
Sevilla siempre nos sorprende por mucho tiempo que pases en ella, por mucho que leas sobre su Historia o por mucho que te dediques a observar el transcurrir de su vida cotidiana. Recientemente, en una vista al templo de la Magdalena, observé una lápida donde se decían maravillas de un personaje nacido y muerto en Sevilla cuya existencia desconocía y cuya historia me gustaría hoy compartir con ustedes.
Se trata de Don Juan Francisco de Saavedra y Sangronis quien en colaboración con el malagueño Bernardo de Gálvez, jugó un papel fundamental en el desenlace de la guerra de la independencia de los Estados Unidos. Situémonos en el contexto: el 19 de abril de 1775 las trece colonias se sublevaron desafiando a la corona británica; la guerra terminó en 1783 con el tratado de París, pero su punto de inflexión fue la batalla de Yorktown el 19 de octubre de 1781, y es aquí donde entra en liza nuestro paisano.
El apoyo francés a los sublevados, con tropas bajo las ordenes de La Fayette, había venido a menos por las maltrechas arcas francesas, insuficientes para atender los lujos de Versalles y una guerra en América. Por otro lado, el patriotismo de corte rural resultaba del todo insuficiente para doblegar a las casacas rojas de su Majestad (les recuerdo la película “El patriota” de Mel Gibson), y ambos se vieron obligados a solicitar a la corona española (Carlos III) financiación para atender las necesidades de los soldados y las de armamento. Fue Saavedra, comisario regio plenipotenciario en La Habana y Santo Domingo, quien reunió 110 toneladas de plata y 4.000 mulas (en aquella época eran como los Land Rover de ahora), así como tropas a cuyo mando se puso Bernardo de Gálvez y eso les permitió vencer en Yorktown.
Esto está reseñado en documentos donde quedan registradas las anotaciones que se hicieron en cada préstamo (se habla de que llegaron a entregarse 120 toneladas de plata) y así Washington y La Fayette se colocaron las medallas de la victoria, sin que muchos hayamos sabido hasta ahora el papel de dos andaluces en la independencia de los Estados Unidos de Norteamérica.
Tuvo una participación clave en la recuperación de Pensacola (Florida), y en la batalla naval de la bahía de Chesapeake, donde se aisló a las tropas inglesas para que no recibieran víveres de sus barcos. Como estratega, fue el responsable de coordinar el abastecimiento de víveres y tropas españolas con el contingente de fuerzas francesas y de patriotas. Posteriormente fue nombrado intendente militar de la Capitanía General de Venezuela.
Nació en Sevilla en la casa palacio de los Saavedra, que ocupaba la calle del mismo nombre por la que se accede a la plaza de San Martín desde la calle Alberto Lista. En unos tiempos en que la formación abarcaba distintas ramas del saber, se doctoró en Teología en la Universidad de Granada e ingresó en la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla en 1767, ¡con tan solo veintiún años de edad! Sin embargo, al año siguiente decidió cambiar las letras por las armas, e ingresó como cadete en el Regimiento Inmemorial del Rey e inició una brillante carrera militar.
Nuestro personaje llegó a alcanzar el grado de general, fue un excelente funcionario y diplomático español, ejemplo de ministro ilustrado (estamos en el siglo XVIII, la centuria de las luces). Desempeñó altas responsabilidades tanto en España como en América durante el reinado de Carlos III, destacando además de por su papel en la expulsión de los ingleses del golfo de México y en el apoyo español a la independencia de las colonias británicas de Norteamérica ya referidos, por haber sido secretario de Hacienda y de Estado con Carlos IV, y nuevamente secretario del Despacho de Estado con Fernando VII, pero al parecer cayó en desgracia con Godoy, quien tras una extraña y grave enfermedad del sevillano, aceptó su renuncia, y con ella su vuelta a la ciudad hispalense, donde se mantuvo apartado de la función pública hasta la invasión francesa.
Los españoles lo nombran presidente de la Junta Suprema Central de España e Indias y Regente del Reino durante la ocupación gala, recompuso los restos de la monarquía e inmediatamente, el día 1 de junio de 1808, procedió a la Declaración de Guerra al Emperador de Francia, Napoleón I. Por todo ello, se le concedió el reconocimiento de caballero de la Real y Distinguida Orden de Carlos III.
En 1814 se encargó de volver a hacer navegable el río Guadalquivir, realizó numerosas obras piadosas y de beneficencia como la creación de varias Escuelas para niños pobres en 1815, en 1817 fue elegido miembro de la Real Sociedad de Medicina de Sevilla, preocupándose por la situación de los hospitales de esta capital, y también fue presidente de la sociedad económica de Sevilla.
Bernardo de Gálvez cuenta con un retrato en el Capitolio de Washington. Francisco de Saavedra, con una humilde lápida en la iglesia de la Magdalena, olvidado de sus propios paisanos y un documental elaborado por alumnos de la Universidad Pablo de Olavide presentado en el último festival de cine de Sevilla,. España, como siempre, más madrastra que madre.
Alberto Amador Tobaja aapic1956@gmail.com






2 Comments
Alberto Tobaja reseña la historia del sevillano ejemplar don Juan Francisco de Saavedra. Por mi profesión docente e inquietud personal conocía bastante acerca de este prohombre. Comparto la opinión acerca de que España habitualmente ha actuado como «más madrastra que madre». Sus hijos europeos y extracontinentales así parecen haberlo sentido. Felicito y saludo al autor.
Me encanta leer a mi amigo y compañero Alberto. Siempre, en muchos de sus relatos, encuentro algo que he conocido muy directamente.
Recién salido de guardia civil, fui destinado a Caballería. En el año 1976 había varios acuartelamientos de Cria Caballar en el Ejercito. Dice mi amigo Alberto: Una mula tenía tanto valor como un Land Rover. Así es, en aquellos años era la mejor forma de arrastrar el armamento pesado; una buena mula valía su peso en oro.
Este es un pequeño comentario intrascendente.
El artículo como siempre impecable.