso del patrimonio público es necesario. Por eso digo que a mí el “Affaire Escaparate” me la suda.
Me declaro incapaz de compartir la facilidad con que pasamos de una foto a la indignación. De la indignación a la conclusión. De la conclusión al juicio sobre lo divino y lo humano. Y de ahí, en cuestión de horas, a explicar cuál es el futuro de la ciudad. Todo sin despeinarnos, !eso sí que tiene mérito!
Tenemos clarísimo cual es el modelo que queremos hoy; la semana que viene, pues ya veremos. Somos tan noveleros que confundimos conversación con proyecto, que nos adaptamos sin pudor a quien tenga más capacidad para hacerse oír. Y así, pasito a paso, Sevilla sigue teniendo las mismas preguntas pendientes resumidas en una: ¿Hacia dónde vamos? Nadie podrá contestar porque queremos todo sin que nada nos moleste.
Difícil lo tiene un Gobierno Municipal, sea el que sea, cuando confunde su obligación de escuchar con esperar a ver qué dice todo el mundo antes de decidir, con navegar sobre una encuesta permanente.
Gobernar no es hacer zapping con la opinión pública.





