No se puede escribir sobre pérdidas personales y grandes dolores “en caliente”. Poetas, novelistas, ensayistas que expresaron con palabras hermosas y certeras la magnitud de su dolor, es seguro que no lo hicieron un instante después del trauma del que se tratara. Necesitaron un tiempo de maceración. En medio del dolor, si es grande y verdadero, no se da ni con las palabras justas… Jorge Manrique, Marcel Proust, C.S.Lewis y otros miles, como escritores necesitaban trasladar su pena al papel, ya fuera incluso sólo para ellos mismos; pero esto requería un tiempo. Sólo se puede describir bien el dolor cuando éste ha cedido un poco, y se ha recobrado alguna serenidad.
Así pues, no pensaba decir nada sobre la terrible noticia de hace unos días (la humillación, el sello de nuestra condición de esclavos que contemplan cómo los VIPs de este mundo ocupan nuestros espacios sagrados para aplastarnos con su frivolidad) por falta de palabras, por estar demasiado hirviente la indignación y ser incluso incapaz de creerlo aún.
Pero hay cosas inaplazables. Más tarde, tal vez se pueda hacer con mayor fluidez. Pero de momento, aun con torpeza, aun con el sopor de la incredulidad, ¡hay que decir algo!
No hay que andarse estudiando ordenanzas municipales ni analizando aquí ni allá ni menos utilizar las cosas políticamente.
Esto es una invasión comparable a la de Ceuta. Cuando miles de invasores se ríen y se chulean de los ciudadanos a los que acaban de robarles su espacio vital.
No nos andemos con permisos ni con letras pequeñas ni grandes ni con siglas.
Si alguien no siente herida su sensibilidad más elemental al ver las imágenes de la otra noche en la Plaza de la Virgen de los Reyes y en la del Triunfo… tampoco la sentirá al ver Ceuta invadida ni al ver ya nada en absoluto. Son esos seres subhumanos nacidos para beber, comer, posar y reírse mientras el mundo expoliado a su alrededor se hunde.
(¡Sillas para ver comer y beber a estos seres! Como cuando la corte se peleaba para ver comer a Luis XIV en Versalles. Pero esto último tenía mucha mayor justificación).
La fuerza es algo que sólo debe ser usada como última ratio. Pero cuando esa necesidad llega, no hay más remedio que usarla.
Nuestra sociedad ha abusado del uso de la fuerza (en el sentido de manifestarse en exceso y cortar calles por cualquier mínima cosa administrativa, en el sentido de abusar de las huelgas). Quien nunca simpatizó con esas cosas se ve ahora diciendo: el momento ha llegado.
De haberlo sabido con tiempo, veo justificado y aun necesario que unos cuantos miles de ciudadanos, sin violencia sino simplemente empujando, es decir, con un uso tranquilo de la fuerza de su peso, hubieran obviado las vallas y ocupado el espacio que es legítimamente suyo, nuestro, y que de modo tan humillante y grotesco querían mancillar.
Pero lo mancillaron.
No hay paz ni sosiego para describir las cosas bien. Nos han esclavizado y expoliado y humillado, como en Ceuta (donde se nos obliga a limpiar lo que dejan los invasores). Nuestros “gobernantes” nos han convertido en esclavos.
Pero, como Viktor Frankl y otros atinaron a describir: En el campo de concentración les queda aún la libertad interior. (La que muchos no conservan, pues el lavado de cerebro les hace interiorizar los argumentos de los opresores). Si nos han esclavizado, lo único que nos puede seguir confiriendo una mínima dignidad humana, es reconocerlo y saberlo. No entremos en argumentos inaceptables.
Nos han esclavizado y esto no tiene justificación alguna





