Entre las proezas más sobresalientes del pasado siglo XX, hay una que produce admiración con solo recordarla, y fue la que en 1927 llevó a cabo el joven piloto de línea postal Charles Lindbergh, nacido en Estados Unidos, hijo de unos emigrantes suecos, un chico anodino y algo zascandil, que se atrevió a aceptar el reto de salvar sin escalas los 5.800 kms. que separan Nueva York de París.
Aún hoy resulta sobrecogedor pensar en cómo se atrevió a cruzar el océano Atlántico y llegar tras 33 horas de vuelo en solitario, con un monomotor expresamente diseñado para ese vuelo, el “Espíritu de San Luis”, hasta el aeródromo parisino de Le Bourget, donde le esperaban 150.000 personas, luchando contra la fatiga y las adversidades. Tras esta hazaña, el joven Charles fue aclamado en todos los países que visitaba, ganó el récord de velocidad entre Los Ángeles y Nueva York con su esposa como copiloto, y así continuó, de éxito en éxito, hasta convertirse en asesor de líneas comerciales.
Los amantes del cine clásico probablemente recuerden el film “El espíritu de San Luis” (1957), estrenado en EE.UU. con el título original de “El héroe solitario”, de Billy Wilder, protagonizado por James Stewart, y candidato al óscar a los mejores efectos especiales, aunque la película terminaba con el final de la hazaña antes mencionada, porque lo que ocurrió después nada tuvo que ver con aquel acontecimiento.
Por cierto: ¡qué pena que el cine no haya llevado a las pantallas la gesta de Mariano Barberán y del teniente Joaquín Collar, pilotos ambos del avión Cuatro Vientos, quienes en 1933 cruzaron el Atlántico y lograron la mayor distancia volada hasta ese momento sobre el mar!
En 1932 un desconocido entró en la casa del matrimonio y secuestró a su bebé de 20 meses. A pesar de que el rescate solicitado, 50 millones de dólares en pagarés del Tesoro, se entregó por un mediador, el bebé apareció muerto y desnucado en el arcén de una carretera. El presunto culpable siempre mantuvo su inocencia pero fue ejecutado en la silla eléctrica.
Este dramático suceso hizo que la familia se trasladara a Inglaterra en 1935, siendo invitado de honor de la Alemania nazi, donde asistieron a las Olimpiadas de Berlín en 1936 y además quedaron prendados tanto él como su mujer de las bases aéreas y de las fábricas de aviones. Los Lindbergh se entusiasmaron con Alemania y fueron excelentes propagandistas de Hitler, hasta el punto de aplaudir los postulados nazis: el racismo, el antisemitismo y, en especial, la eugenesia, una pseudociencia que propugnaba la mejora de la raza mediante actuaciones médicas radicales.
Existen evidencias de que nuestro hombre colaboró con los alemanes desde el lado técnico en las primeras investigaciones sobre la conservación de tejidos vivos in vitro y marcapasos coronarios, así como en el diseño de una bomba de perfusión (la que administra medicamento a un paciente de forma exacta y regular) a prueba de infecciones, capaz de mantener vivo un órgano fuera del cuerpo.
Desde el inicio de la segunda guerra mundial el uno de septiembre de 1939 hasta el bombardeo de Pearl Harbour el 7 de diciembre de 1941, se alineó con los aislacionistas, partidarios de que el país no se implicara en la contienda y formó parte del comité “América First”, lema que retomó Trump en su campaña.
En sus discursos por todo el país, repetía la misma idea: “los únicos interesados en que vayamos a la guerra son los británicos, los judíos y el gobierno de Roosvelt”, fortalecido además por el mal sabor que había dejado en los americanos el conflicto de 1914. Sin embargo, Estados Unidos entró en la guerra, y la estrella de Lindbergh comenzó a palidecer, y ello a pesar de que colaborara en los estudios sobre el desempeño en combate de algunos aviones, que se sometiera voluntariamente a pruebas experimentales sobre hipoxia y que participara en misiones de guerra en el Pacífico, porque cometió el error imperdonable de equiparar los horrores de los campos de concentración a los que llevó a cabo su país con los japoneses.
El hecho que opacó definitivamente su fama se descubrió después de su muerte en 1974: había tenido seis hijos de tres mujeres alemanas (además de los cinco con su legítima esposa), a las que les escribió poco antes de su fallecimiento rogándoles que guardaran su secreto, pero cuya correspondencia salió a la luz después del óbito de una de ellas.
Después de todo lo narrado, y como se pueden imaginar, Charles Lindbergh ha sido cancelado por la mayoría de sus compatriotas como paradigma de héroe americano. Y es que como dice el viejo proverbio, basta un día para ser un héroe, pero se necesita toda una vida para ser un hombre de bien.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Estimado Amador Tobaja: Muy significativa la proeza del aviador Lindbergh (1927) y lastimosa su «cancelación». ¡La ideología política es la causante!.
Al igual que «el olvido» de la hazaña del «Plus Ultra» (hidroavión comandado por el hermano del entonces general Francisco Franco en 1926) que unió España con Buenos Aires. ¡Los prejuicios ideológicos siempre insisten en omitir a conveniencia las superadoras realizaciones humanas!.
Un cordial saludo al autor.