14 de julio. Día en que el pueblo de París derribó la Bastilla creyendo que aquel sería el mayor asalto de la historia de Francia. Qué ingenuidad. Dos siglos y pico después, los que hemos tomado la Bastilla, futbolísticamente hablando, hemos sido nosotros, a su costa, con un balón como ariete y una selección convertida en ejército de seda y acero. Y, para mayor escarnio del calendario, en la víspera de la festividad de San Eutropio, patrón de mi pueblo, Paradas, un santo francés que, por una noche al menos, debió de mirar al cielo, guiñar un ojo y decidir que esta vez la providencia hablaba español.
Porque lo de ayer no fue un partido. Fue una guillotina perfectamente afilada, con el filo recién asentado y la maquinaria tan bien engrasada que cada jugada caía con la precisión de un reloj suizo… aunque los verdugos llevaran acentos donostiarra y sambenitense. Francia entró al campo con galones de campeona y salió preguntándose dónde había dejado el mapa. España no ganó, sin que dictó sentencia con una sonrisa, que por algo las gaditanas se hacen tirabuzones con las bombas que tiran los fanfarrones.
Hay deudas que no prescriben ante el inexorable paso del tiempo. Ahí siguen los lienzos que el mariscal Soult fue arrancando de Sevilla para enriquecer su colección particular y, de paso, la de su nación. Murillos, Zurbaranes y tantos tesoros que cruzaron los Pirineos sin billete de vuelta. Pues bien, con otra victoria como esta, que vayan preparando el inventario. Lienzo a lienzo. Marco a marco. Que cada gol descuente una sala de museo y que cada ovación acerque un camión de regreso hacia Andalucía. El fútbol no entiende de restituciones artísticas, pero la imaginación sí, y esta noche tenía licencia para soñar.
Lo de ayer recordó a Bailén. Aquella rendición francesa en la Casa de Postas fue histórica. Esta, aunque deportiva, es igual de simbólica. No hizo falta improvisar un Dos de Mayo en el cuartel de Monteleón con Luis Daoíz y Pedro Velarde al frente. Bastó con once camisetas blancas, un puñado de piernas incansables y una idea compartida: correr más, pensar mejor y jugar como solo juegan quienes saben que el talento florece cuando nadie pretende ser más importante que el compañero.
Ahora aguarda la final. Argentina o Inglaterra. Da igual el nombre que aparezca en la otra orilla. Que no se confíen. Si alguna lección aprendimos desde Trafalgar es que la historia no concede revanchas, pero el deporte sí regala oportunidades para escribir capítulos nuevos. Y esta selección tiene la pluma cargada de tinta, de descaro y de fútbol.
Pase lo que pase el domingo, ya han demostrado que el escudo pesa menos cuando lo sostienen muchos hombros a la vez. Como dijo don Alfredo Di Stéfano: “Un jugador nunca es tan bueno como un equipo completo”. Esa ha sido la verdadera victoria de España.
Así que afinen las gargantas, levanten las bufandas y, mientras Francia recompone el orgullo, nosotros celebremos con una sonrisa, porque hay noches que merecen convertirse en canción. Y si hay que ponerle banda sonora a esta hazaña, que suene aquello que cantaba Silvio: “Fille de la Bastille…”. Porque hay derrotas que duelen… y victorias que, además de hacer historia, tienen un delicioso sentido del humor.





