En su artículo “El régimen iraní, más descolocado y aislado en la región que nunca”, publicado en “El Mundo”, la activista iraní Rima Sheermohammadi ha afirmado que el Acuerdo de alto el fuego entre Israel y Hamás ha sido uno de los acontecimientos diplomáticos más relevantes de los últimos tiempos en Oriente Próximo, pues ha abierto la puerta a negociaciones más amplias y a un rediseño profundo del orden de seguridad regional. Pero en medio de esta nueva reconfiguración, en la que han participado EEUU, países árabes como Egipto, Qatar y Jordania, y Turquía, hay un gran ausente: La República Islámica de Irán. Su exclusión del proceso negociador desarrollado durante meses en Doha, París y Abu Dhabi ha revelado la pérdida de influencia de Teherán en las dinámicas regionales actuales. Incluso sus aliados tradicionales, como Hamas y otros movimientos de resistencia palestinos, han participado en la negociación y no han necesitado la mediación iraní e, incluso en ocasiones, se han alejado deliberadamente de ella. “Este distanciamiento es el fruto de más de una década de política exterior costosa, ideologizada y arriesgada, que ha aislado progresivamente a Irán y reducido su capacidad de influencia. El apoyo incondicional para los actores armados, la inversión en guerras por delegación en Siria, Irak Líbano y Yemen, y el desprecio por los marcos multilaterales, han dejado a Teherán en una posición en la que incluso los antiguos socios prefirieron avanzar por caminos diplomáticos donde no tenga presencia”. El Irán que, en otro tiempo aspiraba a liderar el mundo islámico, está atrapado en una tremenda crisis. Durante años, su estrategia se basó en llevar a cabo batallas fuera de sus fronteras para garantizarse la seguridad interior y, de ahí, su apoyo a los movimientos revolucionarios, que presentaba como una política defensiva y preventiva, que, sin embargo, ha fracasado.
Antecedentes
Para comprender la génesis del conflicto, hay que tener en cuenta los enfrentamientos de tipo histórico, religioso, estratégico y territorial entre el Imperio persa y el mundo árabe por el dominio de la antigua Mesopotamia. El icono más simbólico fue la batalla de Qadisiya -año 637 d.C.-, que consagró el triunfo de los árabes sobre los persas y la expulsión de éstos del país de los dos ríos. Esta rivalidad histórica se puso una vez más de manifiesto con el conflicto entre Irak -líder de los musulmanes sunitas- e Irán -campeón de los musulmanes chiitas. Ya el Shah Rezza Pahlevi había pretendido erigir a Irán como el poder hegemónico de la región y se había autoproclamado ”gendarme del Golfo Pérsico”, pero Irak le discutió semejante condición en lo que denominaba ”Golfo Arábigo”. En 1979 cayó la monarquía del Shah y se instaló el régimen teocrático del Ayatola Ruhollah Jomeini. Con este derrocamiento desapareció uno de los protagonistas, pero no los enfrentamientos por las aspiraciones hegemónicas. Jomeini resultaba incluso más peligroso, debido a la presencia de importantes comunidades chiitas en Bahrein, Líbano y el propio Irak. Tras la caída del régimen monárquico, se produjo una crisis generalizada en todo el país que afectó especialmente a las clases dirigentes y a las Fuerzas Armadas, que fueron sustituidas por las milicias de los “pasdaranes”. Saddam Husein quiso aprovecharse de la situación de caos que se produjo para invadir el Jurestan, donde residía una importante comunidad sunita, con la vana esperanza de que se sumara a sus filas, pero ocurrió lo contrario. Los iraníes se unieron contra el invasor y consiguieron expulsarlos del país en 1982.
Entonces, Jomeini cometió el mismo error de cálculo que Saddam e invadió la región de Basora, donde había una mayoría chiita, pero -al igual que los iraníes- los iraquíes hicieron frente al invasor, con independencia de sus convicciones religiosas. La guerra se estancó y se generalizaron los sangrientos enfrentamientos con numerosísimas víctimas, sin que apenas se moviera la línea fronteriza, mientras que tanto las hipócritas democracias occidentales -incluidas España y las neutrales Austria y Suiza-, como las satrapías orientales se lucraban vendiendo armas de todo tipo a los dos bandos. La guerra -nunca declarada- terminó en 1988 en tablas, por agotamiento de los contendientes -ambos perdedores-, que dejaron a sus respectivos Estados destrozados en una de las guerras locales más sangrientas de la Historia.
