Creo que estaremos de acuerdo en que no corren buenos tiempos para la contemplación, entendida ésta como observación atenta y detenida de una realidad, especialmente cuando es tranquila y placentera. El día a día nos sobrepasa con sus urgencias y compromisos, y veinticuatro horas nos parecen pocas para atender todas nuestras obligaciones, ¡cuánto más para dedicarnos, aunque sólo sean unos minutos, a la contemplación!
Sólo aquellos que han disfrutado alguna vez de esa mirada serena y agradable a un paisaje, un cuadro, un monumento o cualquier otro regalo para la vista, saben lo que se pierden los que, en su incesante ajetreo, renuncian de entrada a dedicar parte de su tiempo a ese placer.
Hay muchos lugares en Sevilla dignos de pararse, observar pausadamente y gozar con su belleza, pero traigo a colación uno en especial, que deleita el alma de cualquier persona con un mínimo de sensibilidad. Me estoy refiriendo a nuestra sin igual plaza del Triunfo, definida en palabras de José María Izquierdo como “trofeo glorioso de las victorias ganadas por el espíritu, a través de generaciones, en el mundo de las formas: joyero, relicario del arte, corazón de la ciudad”.
Alejada del bullicio de los comercios de la cercana Avenida, invita al cansado caminante a sentarse en sus bancos en un remanso de eternidad. Un poeta sevillano cantó en un romance el simbolismo de esta plaza, que es todo un poema:
Un templo al Dios soberano,
una lonja a la Riqueza,
un alcázar, sobrehumano
prodigio, a la Realeza.
Los Reales Alcázares (hablamos de un conjunto de palacios), la casa Lonja (convertida en Archivo de Indias), la catedral, y tras ella, la Giralda. Con razón este conjunto histórico artístico fue declarado en 1987 Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Qué mejor fondo para el andar de los pasos que, a su salida de la catedral, se dirigen a esta plaza, que las piedras de la muralla de los Reales Alcázares, ya sea con la tenue luz del atardecer como con la plateada luna de Parasceve. Un alcázar mudéjar, labrado en tiempos de un rey justiciero, legendario y popular, que encierra entre sus paredes inscripciones arábigas que nos dicen que la felicidad cumplida no es de este mundo.
Una lonja de contratación, convertida en Archivo de Indias en 1785 por Carlos III, uno de los edificios emblemáticos de nuestra ciudad, recuerdo de su glorioso pasado como puerta del comercio con las Indias y hoy referencia absoluta en el estudio documental de la presencia española en América; guardián de piezas de incalculable valor histórico, como textos autógrafos de Cristóbal Colón, Fernando de Magallanes, Vasco Núñez de Balboa, Hernán Cortés o Francisco Pizarro.
Pocos son los que se fijan en el pequeño templete del Triunfo, que le da nombre a este lugar, coronado con la estatua de la Virgen con el niño Jesús en brazos, levantado en 1757 para la conmemoración de un milagro: el día de Todos los Santos de 1755 a la hora de los oficios, el conocido como terremoto de Lisboa hizo temblar la catedral. La sagrada liturgia continuó en la calle donde está el templete, mientras que la Seo y otros edificios permanecían milagrosamente en pie. Entre el Archivo de Indias y la Ecclesia mater está la Cruz del Juramento, que desde 1609 servía para sellar los tratos comerciales.
Presidiendo el conjunto en lo más alto, se encuentra la estatua de la Inmaculada Concepción desde 1929, tan ligada a la Historia de Sevilla; en su base podemos ver las cuatro figuras que defendieron con más ardor su dogma: el teólogo jesuita Juan de Pineda, el poeta Miguel Cid, el escultor Juan Martínez Montañés y el pintor Bartolomé Esteban Murillo. Hubieron de pasar más de dos siglos desde que Sevilla defendió el dogma (1613) hasta que fue proclamado por Roma en 1854. Desde 1952, la víspera de su festividad litúrgica se dan cita aquí las tunas hispalenses para cantarle a la Virgen, patrona de la Universidad de Sevilla.
De la catedral qué les voy a decir que no les haya dicho nadie. Según la tradición sevillana, “Fagamos una iglesia tal e tan grande, que los que la vieren acabada, nos tengan por locos”, aunque el acta capitular dice textualmente “una tal y tan buena, que no haya otra su igual”. Como acaban diciendo todos los que nos visitan, “Aquí hay que venir con más tiempo”.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Hola Alberto.
Ya lo dice el refranero popular, quien no ve Sevilla no ve maravillas. Como cada semana un placer leerte,
Un saludo,
Pedro.