Un mentiroso compulsivo y la mayéutica de Pixie y Dixie
Los profesionales de la política (es decir: los que viven y muy bien de la política) no se caracterizan precisamente por la fidelidad que guardan a sus palabras y a sus compromisos y promesas. Sino más bien (más mal), por todo lo contrario: por cambiar el color de la camisa o la chaqueta según la dirección en que soplen los vientos; así como por contradecirse y faltar a lo dicho sin despeinarse, si eso les supone evitarse un marrón, o el acceso a situaciones cercanas al poder o de mayor permanencia en él.
Pero lo cierto es que, salvo casos excepcionales, hasta ahora nos habían acostumbrados a tomarse un tiempo «prudente» en pasar a decir Diego donde habían dicho Digo; más que nada, para que se nos olvidara un poco lo anteriormente dicho o para poder justificarse alegando que había pasado ya mucho tiempo desde que se dijo.
Sin embargo, el caso de Pedro Sánchez es paradigmático de un nuevo y acelerado avance en la desfachatez de los políticos, porque este individuo es capaz de faltar a su palabra en pocos meses y sin inmutarse. Corren por las redes sociales diferentes y variados videos, aún calientes, donde no cesa de proclamar y repetir ante unos y otras, que él nunca sería presidente a costa del voto de separatistas y podemitas. ¡Toma ya! Y lo proclama con un gesto así como muy solemne sin que le tiemble el careto. Y por si fuera poco, cuenta además con el auxilio interpretativo de la exégeta Carmen Calvo y su creativa «mayéutica», mediante la cual nos descubre que el peso de las palabras depende del mes en que se evacuan: «¿Pasado mayo…? ¡Pasado mayo…!». Que por mayo era por mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor…
Lo peor de estas actitudes desvergonzadas es que las desconfianzas que generan en la gente común, no sólo afectan al plagiario y mentiroso compulsivo en cuestión, sino que la falta de credibilidad se extienden y contamina a toda la clase política. A esa misma clase que luego se dedica a recriminar a los electores, por no ir en masa y cantando cada cuatro añitos a meter en una urna una papeleta con una lista cerrada, elaborada por un partido que luego no cumple lo prometido. Una ceremonia a la que pomposamente denominan como «fiesta de la democracia», y que más exacto sería llamar… un cachondeo. Porque de eso va lo de esta gente: de cachondearse de la democracia.





