Hace pocos días, en una de las charlas de orientación y motivación que suelo impartir a alumnos de segundo de bachillerato o de módulo superior de Formación Profesional, me llamó la atención un gesto al que ya no estaba acostumbrado: al entrar en clase con el profesor encargado de la asignatura, los alumnos se pusieron de pie todos a una, y no se sentaron hasta que el docente responsable de la clase les indicó que lo hicieran.
Aún nos ponemos de pie al comenzar el sacerdote la misa, al entrar el juez en la sala donde se va a dirimir un pleito, y no digamos en el ejército, cuando un superior entra en el lugar donde nos encontramos, una forma de reconocer que la persona en cuestión posee un grado superior al nuestro y así se lo hacemos ver.
Puede parecer trasnochado o demodé, pero les confieso que como ponente de la exposición me alegró el ver que hay aulas donde aún se manifiesta con este sencillo gesto el respeto a la autoridad, algo de lo que todos hablamos pero que pocos se atreven a implementar como necesario en la educación que reciben nuestros jóvenes.
La juventud siempre ha cuestionado a sus padres. Es una manera de crecer. Se supone que Platón, en el siglo V a. C., ya criticó que los jóvenes «despreciasen la autoridad» y «tiranizasen a sus maestros». A Sócrates se le atribuye una queja similar: «No respetan a sus mayores, desobedecen a sus padres, ignoran las leyes, su moralidad decae», si bien no hay evidencias de que estas frases fueran dichas por estos filósofos.
Cuando son más pequeños, la autoridad paterna es lo que les ayuda a comportarse. Pero a medida que van creciendo y adquiriendo conocimientos, es bueno que se cuestionen esa autoridad. Incluso la de los maestros o la de la sociedad en general, ya que así llegarán al convencimiento de que es legítima. Pero una cosa es cuestionárselo, o a veces incluso desobedecerla, y otra cosa es no reconocer ningún tipo de autoridad, y si la desobedecen, tienen que acatar las consecuencias. El problema es que estamos derivando a una sociedad en la que la autoridad se niega y en la que no se cumplen las sanciones. La confrontación es positiva, pero dentro del propio orden.
Recientemente, la magistrada Natalia Velilla ha presentado un sencillo ensayo titulado “La crisis de la autoridad” (Editorial Arpa, 2023), en el que nos habla de cómo ésta ha sido sustituida por la celebridad: frente al argumento razonado vence hoy la identificación sentimental con un personaje público. La tradicional autoridad de jueces, médicos, padres y profesores, declina hoy ante la aparición de los nuevos dioses, y naufraga el reconocimiento social que la sustentaba.
Cuando se deja de reconocer la ciencia, la experiencia y la profesionalidad para considerar la celebridad y el número de likes, se abandona el terreno de la cultura, la sabiduría pierde su relevancia, y la razón y la verdad no pueden izarse como banderas de la autoridad, porque lo que prima es la identificación con un determinado colectivo: no hay saber ni razón, sólo armas arrojadizas para mantenerse a flote frente a los otros.
Me apena ver las faltas de respeto a la autoridad paternal o escolar, pero si los hijos se atreven a vilipendiar a padres y profesores es porque consideran que nada tienen que aprender de ellos: piensan erróneamente que no hay nada que enseñar porque la verdad ha dejado de existir, y prefieren el calor de la manada al criterio propio.
En pleno siglo XXI, la autoridad tradicional ha sido cuestionada y desplazada por otras formas de poder y liderazgo basadas en la popularidad, la influencia en redes sociales, el descrédito de las instituciones y el control de la información en manos de gigantes tecnológicos. A su vez, este cuestionamiento conduce a la devaluación de otras formas no políticas de autoridad, como las que rigen el vínculo educativo entre padres e hijos, o entre maestros y alumnos, o el vínculo entre el rigor de la ciencia y la conjura on line del disparate.
Me preocupa que si esta situación no se corrige, puede acabar amenazando la estabilidad democrática. Ante ello, la autora del libro ofrece dos soluciones: tomar conciencia y hacernos responsables de nuestros actos. “Al final con nuestra manera de comportamos contribuimos a una sociedad peor. Como cuando hacemos linchamientos en redes sociales o cuando le cuestionamos al médico su diagnóstico porque lo que hemos leído en Google es diferente. Con estos actos, somos nosotros los primeros que estamos contribuyendo a esta degradación de la autoridad”.
Les invito a considerar la lectura de este ensayo, accesible y claro, escrito desde la convicción y el hartazgo, porque a pesar del diagnóstico que les he resumido, aporta posibles soluciones al alcance de todos nosotros, tomados de uno en uno, para revertir la situación que describe.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






3 Comments
Totalmente de acuerdo; la ausencia de respeto a la autoridad, en cualquier campo de nuestra vida social no nos hace más libres, nos hace más ignorantes.
A mí más que llamarme la atención, me resulta sorprendente que en una clase los jóvenes se levanten al entrar el docente. Yo fui educado para mostrar esos pequeños gestos de respeto, cuando era niño/joven a la figuras clásicas: padres, maestros, profesores, personas mayores, policías, por supuesto en el ejército. Sólo con el poso de los años se aprende que el respeto no es servidumbre. Que reconocerle a otra persona un status superior o diferente no es humillarse sino darles a cada uno su sitio para que a su vez te den a ti el tuyo. A mí no me ha ido mal con esa educación. A mi hijo tampoco. Pero en algún punto del camino todos hemos cometido alguna equivocación y hemos ayudado a crear esta sociedad con una total ausencia de los valores a los que se refiere el texto. Pensar que tus padres y tus mayores no tienen nada que enseñarte, que tus profesores no tienen nada que aportarte….. no sé , es muy triste desde luego. Otro artículo más para pensar. Mil gracias…
“De esto mismo se quejaron nuestros antepasados, y de esto nos quejamos nosotros, y de ello se quejarán los que vinieren, ponderando siempre que están perdidas las costumbres; que reina la maldad, que las cosas humanas van declinando a lo peor y despeñándose a todo género de pecados.” Séneca. Los Beneficios.
Autoridad puede significar poder o prestigio. En una sociedad de ciudadanos libres no cabe lo primero sin lo segundo. La autoridad es más una exigencia que un privilegio y precisa preparación, dedicación constante, interés y respeto hacia las personas respecto de las que se ejerce.
El encomiable gesto de estos alumnos significa: “Espero mucho de usted, por favor sea digno de mi respeto.”