Cuando afirmo que la sociedad vasca es la más enferma de Europa, a mucha distancia de la segunda, no me estoy refiriendo al deforme cura párroco de Lemona, que es un simple rumiante sin domesticar, un rucio rebuznante, un leño para aizkolaris, un peñasco sin pulimentar.
Pienso, cuando afirmo eso, en la parroquia silenciosa de feligreses, de él y de otros, pequeña o grande, devota o no, que ha guardado silencio todos estos años. Y también en la connivencia de las instituciones gobernadas por partidos cómplices de la barbarie etarra a los que un pueblo amodorrado e inerme vuelve y vuelve a votar con sus excusitas memas identitarias.
En una democracia y en un estado de derecho, la identidad propia, señores vascuences, no se reivindica ni se exige, simplemente se es o se tiene. Si en una democracia se reivindica eso es porque no se es o porque no se tiene; o porque se utiliza como un artefacto inventado para sucios intereses particulares…, que va a ser el caso.
El colmo de la superchería vascongada se alcanza cuando sus caudillos de garrota y silbido se gastan los dineros en crear un Bio-Banco para estudiar la genética chula de una raza pretendidamente superior que tiende a nacer donde le sale de los huevos, según el fino chascarrillo, y luego lo amplían para estudiar la genética vasca de pura cepa del pollo y la gallina (miren que me pongo delicado)…, como si ambos bancos no fueran la misma cosa.
Por eso digo que me tocan la flauta la policía autónoma vasca y todos los servicios de inteligencia civil y militar que a buen seguro han localizado miles de veces a esta clase de pastores de una manada de lobos que tiene cercada a esa reata de borregas pastueñas y acobardadas que constituye un pueblo que ha logrado la inmunidad de rebaño silencioso frente a las amenazas de una mafia, frente al asesinato, frente a la extorsión, frente al secuestro y la tortura…
Al menos en Sicilia tienen el buen tino de hacerse llamar «La Cosa Nostra» (¡toma cosa identitaria!) y son un remanso de paz institucional si lo comparamos con esta peste negra, porque allí extorsionan y alquilan a las autoridades y a las instituciones que pueden, pero en Vascongadas las han domado a fuerza de puro conductismo de Paulov y ahora les tocan la campanita y menean los rabos para luego instalarse en ellas. Y ahora el Estado no sólo negocia, sino que privilegia, ceba y alimenta ese putrefacto mecanismo cuyo padre de la patria sigue siendo un melón descerebrado y protonazi incluso contemplado con los ojos y la mentalidad de su tiempo.
Tener a Sabino Arana como padre fundador de una nacioncita, con estatuas y plazas, es como proponer a un Neanderthal o a un lejano chimpancé como padre de la democracia. Pero ellos lo soportan en silencio, para qué quejarse, no te metas en problemas, tú a lo tuyo…
Y no, por supuesto que no se ha tratado ni se trata de un ejercicio de tolerancia, no se me hagan los longuis, porque no fue tolerancia guardar silencio cuando deportaban a millones de judíos, gitanos y homosexuales a las cámaras de gas industriales.
Como no fue por tolerancia que la sociedad soviética callara y agachara la cabeza cuando cabalgaban por millones a través de la helada estepa rusa a grupos de sesenta personas en un compartimento para seis a bordo de un tren que desembocaba en el interior de los «Steplag» de los que hablaba Solzhenytsin y que describió con todo detalle el médico republicano Julián Fuster Ribó… Por cierto, otro masacrado por la miserable barbarie sectaria de otra vasca, esta vez llamada Dolores Ibárruri «La Pasionaria», cuyo apelativo habría sido igual de ajustado por sus encendidos discursos de odio como por el fogoso rencor que empleó en vengarse de su amante, 17 años más joven, cuando éste le puso los cuernos y se fue a vivir con otra. O como la cruel y cerril intransigencia que acreditó con los exiliados y «los niños de la guerra» que expresaron su deseo de regresar a España tras vivir un tiempo en aquel ‘paraíso’ feroz.
Al final, lo que ha quedado de aquella mamandurria identitaria vasca son decenas de miles de exiliados (tal vez el único territorio de la UE con semejante figura) esparcidos por el resto de España y un miedo cerval de los que se quedaron que les mantiene alejados de sí mismos, no sea que alguien les malinterprete el gesto o la opinión.
En la sociedad catalana, al menos, a diferencia de la vasca, hay una mitad que se niega a interiorizar el discurso, que se resiste a comulgar con curas de esa índole bastarda y que expresa su irritación cuando ya la realidad institucional les acogota y les desprecia. Pero allá, en los montes de Maitechu, se agacha la cerviz ante los retratos de los asesinos y se comen chuletones del tamaño de una manta para no tener ni que pronunciarse. Y luego van a rezar o se tragan una sucia homilía de un eslabón perdido entre la cagarruta de una cabra y un padre de la Patria.
Ahora, el obispo Iceta ha suspendido a ese vicario del demonio de su función de altavoz de la ETA, pero no me vayan a decir, les ruego, que constituye alguna novedad el hallazgo de ese hombre de Atapuerca, porque la Iglesia ha de tener localizado a otro puñado de momias como la de Lemona y no debiera bastar con apartarle de sus funciones, sino que merece la excomunión y que se apunte al ISIS en las montañas polvorientas del Yemen, si le viene en gana, como se apartó Cristo a orar en el desierto para inaugurar la Cuaresma.
Espero que además sea juzgado por lo civil, por enaltecimiento de Satanás, y que se coma el resultado de su componenda atroz y salvaje, porque nunca dos palabras estuvieron tan cerca: «vicario» y «sicario».
He dicho.
Corte de siete minutos que colgó Dieter Brandau de la película de Iñaki Arteta que se estrena en los cines el 2 de noviembre. El que habla es el párroco de Lemona…
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