
#LOMÍO
Escribo estas líneas desde el refugio antiaéreo improvisado en la estación de metro de San Bernardo. No hay internet, por supuesto, pero al menos queda electricidad para recargar las baterías de los terminales.
Los niños corretean ajenos por los andenes donde antes esperábamos el tren, mientras los adultos miramos el teléfono en una fantasmagórica escena de caras iluminadas por las pantallas. Apenas sé nada de mi familia porque La Buhaira, donde vive mi madre, ha sido un infierno de fuertes combates y está convertida en una chatarrería de tanques y camiones humeantes. Lo último que supe de mis hermanos es que hace dos noches, junto a otros cofrades, sacaron de su basílica al Señor del Gran Poder para ponerlo a salvo de las bombas incendiarias. Hay cuerpos en descomposición a lo largo de Eduardo Dato; son soldados enemigos y por tanto nadie se hace cargo de ellos.
De vez en cuando vuelve internet y se me descargan decenas de mensajes entre los que busco noticias de mi mujer y mis hijas que salieron en un convoy de refugiados en dirección a Portugal. Mi hijo no pudo salir por estar en edad militar y -aunque estamos juntos- debemos mantenernos a disposición de un pelotón de soldados que resisten en la barricada de la avenida San Francisco Javier.
El hotel Los Lebreros es una ruina en llamas debido a los misiles que cayeron allí los primeros días y desde la azotea de El Corte Inglés disparan francotiradores a cualquiera que cruce la calle. El puente de San Bernardo ya no existe, ni el cuartel de bomberos. Todo fue muy rápido: al sonido atronador de un par de cazas a media altura siguieron, en un abrir y cerrar de ojos, cuatro o cinco explosiones que lo han arrasado todo. Hay coches volcados y uno de los tranvías está empotrado contra la fuente de la Puerta de Jerez.
Anoche atacaron el hospital Macarena y el materno-infantil se llevó la peor parte. Las noticias que llegan hablan de una carnicería entre pacientes, embarazadas y criaturas. Todo es confusión, pero hemos visto imágenes de excavadoras abriendo fosas comunes en el parque de María Luisa y depositando allí cientos de cadáveres envueltos en bolsas.
El ejército ha volado todos los puentes menos el de Triana. Apenas hay tiendas abiertas y Cruz Roja reparte durante algunas horas al día alimentos en conserva y botellas de agua. Por la noche suenan por el centro de la ciudad el zumbido de los helicópteros y el retacar de las ametralladoras mezclados con explosiones, y dicen que la Iglesia de El Salvador tiene hundida su nave principal. Nos cuentan que Europa ha suspendido la liga de fútbol y el festival de Eurovisión, algo que nos parece una broma macabra.
No sabemos cuánto tiempo más conseguiremos resistir. Se escuchan gritos en la escalera. Dejo de escribir y empuño el fusil de asalto que me dieron. Ojalá que solo sean vecinos. Rezad por nosotros.





