Siempre he creído de gran importancia el respeto y la admiración mutua entre compañeros de profesión. Solo entiendo plausible y positiva la sana competencia que redunda en la mejora de la calidad de lo propio.
Hace unos días leí un precioso artículo en el diario ABC de Sevilla titulado “Un sueño que se acerca”, en el que un buen hombre licuaba nobles sentimientos desde muy dentro de su corazón para convocar a Cabildo de Oficiales de la Muy Ilustre Cofradía de la Cruz del Campo a su maestro y amigo. Ello, con el loable motivo de felicitarle por un merecido premio y sobre todo para poder juntos rendir honores a la memoria del compañero caído. En aquel texto, escrito con el virtuosismo artístico que es seña de identidad de su pluma, con gran sensibilidad e inteligente gracejo don Francisco tocaba a retreta a don Félix para recordar a don Fernando, a quien Dios tiene prematuramente en su Gloria. Un hombre vivirá mientras siga en el recuerdo de los suyos.
Cada vez que se marcha temprano alguno de los buenos, rememoro internamente la letra del Himno Ceremonial en Homenaje a los Caídos por España. Esa obra maestra del sacerdote Don Cesáreo Gabaráin Azurmendi titulada “La muerte no es el final”.
«Cuando la pena nos alcanza
por un hermano perdido
cuando el adiós dolorido
busca en la Fe su esperanza.
En Tu palabra confiamos
con la certeza que Tú
ya le has devuelto a la vida,
ya le has llevado a la luz.
Ya le has devuelto a la vida,
ya le has llevado a la luz.»
Ésta es la auténtica esperanza cristiana en la Resurrección, verdadero sentido del tiempo de Cuaresma y Pasión que empieza el miércoles de ceniza y que terminará gozosamente en Sevilla, cuando la ciudad guarde un respetuoso silencio antes de escuchar los clarines que anunciaran al primer toro que saldrá al ruedo de la Real Maestranza.
Mientras que se sucede ese silencio maestrante, en los adentros de la orilla trianera, aún parecerán resonar ecos dulces y agudos de cornetas en clave de “Tres Caídas” y se percibirá la fragancia del incienso y el aroma a cera quemada en la candelería de una goleta de plata atracada en la calle Pureza. Porque ésta es la Sevilla barroca de un sueño que se aleja y que se refleja en la pureza del marinero brillo de los ojos de la Esperanza. Y en su eterna dualidad, también es la Sevilla del sueño que se acerca. Como se acerca el torero dibujando naturales sobre el amarillo albero al compás de un pasodoble, mientras que todo el tendido espera a decirle ole.
En nuestra sociedad se ha aceptado de manera impasible una competitividad excluyente, que se instala desde edades tempranas en la propia escuela y acompaña a la persona durante toda la vida. Una competitividad que generalmente supone una lucha contra los demás para evitar el esfuerzo de la propia superación. Siempre he creído de gran importancia el respeto y la admiración mutua entre compañeros de profesión. Solo entiendo plausible y positiva la sana competencia que redunda en la mejora de la calidad de lo propio.
Por eso mismo considero un acto de dignidad humana, de grandeza, que un excelente profesional como el Sr. Robles, trate como maestro al Sr. Machuca y lo felicite públicamente porque la concesión del II Premio de Periodismo “Fernando Carrasco” haya recaído en ese primor de artículo titulado “Un sueño que se aleja”. Que es compendio emocional y tratado de filosofía existencial acerca del paralelismo de la Semana Santa con la vida misma.
Desde los respectivos foros públicos, el ejercicio profesional de escritores y articulistas informa y contribuye a formar la opinión del conjunto de la sociedad, por lo que sirve para inspirar principios y valores esenciales en la ciudadanía. Y entre estos valores, considero importante el respeto, la admiración y el reconocimiento al compañero de profesión. Encuentro deseable que todas las profesiones y oficios pudieran ser una religión de hombres honrados, a la manera que don Pedro Calderón de la Barca retrató en el año 1.600 a “La Milicia”.
“… Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Aquí la más principal
hazaña es obedecer,
y el modo cómo ha de ser
es ni pedir ni rehusar.
Aquí, en fin, la cortesía,
el buen trato, la verdad,
la fineza, la lealtad,
el honor, la bizarría;
el crédito, la opinión,
la constancia, la paciencia,
la humildad y la obediencia,
fama, honor y vida son,
caudal de pobres soldados;
que en buena o mala fortuna,
la milicia no es más que una
religión de hombres honrados.»





