La silla, en su humilde vocación doméstica, ha sido siempre cómplice silenciosa de la vida. Sostiene cuerpos cansados, conversaciones interminables y desayunos que llegan tarde. En la cocina aguanta migas, confidencias y algún que otro reproche. En el salón, escucha opiniones políticas que jamás pidió o novelas que nunca leerá. Es objeto paciente, resignado a su destino de madera, hierro o plástico, según el capricho o del presupuesto. Nadie le exige belleza, apenas firmeza. Y, sin embargo, en esa aparente insignificancia, la silla aguarda —como quien no quiere la cosa— su momento de gloria.
Porque una silla puede ser trono, puede ser barricada improvisada, puede ser escalera de emergencia para alcanzar ese libro olvidado en lo alto. Pero lo verdaderamente extraordinario ocurre cuando deja de ser útil para convertirse en símbolo. Ahí entra el arte, y con él, el milagro.
En la plaza de toros, bajo la luz rotunda de la tarde, la silla abandona su anonimato doméstico y se viste de expectación. Ya no sostiene al que observa, sino al que desafía. Ya no invita a sentarse, sino a levantarse. Y en manos de un torero como Morante, la silla deja de ser mueble para convertirse en argumento. No es apoyo: es provocación. No es descanso: es riesgo.
Morante coloca la silla como quien escribe un verso en el albero. La mide, la piensa, la siente. Y de pronto, lo cotidiano se vuelve misterio. ¿Cómo explicar que ese objeto, que por la mañana soportaba el peso de un café mal servido, por la tarde sea capaz de contener el aliento de toda una plaza? La silla, plantada en el ruedo, parece decir: “hasta aquí llega la razón, ahora empieza otra cosa”.
Y esa otra cosa es el arte. El torero se sienta y cita. Espera. La silla está ahí, impasible, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar. Y, sin embargo, todo en ella es transgresión. Porque el toro no entiende de muebles ni de metáforas, pero sí de verdades. Y la verdad, cuando es tan desnuda, pone en pie a la plaza.
No es la silla lo que emociona, claro está. Es lo que sucede alrededor de ella: el silencio que se tensa, el tiempo que se detiene, la memoria que se activa. Entonces aparecen recuerdos que no son propios, pero que uno siente como heredados. El eco de Rafael el Gallo, por ejemplo, flotando en la arena como una duda genial. Su manera de estar sin estar, de hacer del desconcierto una forma de sabiduría.
Y también, cómo no, la sombra de un mantón de Manila, bordado con la paciencia de otro tiempo, como los que lucía Pastora Imperio. Porque en el fondo, todo esto tiene algo de danza, de rito antiguo, de belleza que no se explica pero se reconoce. La silla, en ese contexto, es casi un altar portátil, un punto de encuentro entre lo que se ve y lo que se intuye.
Al final, cuando todo termina, la silla vuelve a ser silla. Nadie la aplaude al guardarla. Pero algo ha cambiado. Porque ya no es solo un objeto: es recuerdo. Y uno entiende, quizá demasiado tarde, que hay cosas destinadas a sostener cuerpos… y otras, mucho más raras, a sostener el alma de una plaza entera.






