Si no imperase entre nosotros -con la fuerza que lo hace- la censura de lo políticamente correcto y la fácil seducción de la morbosidad, las circunstancias que preceden y rodean la muerte del pequeño Gabriel suscitarían reflexiones más útiles que las relativas acerca de la desgraciada maldad de su confesa autora. Reflexiones que podrían servirnos para prevenir posibles sucesos en similares ámbitos.
Pues aun sabiendo que estamos ante un caso muy extremo, que no representa lo que suele ocurrir en la mayoría de relaciones donde hay niños conviviendo con las nuevas parejas de sus padres, sin embargo resulta innegable que dicha convivencia -cada vez más extendida entre nosotros- está generando crecientes conflictos. ¡Cuántas veces, de la noche a la mañana, la nueva novia de papá o el nuevo novio de mamá se convierten en un miembro más de la familia que los menores se ven obligados a admitir en su entorno más íntimo! ¡Con cuánta facilidad se invita hoy a vivir bajo el mismo techo a una persona de la que ignoramos casi todo! ¡Con cuánta irresponsabilidad se coloca a los hijos en sus edades más vulnerables, ante posibles situaciones de riesgo que no siempre afloran o no somos capaces de advertir porque nos nublan nuestros egoístas sentimientos!
Y aunque proclamamos que lo primordial son los hijos, y las leyes también declaren con toda solemnidad que el interés del menor es lo principal, la cruda realidad es que en demasiados casos lo que buscamos es nuestra personal satisfacción por encima de cualquier otra; y hasta la misma ley ignora lo que declara, en la regulación de muchas situaciones. Y luego sucede que… pese al buenismo, no todo el mundo es bueno y por eso pasan las cosas que pasan.
El problema es que denunciar este tipo de graves circunstancias que padecen hoy muchos hijos y, sobre todo, hijas, que propician episodios cada vez más frecuentes de agresiones y abusos de toda naturaleza, no es políticamente correcto. Resulta mucho más cómodo y tranquilizador pensar que todos somos muy buenos; pero de repente surgen de la nada brujas muy malas.





