Venciendo una especie de temor supersticioso de miedo a elogiar algo, no sea que ese algo desaparezca… pues hablaremos del campo visual del caminante que, acercándose al centro desde la Plaza de la Encarnación, por la calle Laraña en la acera de La Campana, prosigue y cruza para seguir andando por la calle Alfonso XII.
Entonces, a la derecha, o al frente-derecha, se abre la amable panorámica de la Plaza del Duque. En fin, es un campo visual que podríamos llamar de una belleza discreta; no es abrumadoramente pintoresco, y seguramente es mejor así (ya sabemos lo que pasa con lo “excesivamente hermoso”. De todos modos, del sello turístico no se libra, ahí para el autobús rojo turístico de dos plantas. Pero se mezcla con el paso de otros autobuses urbanos “normales”, con lo cual la plaza sigue siendo un lugar vivo, de ciudadanos). Justo en la esquina se ve el pequeño quiosco de prensa – que además… tiene prensa – un quiosco de los que no obstruyen la vista, y que por ende se rotula encantadoramente así: Quiosco, con la Q.
El quiosco está pensado para ocupar el menor espacio posible, para no estorbar. Su toldo de un rojo vivo, aparte de ser pequeño y discretísimo, no queda mal ante el verde de los árboles de fondo; incluso haría juego con los autobuses mencionados. La panorámica que se le abre al ciudadano es la de la plaza, los árboles, el cielo, la simple fachada de los grandes almacenes, que, si bien no monumental, vista desde 2023 es casi loable en su discreción (se hizo como algo práctico, pero sin alarde de fealdad expresa). El quiosco no tapa nada; lo resaltamos aquí precisamente por eso. Pero en sí mismo no resalta. Es un ejemplo de buen hacer urbanístico. En vez de gritar: “¡Miradmeee! ¡Soy un mobiliario urbano nuevo, nuevecito, chillón y vistoso, puesto aquí por un gran alcalde!”, pues se está calladito como algo necesario y sin importancia.
¡Cuánto ejemplo da! No sólo a los demás quioscos, sino a las rotondas, a los “paneles” de la Avenida, a las numerosísimas señales de “Plan Especial de Semana Santa”, que invaden las calles, tapando precisamente la Semana Santa, durante más de un mes… a los letreros para “concienciar” de que no gastemos papel (que lo gasten sólo ellos), o para concienciar de cualquier cosa, o a esos paneles rojos que ahora uniformizan la entrada a cada pueblo… Todo esto último es ejemplo de lo inútil, pero vistoso y derrochador.
El quiosco del Duque, ¡tiene prensa! Periódicos y revistas, y periódicos en lenguas extranjeras. Periódicos de papel. Que si están es porque alguien los compra. Tal vez no sean muchísimos. Pero ahí los tienen.
Comparemos esto con los mamotretos que, aparte de obstaculizar el panorama, afear, estorbar, ¡es que ya NO venden periódicos! Sólo venden chucherías y patatas fritas. Pero, ¿cuál es entonces su justificación?
El viajero que desciende de cualquier autobús interurbano en Plaza de Armas, y se dispone a cruzar para el centro… ni siquiera puede admirar el hermoso edificio de la antigua estación de tren. Después de la enorme, desproporcionada cantidad de años que estuvo tapado “restaurándose”, ahora que por fin de nuevo luce… pues desde la estación de autobuses sigue oculto a la vista, tapado por el mastodóntico, inhumano macrokiosco (éste sí se dirá con la K) de los paquetitos de patatitas. (¡Ni el actual horror a la comida-basura tiene fuerza para elimina estos entuertos! ¿Cómo esperar entonces que lo tenga el amor a la estética o a la honradez?)
Del mismo modo, el ciudadano o el turista que, recorrida la Avenida, llega hasta la Plaza Nueva, si venía andando por la izquierda se topa con otro kiosco gigantesco…
¡Si vieran esto los arquitectos barrocos, los grandes urbanistas de Roma, que tan bien comprendían la importancia de la claridad visual, la belleza de ver un punto a mucha distancia del otro! Que la pobreza y la existencia de problemas más acuciantes haga pasar a un segundo plano la belleza urbanística, bien está. Pero que deliberadamente, y cuando el dinero sobra (sí. A los Ayuntamientos les sobra y les rebosa y les desborda), lo empleen en deliberadamente afear…
Y tenemos el kiosco enfrente del Reina Cristina (en fin, éste, aparte de los miles de paquetitos de patatas, tiene también un residuo de prensa. Algo es algo), tapando toda la panorámica mirando al río para los que salen del metro en Puerta de Jerez… Y los que tapan la calle Canalejas para los que desembocan allí andando desde la calle San Eloy. Dirán que no hablo de rincones extra monumentales. Pero, ¿hay que despreciarlos? ¿No es la ciudad la suma de sus partes? ¿Dónde queda la “inclusión” y la inclusividad y…?,
Esta es la esencia de una ciudad. Inevitablemente, las partes ultraturísticas, aunque sean indiscutiblemente las más hermosas, siempre quedan algo banalizadas. El pulso de la ciudad se ve caminando por calles que, aunque céntricas, podemos considerar más “normales”. Preservar la belleza, el encanto de esas calles y plazas debía ser una prioridad. Pero por favor, ¡que el Ayuntamiento no haga nada! (a ver si ahora va a llenarlas de paneles informativos y de letreros de concienciar). Basta una cosa: que no las afeen expresamente. Y que quiten los mamotretos con que las afligieron inútilmente.
Miremos una vez más el quiosco del Duque. Con su prensa nacional y extranjera, sus revistas, su pequeño toldo. Ocupando un mínimo espacio y cumpliendo una gran función.









