Zarpó con toda la tela al viento el pasado sábado cuatro de octubre. Arribó al arrabal ayer, donde la esperaban los suyos de siempre, lazo verde en la solapa. Singladura de ida y vuelta al barrio sevillano del Polígono Sur, al que la ciudad dio la espalda hace demasiado tiempo, aunque allí naciera y viva a su manera Rafael Amador, dios de la música universal del flamenco, el blues y el rocanrol.
Ha fondeado con la amarras bien prietas en la Parroquia de San Pío X y en la de Jesús Obrero. Con su ancla anclada en el fondo de los corazones de todos, para que recen a sus plantas gitanas los que se creen desahuciados, pero que jamás lo estarán mientras que la de la calle Pureza los mire a los ojos, cara a cara. Días de Esperanza Marinera: la Esperanza de Antonio Ordóñez y la que se volvía a la cárcel del Pópulo para que los presos le cantaran saetas por seguiriyas; la Esperanza que pasó mil fatiguitas para cruzar el Puente de Barcas a mediados del XIX; la que llora tras su hijo en la tercera caída, que Julio Vera lo sostiene con un solo de corneta; la Esperanza del pregonero de la Semana Santa de Sevilla, el hijo de Rafael Rodríguez Pérez de Torres, el que tomó la alternativa en Sevilla con toros de Urquijo y de padrino Curro Romero, el hijo de doña Andrea, de Camas.
Salió de Santa Ana, la de “la torre azul” que cantaba El Pali. Pasó por la calle Asunción, que la esperaba en su casa Pive, el que le escribió lo de “Macarena de Triana”. Cruzó el puente de Los Remedios. Paseó por la Plaza de España, como si fuera un Domingo de Ramos con los “nazarenos blancos de Porvenir”, al lado de la tita Rosarito. Visitó al Cautivo del Tiro y a la Virgen de las Mercedes, línea divisoria del cielo y la tierra —¡la gloria!—. Cruzó las calles literarias de Platero y yo y de Juan de Mairena. Calle Luis Rosales, Hospital Virgen del Rocío, donde las penas negras se sufren bajo sábanas blancas —como en un poema de Juan Sierra—, calle San Fernando —por donde ya no pasan cigarreras—, El Cristina, puente de San Telmo y la Triana de Triana Pura, la de Esperanza la del Maera, la de la Cava de los Gitanos y los Civiles, la de los Cagancho y los Puya, la de Belmonte y Emilio Muñoz, a la que se le reza también en la calle Evangelistas, la de los versos del maestro Caro Romero: “Ay, Señor, ¿por qué la quiero si yo no soy de Triana?”.
Esta bulla de terciopelos y oros bordados que se ha paseado por Sevilla, buscando a los que les toca cruz en la vida, desde el mismo momento de empadronarse, no es una flotilla, que aquí no se tiraban teléfonos al mar, sino lágrimas al estanque de las barquitas de la Plaza España. Esto es una flota completa, que hasta la séptima del general Douglas MacArthur en el Pacífico se le queda en pañales. Una flota con todos sus avíos —y por haber…—. Aquí se sabe de dónde se viene, a dónde se va y el porqué de todo. Sin postureos ni chuflillas —aunque las escriba Rafael Alberti y se las dedique al Niño de la Palma, que “Es de Ronda y se llama Cayetano”—. Aquí hay verdad a borbotones. Esperanza a raudales; música maestro; rezad conmigo, todos juntos; ay madre mía, ayúdame; toca a la Virgen, niño; que en la entrevista de trabajo de mi chico salga bien; sácame del hoyo, madre guapa de Triana…
El mes de octubre en la ciudad, ha sido un mes verde, desde la proa hasta la popa. Un mes de gladiolos blancos a babor y a estribor. Venga de frente con las flotas de categoría que reparten Esperanza por todos los rincones. Lo más grande de esta vida perra.





