La pregunta aquí ya no es, como en la novela de Vargas Llosa, cuando Zavalita se pregunta «¿En qué momento se jodió el Perú?», pues todos tenemos, con matices, una idea, más o menos acertada sobre cuándo eso sucedió en España. La duda ahora es en qué momento, y cómo, va a terminar esta debacle que aspira a perpetuarse de manera irreversible y a cronificarse como enfermedad terminal de consecuencias tal vez pavorosas.
Una inflación del 5,5% es una cifra que no rozaba España al menos desde 1992 y yo le añado que la situación es aún mucho peor, porque los efectos del tsunami y el golpeo de la hecatombe post covid aún no han chocado de lleno contra la balaustrada y se avecina una nueva ola que arrasará sectores esenciales que pondrán en riesgo la verticalidad de la recuperación, mientras el Estado español y la UE dedican los máximos esfuerzos a cuestiones más que discutibles, cuando no miserables, de la más pura ingeniería social y de resultado incierto, salvo en aquello que empíricamente ya ha demostrado que favorecerá la sustitución de una cultura de la libertad acuñada durante siglos, por una minoría intolerante en su grado más extremo a favor de la sumisión.
En esas estamos, atascados en un barro conceptual que permite incluso poner en duda que vayan a producirse alguna vez nuevas elecciones y que estas puedan celebrarse limpiamente a tenor de los indicios que muestran que el tipo que conduce las encuestas en el CIS no tiene ni el menor reparo en concluir cosas absurdas mientras el Gobierno miente con descaro a las instituciones europeas que habrán de aprobar las ayudas que nos pudieran llegar un día.
Más allá de en qué se gasten en realidad esos dineros los ministros de España, es la propia UE la que deja fuera de sus objetivos el sostenimiento de sectores primarios tales como el de la agricultura, cuya PAC martillea al campo español y nos condena a la incorporación a un modelo impreciso que sólo habla de transición ecológica y energética, de economía circular, de entrada masiva de inmigrantes (la inmensa mayoría sin una mínima cualificación), pero que no se pronuncia sobre qué actividades esenciales desarrollaremos, en qué dedicación crecerá el empleo ni a qué dedicará Europa sus esfuerzos de producción para competir en un mundo incierto que parece anunciar que caminamos hacia el colapso por falta de materias primas y por desabastecimiento.
Mientras todo eso ocurre, un Gobierno aislado por todas partes (ni la UE, ni Marruecos ni EE.UU nos otorgan el mínimo margen de fiabilidad en nada de lo que anuncia Sánchez, sobre todo lo cual, además, miente) sólo trabaja por perpetuarse en el poder y lo hace a gorrazos entre los Ministerios, como ya ocurrió durante la II República, disputándose los niveles de excentricidad y exotismo, lo que conlleva dedicar cientos de millones de euros improductivos a soberanas mamarrachadas de género o lingüísticas, a un Ministerio completamente vano desde su creación como el que preside Alberto Garzón o a pagar una tropa de asesores y de gasto superfluo como nunca antes conoció España.
La unidad de mercado y la seguridad jurídica son ya una entelequia, con 17 comunidades autónomas legislando sandeces y poniendo trabas absolutamente innecesarias al desarrollo de la economía, a veces por cuestiones idiomáticas y que destrozan la igualdad ante la Ley y de oportunidades dentro de nuestro mismo territorio. Pero ni siquiera la Educación o la Sanidad se salvan, con las competencias distribuidas a pelón y donde se permite que a los niños se les enseñen recetas para cocinar con semen o cómo meterse artilugios por el ano en nombre de la diversidad, o donde se exige hablar en perfecto mallorquín o en el falsario batúa para operar u operarse de cataratas.
Es mucho más que razonable pensar que existen miles de personas y cientos de millones disponibles para abordar la problemática de unos cuantos cientos de transexuales, como si en igualar la anomalía y la excepción de su autoestima, una sociedad debiera emplear tan ingente cantidad de tiempo, recursos y esfuerzos, pero no en ahondar en el estudio de enfermedades dramáticas y en paliar el dolor y el sufrimiento de las víctimas de patologías graves, a los que el único recurso legislativo que se les dedica es el de la posibilidad de ser «asesinado legalmente» en el momento que la persona elija, pero no se les otorga ni la menor ayuda para ayudarles a vivir.
Esto no da mucho más de sí y todo el trampantojo del que Sánchez se rodea para aparentar que caminamos hacia alguna parte se choca contra la realidad de un Gobierno fuera de la ley que incumple sistemáticamente y a sabiendas la Constitución sólo para introducir a Pablo Iglesias en el CNI. Desconocemos hasta ahora a qué recámaras accedió el susodicho antes de largarse acosado por los nubarrones judiciales que se le acumulan a los miembros de su coalición y aventado por la negativa de la UE a poner en sus manos las ayudas previstas, así como condicionado por sus tumultuosas relaciones sentimentales.
La confrontación entre Nadia Calviño y Yolichari Díaz y la negativa de Sánchez a dejar la reforma laboral en manos de los comunistas no es otra cosa, me parece, que otra vez la negativa de las autoridades europeas a poner en manos de la excrecencia radical-sindicalista los fondos previstos para la recuperación. En realidad, a Sánchez le daría lo mismo, como le da lo mismo besar los labios de los asesinos de la ETA, pues su objetivo es sólo continuar en el sillón, pero es Europa, de momento, la que le traza las líneas rojas… mientras no estalle todo y salte por los aires, cosa que también podría suceder si una nueva crisis financiera o un conflicto internacional vienen a comprometer la antigua normalidad de Europa.
He dicho.





