Todas las guerras libradas por la Humanidad a lo largo de la Historia han tenido consecuencias políticas y económicas para los dos o más bandos en litigio. La última guerra de Afganistán no iba a ser menos, aunque nos resulte ya lejana, y la vinculemos a la presencia de tropas españolas y, sobre todo, estadounidenses.
Como saben, los talibanes recuperaron el control del país en agosto de 2021 tras 20 años de guerra, y en abril de 2022 decretaron, entre otras medidas, la prohibición del cultivo de la amapola blanca (adormidera o planta del opio), analgésico antitusivo, antidiarreíco y antiespasmódico, del que se extrae la morfina, un analgésico muy potente pero de gran toxicidad cuando se usa para fines distintos a los médicos, y también la heroína, que con el opio son drogas que provocan dependencia física y psíquica (adicción): el adicto siente pronto la necesidad de dosis superiores, lo que produce una creciente degradación física.
Pues bien, la última cosecha fue vendida a precios muy lucrativos, y desde entonces cada día es más cara, pero lo que podía haber sido un regalo para la lucha contra la droga, en la medida en que se preveía que iba a dispararse la demanda de servicios de desintoxicación, dio lugar a que los toxicómanos se pasaran a opioides sintéticos, más baratos y accesibles como el fentanilo, una opción que está causando estragos en Estados Unidos y que tiene precedentes en Europa.
En efecto, antes de la guerra, cuando los talibanes se hicieron con el poder entre 1996 y 2001, también hubo una prohibición similar a la hoy vigente entre 2000 y 2001, y aquel período de escasez sirvió para que Estonia, un pequeño país recién salido de la URSS, sirviera como laboratorio y prueba de ensayo para sustituir el “caballo” por un nuevo opioide sintético, 50 veces más fuerte que la heroína y 100 más que la morfina: el fentanilo. La tasa de drogodependientes se disparó, porque era más barato, más fácil de fabricar, mucho más rentable para los traficantes, su efecto pasa mucho más rápido, y es mucho más adictivo.
El pequeño país báltico, por su parte, venció al fentanilo en 2017, gracias a una masiva operación policial que cortó el suministro de cuajo, pero ni siquiera entonces los adictos regresaron a la heroína, sino que recurrieron a cócteles de drogas sintéticas que mezclaban sustancias como anfetaminas, benzodiacepinas, ketaminas, medicamentos varios, …, con efectos cada día más impredecibles, personas que son un peligro para ellas mismas y para los demás.
El caso de Estados Unidos es mucho más preocupante, pues el fentanilo es una droga devastadora, su abuso es la principal causa de muerte entre los 18 y los 49 años en aquel país, habiéndose convertido en el epicentro de una pandemia que en 2021 causó más de 74.000 muertes por sobredosis, y que en 2022 llevó a que la policía incautara suficiente fentanilo como para matar a toda la población estadounidense.
Los orígenes de esta droga son curiosos: fue un belga, Paul Janssen, quien en 1959 lo sintetizó por vez primera en su multinacional Janssen Pharmaceutica, y fue su laboratorio el primero occidental que se abrió en China en 1985, lo que proporcionó al país asiático todo lo necesario para producirlo y que la industria química china se haya convertido hoy día en la mayor fuente de opioides sintéticos del mundo.
En España se vende bajo diferentes nombres comerciales, como Durogesic, Fendivia, Matrifen y medicamentos genéricos de diversos laboratorios farmacéuticos (como Fentanilo EFG). Está indicado para el tratamiento del dolor crónico intenso que necesita ser controlado con opioides.
Cuando es prescrito por un doctor, el fentanilo es administrado por inyección, parche transdérmico o en pastillas. Sin embargo, el fentanilo y los análogos del fentanilo asociados con sobredosis, son producidos en laboratorios clandestinos y vendido como polvo, añadido a papel secante, mezclado con o reemplazado por la heroína, o como tabletas que imitan otros opioides menos potentes. Las personas pueden ingerir, inhalar o inyectar el fentanilo, o pueden poner papel secante en sus bocas para que el fentanilo se absorba por la membrana mucosa.
Hemos cruzado una línea muy peligrosa. En un mundo globalizado, los hábitos de consumo norteamericanos se desplazan a Europa a una velocidad de vértigo. Para los narcotraficantes, Europa es un mercado muy apetecible. Estas nuevas drogas más potentes, más adictivas y más baratas, dominarán pronto el mercado, creando problemas sanitarios y sociales que dejarán empequeñecidos a los que ocasionaban las drogas tradicionales. Estemos alerta porque el peligro nos acecha a nosotros, a nuestras familias y a nuestros amigos.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





