La experiencia de salir de nazareno, en multitud de hermandades –por lo menos, sin demérito de ninguna, en las llamadas serias- presentaba inesperados elementos gratificantes. El rato previo a la salida, encerrados todos en la capilla o, en el mejor de los casos, incluyendo el patio o espacio adyacente, y en algunas hermandades con el añadido de toda una misa previa, y sacerdotes confesando, y luego el largo, largo período de espera mientras se organizan los tramos, y se reorganizan, y luego desde que sale la cruz de guía hasta que le toca al último… Es mucho tiempo, ahí con los nervios, y la expectación, y unas notas de cansancio previo (¡cansancio previo! ¿Cómo acabaremos luego pues? Y unos dicen que no bebamos agua, por razones obvias, pero otros que sí, por aquello de “no deshidratarse”. En fin, los momentos de antesala son los más agotadores). Pero a la vez aquel rato era especialísimo, único; un reencuentro con tantos, unas conversaciones, una cercanía; prestarse una tirita, un imperdible, ayudar a otro que no se ha recogido bien la cola de la túnica…
¿Ha desaparecido todo esto? Pues en gran medida, sí.
Es sabido que el nazareno debía acudir a su templo en silencio, por el camino más corto, a pie, sin hacerse acompañar… y desprovisto de adorno, reloj ni distintivo alguno, con la noble excepción de la alianza matrimonial. No necesitaba nada – las hermandades de negro no reparten caramelos ni estampas. La papeleta de sitio es lo único que tienen que llevar (y en algún rincón del bolsillo, si acaso, las llaves de casa – pues tampoco procede, a su regreso, tener que llamar a un timbre que los obligue a hablar en la calle). Cuando aparecieron los teléfonos móviles, bueno, lo suyo era dejarlos en casa (¿para qué los quieren?).
Pero ya la mayoría de los nazarenos llevan el teléfono móvil. Y el rato previo a la salida, ese rato al que aludía antes, tan especial, tan incomparable a ningún otro… ahora es más banal, ahora es comparable a muchos.
Antaño aquel rato era de verdadera hermandad: lo comprenden los que lo han vivido y nadie más. Una genuina vivencia de puertas para adentro.
Ahora ya no es así. Obsesiva y continuamente muchos nazarenos llaman una y otra vez a sus familiares “Pues he conseguido cambiarme de sitio, pues yo voy al tercero a la derecha; sí, sí, fíjate bien, el tercero a la derecha”; dos minutos más tarde, otra llamada “Que voy en el tramo de este banderín, no te equivoques, el blanco y amarillo, presta atención, ponte a la derecha”. “¿Dónde estás?”.
El rato que antes estaba reservado a los hermanos, allí sin reloj, sin saber lo que pasaba fuera, eso ha desaparecido. Cada nazareno está más hiperconectado que un día normal. Antaño era un momento de olvidarse del resto del mundo. Ahora es uno de los momentos de más alta hiperconexión con el resto del mundo, ¿hay algún amigo o remoto conocido que no sepa lo que el nazareno está haciendo en ese momento?
Algunos no llevamos el móvil. Pero, ¿de qué sirve eso si los demás sí lo llevan? No hay hermandad: cada uno está hiperconectado a otros. Lejos de ser un rato de notable intensidad y autenticidad vital… es un rato parecidísimo a mil otros. A informar al resto del mundo de nuestra ubicación personal, y a preparar el momento de la siguiente foto (“¡Presta atención! ¡Que me han cambiado! No voy la izquierda, sino a la derecha. ¡El tercero a la derecha! Fíjate bien”).
Claro que desde siempre el nazareno o sus familiares procuraba enterarse bien de su ubicación en la cofradía, y para eso se acudía a ver las listas la mañana pertinente; pero, al menos en las hermandades de negro, esto era una pequeña concesión mundana, se hacía con discreción suma, el nazareno se preciaba de no efectuar el menor gesto de reconocimiento, o si acaso, de hacerlo del modo más leve posible, imperceptible para el resto. Podía haber cambios de última hora, esto no podía saberlo nadie.
Hoy el informar a todo el planeta de “dónde voy, en qué tramo, el tercero a la izquierda” no es una pequeña voluptuosidad privada (“que mi madre me reconozca sólo por los ojos”). Hoy es algo oficial, publicable, anunciable, algo de lo que hay que informar, y sin ningún disimulo, para que no se escape la fotografía… los hermanos en el momento previo a la salida están llamando, informando, enviando fotos…
¡Cómo ha cambiado esta vivencia! Hace aún pocos años, el verse ahí, con el esparto apretado, capirote y antifaz en mano para ponérselo antes de la salida (esperando el “Hermanos, cubríos”) era una experiencia cuya peculiaridad le venía en gran parte de la imposibilidad de ser transmitida a otros de fuera. ¿Explicarle lo que es esto a un amigo holandés, a otro australiano…? Imposible.
Hoy esa peculiaridad, no nos engañemos, ha desaparecido. No hay esa curiosa conciencia de pertenecer a algo peculiarísimo, inexplicable. Ahora, mientras los móviles van enviando esas imágenes interiores, antaño secretas… pues lejos de estar viviendo algo intenso, íntimo, de estar en el momento aquí y ahora… pues la vivencia se transforma en algo convencional, público, sin misterio alguno, apto para todos los públicos. En las redes circulará el momento de los nazarenos esperando para salir, como saldrá también la imagen, acaso de los mismos, navegando por Tailandia.
Y paradójicamente, ahora que ya el encanto de ese rato no existe (si algo se exhibe ya no es íntimo), ahora es cuando más se describirá esa “vivencia experiencia maravillosa” que ya no es tal…
No es esto una crítica amarga, ni una petición de que se prohíban teléfonos en ciertos momentos (¡qué ilusiones!), ni una añoranza ni nada.
Sólo se trata, por puro amor a la Historia, de consignar que existió algo, que tuvimos la fortuna de conocer, que luego dejó de existir. Simplemente eso.





