A Luc Montagnier junto a sus compañeros Jean Claude Chermann y Françoise Barré-Sinoussi, Premio Nobel 2008 por su hallazgo primero en la clonación del VIH, los conocí en enero de 1983, a raíz de su logro científico y gracias a mi hermano, que empezaba a colaborar en el Instituto Pasteur de París.
Aquel día entrevisté en su despacho al virólogo jefe de aquel trabajo, Jean-Claude Chermann, para el suplemento de Ciencia del Diario 16 de Pedro J. Ramírez en lo que supuso un “scoop” en aquel tiempo.
Creo recordar que Montagnier era un hombre alto, un poco desgarbado, con algo que recordaba a la figura de Walter Matthau, y fueron amables aunque algo distantes, como correspondía a la situación de unos gigantes científicos frente a un endeble reportero enviado al centro del universo de la virología.
Hay algo que nunca entendí bien de todo aquello y que aún no me ha aclarado mi hermano, a pesar de que él mismo sucedió a esos gigantes al frente de la Virología del Instituto y es que Montagnier era apenas el director administrativo de aquella unidad de investigación y los trabajos corrieron a cargo de sus otros dos colegas, pero en 2008, 25 años después, los galardonados con el Nobel fueron Montagnier y la doctora Barré-Sinoussi, excluyendo del Premio al verdadero jefe especialista, que era Chermann. Por qué desapareció de la lista, nunca lo he sabido.
Durante muchos años, el equipo de Chermann/Barré-Sinoussi/Montagnier ocupó el eje del escenario mundial en una lucha con el investigador norteamericano Robert Gallo por dilucidar quiénes habían sido los verdaderos héroes de aquella hazaña.
Por debajo, obviamente, se libraba una lucha sin cuartel entre Francia y EE.UU no sólo de orgullos encontrados entre ambos países, sino también por los posibles derechos de patente que pudieran derivarse de aquel hallazgo. Cada país utilizaba por entonces un nombre distinto para denominar al virus en un afán de apropiarse de todo su ser. Los franceses lo denominaban LAV y los americanos HTIVL-III
La guerra acabó en tablas cuando la comunidad científica quiso establecer un reparto por igual de responsabilidades entre los equipos a ambos lados del Atlántico y se llamó VIH o HIV, más cerca del nombre empleado por Gallo.
En realidad, lo que supe por aquel entonces es que fueron los franceses del Pasteur bajo la dirección de Chermann los primeros en lograrlo, pero en casos como éste lo común es que se crucen y se contracrucen informaciones con otros grupos de investigación para corroborar la certeza del hallazgo.
Y esto fue lo que sucedió, que Montagnier y sus colegas le enviaron al equipo de Robert Gallo su trabajo para contrastarlo y el norteamericano a su vez desarrolló un año después la misma o parecida senda para obtener idéntico resultado. A partir de ahí, se desató la guerra.
Montagnier, al cabo de muchos años se enfrentó, sí, a la comunidad científica francesa y del mundo entero, cuando comenzó a prestar atención a medicinas alternativas más que heterodoxas, entre ellas la homeopatía, pero también la memoria del agua y otras extrañas y controvertidas hipótesis relacionadas con la tele transportación de material genético, etc.
Hace años supe que estaba en Japón y colaboraba con diversos organismos paracientíficos, daba conferencias y participaba en la difusión de todas esas teorías algo extravagantes y se movía un poco en la periferia del ámbito científico, como una especie de sabio loco, pero se estableció en Shanghái, que es al parecer desde donde lanza ahora su polémica versión sobre la posible fuga por un fallo humano, técnico o científico del covid19 del Laboratorio de alta seguridad de Wuhan, lo cual no debe andar muy lejos de la realidad.
Y hasta ahí puedo contar. Curiosamente, como saben, mi hermano co-dirige en la actualidad el Instituto Pasteur de Shanghai.