Luego se produjeron los conflictos del Golfo, tras la mini-invasión de Kuwait por Irak, que provocó la alianza en su contra de EEUU, los países occidentales -incluida España-, las naciones árabes e Irán, y que terminaron con la derrota total de Irak. Tras el primer conflicto, George Bush-Sr, desmanteló el Ejército iraquí y controló su principal fuente de ingresos, que era el petróleo, pero mantuvo a Saddam en el poder. Después del segundo conflicto, George Bush-Jr le enmendó la plana a su señor padre y eliminó, no solo lo que quedaba de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, sino también la Administración iraquí, e hizo ejecutar a Saddam, con lo que creó un vacío de poder. Fruto de esta operación fue la conversión de Irak en un Estado fallido y su entrega en bandeja a su ancestral enemigo, que estableció Gobiernos chiitas bajo su control.
Expansionismo ideológico y político de Irán
El liderazgo del sunismo árabe frente al chiismo iraní fue asumido por Arabia Saudita, desde su concepción radical del islamismo a través del wahabismo, gracias a gozar de una potencia económica y financiera, ser la sede de la “Kaaba” en La Meca y mantener excelentes relaciones con EEUU. El reino de los Saud mantiene un Gobierno autocrático y una Administración antediluviana, totalmente ajena a los derechos humanos – especialmente a los de libertad de expresión y de credo-, pero todo se le perdona si recurre a la chequera, lo que hace con generosidad en todas direcciones.
El Irán chiita se ha erigido en el enemigo de Israel por antonomasia, al que aspira a destruir, no por la vía directa, ya que teme a sus misiles -como se ha comprobado últimamente con los bombardeos israelitas-, sino a través de terceros –“peoxies”-, con los que tira la piedra y esconde la mano. Amén de las diversas milicias chiitas que campan por Irak, el Gobierno iraní apadrina, financia, arma y apoya políticamente a las milicias chiitas de Hizbollah en Líbano y de los Hutíes en Yemen. Pero lo más curioso es su apoyo incondicional a Hamas, una milicia sunita en Palestina -especialmente en Gaza-, donde ha gobernado tras la celebración de elecciones libres, hasta la práctica destrucción de la franja como consecuencia de la desorbitada agresión de Israel. Aunque trató de mantenerse en la sombra, el Gobierno iraní financió y organizó el brutal ataque de Hamas a Israel, y sus Fuerzas Armadas entrenaron y facilitaron a los terroristas gazatíes el material requerido para su atroz masacre en territorio israelita del 7 de octubre de 2023.
Arabia Saudita no reconoce aún al Estado de Israel, pero ya falta menos. Tras los Acuerdos de Abraham promovidos por EEUU, Bahrein, Emiratos Árabes Unidos, Sudán y Marruecos reconocieron a Israel. Arabia Saudita y los demás Estados del Golfo estaban a punto de hacer lo mismo, cuando se produjo la agresión de Hamas, que paralizó el proceso. Es harto probable que uno de los motivos de este ataque fuera el de impedir que se produjeran estos reconocimientos en cadena. Si el alto el fuego se consolidara en Gaza y se pasara a las siguientes fases del Plan de Trump, no sería de extrañar que Arabia Saudita, Qatar y otros Estados árabes y musulmanes se dieran de alta, más pronto que tarde, en el Club Abraham.
Posibles actitudes de Irán
Según Sheermohammadi, ante la situación actual, el Gobierno iraní podría adoptar cualquiera de estas tres actitudes: 1) Continuar con su política anti-israelita y seguir apoyando a las milicias terroristas bajo sus auspicios, para que continúen atacando a Israel. El resultado será un mayor aislamiento internacional, un desgaste económico continuado, un aumento de las protestas internas, y un margen de maniobra regional más limitado. 2) Tratar de recapturar protagonismo, recurriendo a un incremento de los ataques indirectos a Israel a través de sus aliados. Esta vía implica un alto riesgo de enfrentamiento directo con Israel y con EEUU -que ya lo ha bombardeado sin base jurídica, “quo nominor Trump”-, con consecuencias imprevisibles para la estabilidad del país. 3) Replantear su estrategia y volver a la vía diplomática, dado que la capacidad decisorio sobre el conflicto está monopolizada por la Guardia Revolucionaria Islámica, que ha impuesto sus prioridades geopolíticas y geoestratégicas.
