La visita al dentista, aunque solo sea para una limpieza de boca, no suele ser plato de buen gusto, pero cuando uno es niño y va acompañado de su madre, la cosa cambia un poco. Iba para un empaste y el odontólogo se presentó muy amable y sonriente. “Mira hijo, este señor es Aníbal González, se llama igual que el que diseñó la Plaza de España, porque es su nieto”.
A partir de ese día ese nombre se me quedó grabado (aún hoy es la razón social de su clínica dental) y cada vez que he visitado la plaza de España lo he recordado. El pasado mes de junio se conmemoró el sesquicentenario de su nacimiento, y es un personaje nombrado hijo predilecto de Sevilla, cuya vida ha sido objeto de reportajes y libros pero que siempre nos sorprende por su bonhomía y por su obra.
Nacido en Sevilla, un diez de junio de 1876, en el número 29 de la calle Bustos Tavera, era el sexto hijo que daba a luz su madre. Se graduó en la Escuela de Arquitectura de Madrid en 1902 con el número uno de su promoción. Aunque sus primeros trabajos coquetearon con el modernismo, pronto viró hacia una arquitectura que rescataba las raíces históricas de Andalucía. González entendió que la modernización de Sevilla no pasaba por imitar las corrientes francesas o británicas, sino por reinterpretar su propio pasado mudéjar, renacentista y barroco, adaptándolo a las necesidades del siglo XX.
A lo largo de su carrera pasó por tres etapas principales:
- Etapa Modernista (1902-1908): Influenciado por las corrientes europeas, diseñó edificios con líneas curvas e inspiración orgánica (como la casa de la calle Lumbreras, 7 o la preciosa fachada modernista de la capilla del sagrario de la iglesia del Santo Ángel).
- Etapa Regionalista (1909-1926): Su época dorada. Se convirtió en el arquitecto jefe de las obras de la Exposición Iberoamericana de Sevilla. Aquí explotó el uso de materiales locales: el ladrillo visto, la cerámica vidriada, el hierro forjado y el mármol.
- Etapa Madura y Final (1926-1929): Tras renunciar a su cargo en la Exposición por agotamiento y discrepancias políticas, se centró en proyectos privados y de carácter neobarroco.
Estamos ante un personaje de vital importancia para entender el impulso que experimentó la capital andaluza tanto a nivel arquitectónico y estético, como urbanístico, en un momento de cambios y esplendor en la ciudad como fue el primer tercio del siglo XX. En su tiempo fue un arquitecto eminentemente local, tras su muerte ha sido recordado y querido por sus paisanos (el ayuntamiento lo nombró hijo predilecto pocos meses antes de fallecer), pero el tiempo le ha dado una indiscutible relevancia internacional, ya que por sus obras pasan a diario miles de turistas.
Su obra más conocida es la Plaza de España, un grandioso proyecto en forma semicircular que simboliza el abrazo de España a sus antiguas colonias y cuya inauguración no pudo ver porque murió días antes, con su monumental combinación de ladrillo visto, mármol y los famosos bancos de cerámica policromada dedicados a las provincias españolas, enmarcados por un canal transitable que cruzan cuatro puentes (Castilla, León, Aragón y Navarra). Pocas personas conocen que está presidida por una imagen de Santa Catalina en la terraza de Capitanía General, porque ese era el nombre de su madre.
Pero son muchas más las obras que nos legó, destacando la tríada de la plaza de América: el Museo de Artes y Costumbres Populares, originalmente concebido como el Pabellón de Arte Antiguo o Pabellón Mudéjar para la exposición de 1929, del que destaca su espectacular fachada con azulejos y arcos de herradura inspirados en la tradición islámica tradicional; el Museo Arqueológico ubicado frente al anterior, que cumplió la función de Pabellón de Bellas Artes durante la Exposición Iberoamericana y en el que optó por un sobrio y majestuoso estilo neorrenacentista, empleando piedra blanca combinada con relieves clásicos, y el Pabellón Real, de estilo neogótico, con su fachada de ladrillo visto, cerámica policromada y tracerías de piedra.
También se dedicó a diseñar edificios industriales, casas solariegas y grandes fincas en medio del campo: el histórico edifico de ABC en Madrid, entre la calle Serrano y el Paseo de la Castellana; el de Bankinter en la calle santa María de Gracia, la casa de las conchas en la calle Mateos Gago esquina con el Mesón del Moro, la capillita del Carmen en el Puente de Triana o el restaurante casino Arias Montano de Aracena (Huelva), son muestras de ello.
A lo largo de las décadas, piezas icónicas de su catálogo (como el recordado Café de París) terminaron desapareciendo bajo la piqueta del desarrollismo. Por ello, este año 2026 se plantea como una llamada a la acción para las autoridades y la sociedad civil: proteger el regionalismo es proteger el alma misma de Sevilla.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





