El Nuevo Orden Mundial, que en su versión casposa se pronuncia «la nueva normalidad», quiere convertir Europa en un cancionero de Lorca, en un campo de césped, en la pradera de Heidi, cubrirse de dólares verdes, de billetes de mil pesetas o de 100 euros, hacerse del Betis o teñirlo todo de Vox…, no sé.
En los proyectos europeos y en boca de Sánchez, todo es verde, hasta los viejos, según la niñata neoyorquina que acusa al futbolista asturiano David Villa de «viejo» y de «verde» (por separado y junto), porque dice que a veces le apoyaba las manos en su espalda.
Poco verde veo yo eso, pero en fin, la muchacha intenta sacarse unas perras con el cuento del «Me too», aunque lo más indecente, me parece, es que llame «viejo» a un tipo que aún no ha cumplido los 39 años, lo que permite calificarla a ella de auténtica niñata.
Desde Greta Thunberg, y más aún tras el parón por la pandemia, Europa se quiere vestir de color selva: empleos verdes, empresas verdes, proyectos verdes, salarios verdes, gente de verde como los sanmolotropos verdes de José Guerrero «el Yuyu» como el Jim Carrey de «La máscara», como el increíble Hulk, como El Duende Verde y Linterna verde, enemigos de Spiderman… ¡Qué verde era mi valle!, querido maestro John Ford.
Verde esperanza, verde macareno, verde tiranosaurio, verde lechuga, verde como los pimientos, como tus ojos verdes, como la menta y la albahaca, como el lagarto Guancho y como las ranas estancadas…, pero aún no sabemos para qué ni de qué modo.
Nadie nos ha contado cuánto personal es capaz de absorber esa ensoñación de color verde, esa industria aún inexistente, ni qué piensan hacer con el ‘material’ humano que les sobre si el desarrollo verde no da más de sí. ¿Nadie ha calculado cuántos millones de personas pueden trabajar de verde? Y con el resto, con los que sobren…, ¿qué harán?
A los trabajadores y a los autónomos los quieren convertir en pasto, en una Europa verde, en un sueño de los verdes, que no sabemos si alimenta o si pretenden hacer con ellos una salsa al pesto o un bacalao al pil-pil.
¿A qué mierda verde, a qué bilis se refieren cuando no se les cae ese mantra de la boca? ¿Hay trabajo para tanto verde en esta Europa que ya no piensa en el Renacimiento, ni en las catedrales, ni en las glorias del pasado, ni en su poso cultural de piedra y mármoles, sino en un futuro de color serpiente, como un moco, verde como un gas venenoso o como un guisante?
En Europa no hay tanto bosque, ni tanta enredadera, no hay Amazonas ni tanta madreselva para que lo verde nos inunde como un tsunami de olas verdes por doquier.
Díganos, presidente Sánchez (el narcisismo es de color verde y el suyo es verde fosforito, fluorescente), ¿dónde piensa usted que pueden recolocarse los ocho millones de parados (más del 30%, no lo olviden ni se dejen engañar) que tendremos pronto? ¿O sólo es la palabrería hueca, teñida de verde, para rellenar su tiempo verde mientras vuela en un Falcon que pronto teñirá de verde manzana como la apple records de The Beatles?
¿Es verde, señoras y señores de Bruselas, la caída del PIB por encima del 20% que nos espera en menos de un año? ¿Por qué nos mienten con un futuro verde que todos vemos negro, muy negro, en este paisaje desolador de planes quinquenales de la UE, de digitalizaciones sin significado y de gente sin trabajo que no tendrá cómo comerse la sandía, verde por fuera, roja por dentro, que nos muestran a la vuelta de la esquina?
Que sí, caballeros, que ya les hemos oído, que nos vestimos de verde, que cantamos canciones verdes y adoraremos una cruz de los caídos pintada de verde con la excusa de la pandemia de un virus al que yo imagino de color verde como la cara desagradable de Greta cuando se cabrea y nos riñe a los ciudadanos del mundo por rechazar la voz de mando de los coroneles de ese verde olivo que encierra su revolución.
El verde musulmán y de los ayatollahs, el verde de cabreo y de la rareza de los perros y los gatos verdes, verde brócoli, verde camaleónico que se torna a rojo y se mimetiza con la tundra siberiana de los gulags olvidados por esta Europa vieja (no “la Vieja Europa”), tan vieja que chochea, y que resulta patética, con el rímmel corrido y vestida de una modernidad desconocida y artificiosa. Y no sabe adónde va.
He dicho.