Este último escenario es el más deseable, aunque no sea necesariamente el más previsible, dado el radicalismo del Gobierno de los ayatolas. Para recurrir a él, Irán tendría que adoptar las siguientes medidas: a) devolver el protagonismo al Ministerio de Asuntos Exteriores para que pueda retornar a la vía diplomática. Sería una condición indispensable para reorientar la acción exterior hacia intereses nacionales e internacionales, y principios de interacción en vez de confrontación con medio mundo; b) abandonar su estrategia de ser el “eje de resistencia” a las presiones del mundo colonial y capitalista, que hasta ahora ha presentado como su respuesta legítima a hegemonía de Occidente, pero que se ha convertido en un instrumento de intervención obsoleto e ineficaz. Muchos de los grupos que en el pasado funcionaban como extensiones de su poder han reducido ya significativamente su cooperación o han dejado de prestarle apoyo efectivo; c) reconstruir las relaciones regionales y priorizar la diplomacia económica en vez de la ideológica. Con su ubicación geoestratégica, sus recursos energéticos, su amplio mercado interno y una población joven y cualificada, Irán podría convertirse en un socio valioso para el mundo árabe, para el Asia Central e incluso para Europa. Proyectos como el corredor norte-sur de la “nueva Ruta de la Seda”, las conexiones energéticas con el Golfo, o la integración financiera con Asia occidental y con Europa serían pasos decisivos para mejorar su posición; d) resolver el conflicto nuclear mediante una actualización y puesta en práctica del Acuerdo que firmó en 2015 con las potencias occidentales, para controlar su producción de uranio enriquecido e impedir la producción de armamento atómico.
Problema nuclear de Irán
No es el régimen iraní santo especial de mi devoción, entre otras razones porque fui víctima de sus misiles de largo alcance durante mi estancia en Bagdad. Uno de ellos cayó en el parque Saadun, en las cercanías de la residencia de la embajada, y otro al lado del Instituto Cultural Español, que afortunadamente solo causó daños materiales. Al día siguiente, uno de sus tres profesores me comunicó que regresaría de inmediato a su Granada natal, porque no tenía vocación de mártir -los militares víctimas de la guerra eran declarados “mártires de la nación” por el Gobierno de Saddam-.
Sin embargo, he de reconocer que Irán ha sido tratado de forma discriminada por la Comunidad internacional, en comparación con otros países que accedieron por la puerta de atrás al Club nuclear, como China, India, Pakistán, Corea del Norte y, especialmente, Israel. Irán es parte en el Tratado de no Proliferación Nuclear, ha aplicado hasta fecha reciente las garantías del Organismo Internacional de la Energía Atómica y ha aceptado las inspecciones ordinarias y extraordinarias de los técnicos de la Agencia, cosas que no han hecho ninguno de los países anteriormente citados. Pese a ello, fue sometido a un severo control por el OIEA sobre su producción de uranio.
Irán -que tras el episodio del asalto en 1979 a la embajada de EEUU y a sus consulados- había sido sometido a un cerco político y económico por parte de la Comunidad internacional, fue moderando su actitud, templó sus anhelos expansionistas y mejoró sus relaciones con Occidente. El principal problema para ser aceptado en sociedad radicaba en su defensa del derecho a enriquecer uranio para desarrollar su industria nuclear. Occidente se fijó más en el deber que en el derecho y, a pesar de que Irán había firmado con la OIEA un Acuerdo de Salvaguardias -que permitía la supervisión de su industria atómica- cuestionó su derecho al uso de la energía nuclear y lo condicionó a las citadas salvaguardias, en contraste con la actitud de tolerancia adoptada con las potencias nucleares irregulares. Como el Gobierno iraní empezó a dificultar las inspecciones de la OIEA, los países occidentales le impusieron sanciones económicas a partir de 2007.
