
Archivo Fotográfico de La Bienal de Flamenco / ©Laura León
Se acabó lo que se daba. La Bienal puso su broche con el Carmen de Israel Galván —con imágenes que nos llevaban a momentos anteriores— y la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Los espectadores, al salir del Teatro de la Maestranza, sintieron el fresco de la noche mirando al Paseo Colón y dejaron atrás una Bienal que ha tenido un denominador común: el flamenco.
Nos hemos dado cuenta que no era tan difícil confeccionar una Bienal de Flamenco con flamenco. Aunque nos quisieran vender la milonga de la fusión —echa a puntapiés— y de la modernidad — pretendida y pretenciosa—, ahora llega el año 24 del siglo XXI y el flamenco, que ya se atisbaba en los carteles, llena los teatros y crea ambiente produciendo flamenco. Y es que América ya estaba descubierta, aunque nos quisieran contar que la estaban descubriendo ahora. El flamenco ha puesto a los pretendidos modernizadores del flamenco en su sitio: mirado para Cuenca o embarcando para Cuba en el muelle de la sal. Y mira que te lo avisé, Chema: que no te embarquen. Pero nada, te embarcaron sin remedio de bajarte del barco de lo podrido antes de haber nacido. Y bien embarcado para donde sea, que seguro que es el remate de un buen sueldo mensual. Ahora vas a quitar los reconocimientos que le han hecho a la Bienal por taratí tararí.
La historia, por mucho que se manosee, siempre termina dando la razón al que la tenía. Y esta Bienal le ha dado la razón a las Peñas Flamencas, que la crearon, a Herrera Rodas o al maestro Ortiz Nuevo. La historia se ha puesto del lado de los flamencos porque la Bienal de Flamenco de la flamenca cuidad de Sevilla ha sido eso: flamenca.
Tampoco hay que creérselo demasiado y mirarse el ombligo más de la cuenta, que por esta tierra somos muy dados a ello. Ahora es el momento de segur puliendo aspectos que no han salido bien. Por ejemplo, actos que eran por invitación y, por lo que sea, terminan costando veinte leñazos, el sonido de algunos espectáculos o la falta de tal o cual mirada. Hay que pulir y seguir en el camino marcado por esta edición, que ha recuperado el flamenco para el festival.
Lo que ha quedado claro clarinete es que el flamenco interesa a la gente, tanto al aficionado como al espectador. Eso de que nos decían de que lo jondo ya no le interesa a nadie, solo a los rancios y a los viejos, era un embuste como la Catedral de grande, que tan grande la hicieron para que las generaciones futuras tomaran por locos a los componentes del Cabildo. Pues algunos listos —todos sabemos quiénes son— nos querían tomar por tontos. Y a fe que estuvieron a puntido de que nos lo creyéramos.
La lectura que nos deja esta Bienal es que el flamenco tiene más poder que las mamarrachadas, las hipocresías y los engreimientos. Porque el flamenco, en su esencia, es compartir, verdad y que “aquí nadie es más que nadie, ni en vergüenza ni en tamaño”, que cantaba Miguel Vargas.
Este es el camino del primer festival flamenco del mundo, aunque se podría mirar más a las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías y abrirse al universo. Un festival que nace de la raíz, para los sevillanos, los andaluces los españoles y la humildad. Un flamenco para la humanidad.