Tras su elección como presidente, Hasan Rohani procuró sacar a Irán del aislamiento internacional e inició negociaciones con los 5 miembros permanentes del Consejo de Seguridad y Alemania, que concluyeron con la firma en 2013 de un Acuerdo interino de control de la industria nuclear iraní. Irán se comprometía a no enriquecer uranio durante 6 meses por encima del 5%, a reducir al 20% su “stock” de uranio enriquecido y a paralizar el uso de centrifugadoras en tres de sus plantas nucleares, y las potencias occidentales a levantar parte de sus sanciones económicas. Como al principio de 2014 Irán había desconectado las centrifugadoras de sus plantas de Natanz y Fordo, y paralizado el funcionamiento del reactor de agua pesada de Arak, el Grupo 5+1 autorizó el levantamiento del embargo a las exportaciones de petróleo iraníes. El Acuerdo proporcionaba garantías sólidas para hacer más efectiva la supervisión del programa nuclear iraní y alentó la continuación de las negociaciones con miras o un Acuerdo definitivo, que creara el espacio político necesario para incorporar a Irán a un diálogo con Occidente, con lo que se lograrían objetivos de no proliferación, de seguridad global y regional, y de apaciguamiento de los conflictos de Oriente Medio.
– El 14 de julio de 2015 se firmó el Plan de Acción Integral Conjunto entre Irán y el Grupo 5+1, a los que se sumó la Unión Europea. Irán aceptó eliminar sus reservas de uranio enriquecido medio, bajó sus reservas de uranio enriquecido bajo a un 28% y redujo en 2/3 sus centrifugadoras de gas durante 13 años. El país solo enriquecería uranio en los 15 siguientes años hasta un 3.67%. El enriquecimiento de uranio se limitaría a una sola instalación, no se utilizarían centrifugadoras de primera generación durante 10 años y las instalaciones serían transformadas para evitar los riesgos de la proliferación nuclear. Irán renunció asimismo a construir nuevos reactores nucleares de agua pesada durante el periodo citado. Para verificar el cumplimiento del Acuerdo, el OIEA tendría acceso regular a todas las instalaciones nucleares iraníes. En contrapartida, EEUU, la UE y la ONU suspenderían las sanciones que habían impuesto a Irán. En 2018, tras acceder a la presidencia de EEUU, Trump anunció la retirada a su país de este razonable Acuerdo y el restablecimiento de las sanciones, y abrió la puerta a que Irán lo incumpliera y las potencias occidentales mantuvieran sus sanciones.
La tensión llegó a su punto culminante con del desencadenamiento el pasado 13 de junio de los bombardeos de Israel de las instalaciones militares y nucleares de Irán, a los que se sumó EEUU, que han provocado el descabezamiento de la cúpula militar, la muerte de los científicos nucleares más importantes y la destrucción de buena parte de la infraestructura nuclear iraní. Trump se jactó de la destrucción del programa nuclear iraní tras sus ataques, pese a que un informe de la Agencia de Inteligencia de Defensa estimó que los daños no habían sido tan graves, porque el Gobierno puede trasladar sus “stocks” de uranio enriquecido a otras plantas secretas. El presidente norteamericano comentó al Canal Fox que ”fue una devastación como nadie había visto antes y eso significa el fin de sus ambiciones nucleares, al menos por un tiempo”, y aseguró que volverá a bombardear Irán si hubiera indicios de que continuaba con su programa nuclear. El viceministro de Asuntos Exteriores, Majid Ravanchi, ha declarado que Irán continuará con su programa de enriquecimiento de uranio para uso civil y con fines pacíficos, a pesar de los ataques de Israel y de EEUU. “Nadie puede decirnos qué debemos hacer o no hacer, mientras cumplamos con nuestras obligaciones en virtud del TNP”. Aunque se haya filtrado información de que Irán pretendía retirarse de este Tratado, Ravanchi ha desmentido esta posibilidad. Por su parte, el Parlamento iraní aprobó la suspensión de la colaboración con el OIEA y el Gobierno prohibió la entrada en el país de su director general, Rafael Grossi, y de los expertos del Organismo, que ha informado que Irán posee suficiente uranio enriquecido -400 kilos al 60%-, un nivel apto para poder crear un arma nuclear si se aumentase al 90%, aunque no tenía indicios de que Irán estuviera produciendo armas nucleares.
El presidente iraní, Masud Pezeshkian, ha afirmado en la Asamblea General de la ONU que su país no persigue desarrollar armas atómicas y ha defendido su derecho a desarrollar un programa nuclear de uso civil. Acusó a los países europeos de estar al servicio de EEUU, al exigir la vuelta a la mesa de negociaciones, sin haber condenado el ataque llevado a cabo por el Gobierno de Washington contra sus instalaciones nucleares. En efecto, los ministros de Asuntos Exteriores de Francia, Gran Bretaña y Alemania han propuesto a su colega iraní, Abbas Araghchi, una propuesta basada en cuatro puntos formulados por Emmanuel Macron: enriquecimiento cero de uranio, supervisión de la capacidad balística iraní, abandono de la financiación de grupos terroristas en la región y liberación de presos extranjeros en Irán.
Situación actual en Irán
Los mortíferos ataques aéreos y misilísticos de Israel y de EEUU a Irán del pasado mes de junio han dejado a su Gobierno en un estado de “shock”, al comprobar su incapacidad para oponerse a ellos y los trágicos resultados producidos por los mismos. Como ha observado Lara Villalón, el régimen vive en estado de pánico por la posible infiltración de la inteligencia israelí en los servicios de inteligencia iraníes, lo que posibilitó los ataques que descabezaron la cúpula militar del país, así como la muerte de diez científicos nucleares. Las autoridades iraníes han detenido a más de 20.000 personas por supuesto espionaje a favor de Israel, cuando la mayoría de ellos eran personas críticas con la política del régimen y defensores de los derechos humanos.
Según Sheermohammadi, en su artículo “Irán un país atrapado entre la represión y el fuego cruzado”, tras la muerte de Mahsa Amini bajo custodia de la policía de la moral, el pueblo iraní organizó numerosas protestas motivadas por razones sociales, económicas y políticas, y la respuesta del Gobierno fue la represión y la violencia. La Agencia “Open Data” ha estimado en 2.400 las personas asesinadas en estas protestas por las fuerzas de seguridad de un Estado policial, que vigila a los periodistas y reprime con dureza a toda voz disidente. Cualquier crítica puede ser calificada de ”oposición al sistema” o de “colaboración con el enemigo”, y conllevar severísimas penas. El líder supremo, Ali Jamenei -que se niega a ceder un milímetro en su política autocrática- ha afirmado que no habría negociación, ni guerra. “Hoy, sin embargo, los iraníes sufren ambas cosas: represión y conflicto armado”.
Antes de junio de 2025 -ha explicado Sheermohammadi en su artículo “El enemigo externo como trampantojo”-, la situación económica de Irán ya era crítica: una inflación superior al 65%, una tasa de desempleo de 2 dígitos y una fuerte recesión industrial. Los grandes perdedores de esta situación han sido los ciudadanos iraníes, que cargan con una inflación crónica, el desplome de la moneda nacional, el aislamiento financiero y la pérdida de oportunidades de desarrollo. Las huelgas masivas en los sectores del transporte, la industria, la sanidad, la educación y la Administración pública, e incluso entre los jubilados, muestran signos evidentes de una grave crisis socioeconómica. La brecha entre el pueblo iraní y la República Islámica se ha profundizado, como prueba la nueva ola de desobediencia civil en 2024 y a comienzos de 2025. En los últimos días, el impacto económico del conflicto y el miedo a los bombardeos ha reavivado el descontento social. “Las presiones económicas, la represión política y las divisiones sociales persisten y, y a medio plazo, constituyen una seria amenaza para la estabilidad del régimen”. Tras décadas de represión y de promesas incumplidas, la ciudadanía ha perdido la fe en el discurso del régimen.
Directamente o a través de sus paniaguados terroristas -Hizbollah, Huties, Hamas y bandas chiitas de diverso pelaje-, el régimen iraní aún posee una inmensa capacidad de desestabilización en la región. La gran pregunta es si los fanáticos dirigentes iraníes tienen la voluntad de salir de la alarmante situación a la que han llevado al país y si aceptarán que, para formar parte del futuro, afronten con realismo el lastre de su pasado. “Si lo hacen, aún existen oportunidades -aunque cada vez más limitadas- para regresar al escenario regional, restableciendo relaciones con sus vecinos, reduciendo las tensiones con Occidente, y ampliando sus vínculos económicos. Si no lo hacen, corren el riesgo de convertirse, no solo en el gran ausente de los acontecimientos actuales, sino también del próximo ciclo geopolítico en Oriente Próximo”.





