Normalmente, al conversar ya no con amigos o compañeros, sino simplemente con otros seres humanos, tendemos a dar por hecho que es obvio lo que nosotros consideramos obvio. Incluso cuando se lanza un comentario prudente, disminuyendo la intensidad de nuestra opinión para hacerla más presentable, más adecuada para todos los públicos, con el deseo de expresar un poco de nuestro verdadero sentir, pero sin ocasionar polémicas ni choques… pues aun en esos casos damos por sentado que una cierta base de sentido común de fondo, eso será universal.
Resulta instintivo obrar así; si no, esto no podría ser una sociedad. Por debajo de las enormes diferencias de opinión, se cuenta con un algo común a todos. Se pueden poner un millón de ejemplos. Digamos: el consumo de alcohol. Desde el más abstemio al más habitual consumidor, todos estarán de acuerdo en que desde el punto de vista de la salud, su abuso comporta peligros. Se podrá diferir en muchísimos matices (unos dirán que la salud no lo es todo, otros dirán que sí o que no al consumo moderado), pero finalmente ni el más tolerante le dará a su hijo lactante un whisky metido en el biberón. Por amplia que sea la gama de opiniones y puntos de vista, un fondo común sí que hay.
Y como esto (creíamos), pues igual que esto con casi todo. El medio ambiente: desde los que aceptan ciegamente las infinitas normas que sufrimos con esa excusa, hasta los más críticos con ellas… pues nadie querrá que vivamos en un mundo sin árboles ni aire puro. Siempre habrá algo amable que decir, si se encuentran personas con opiniones opuestas en ese asunto, pero que no desean polémicas.
Así hemos vivido, esto parecía lo natural, lo obvio. Pero casi de repente, en los últimos años, pues nos vemos en situaciones inauditas. A veces ya no queda ni un atisbo de un sentido común de fondo al que apelar cuando, viéndonos ante personas de ideas muy distintas, queramos decir una frase conciliadora, un comentario neutral que no ocasione enfados pero que tampoco suponga un completo y abyecto renegar de nuestro pensamiento… Ya es imposible: lo que uno lo ve blanco, según el dicho popular, pues el otro lo ve negro; ahí, ¿qué hacemos?
El abismo se hace más patente cuando nos trasladamos al ámbito de las cosas que suenan amables y no conflictivas; es decir, las que aparentemente no están relacionadas con lo político e ideológico (¡todo lo está!, pero al menos no aparentemente).
De repente, en una valla, una enorme imagen publicitaria que, si no llevara consigo un mensaje, podría resultar hasta inocua. (Nada es inocuo del todo, pues el exceso de reproducciones de realidades icónicas las banaliza y les resta aura; pero en fin, no vamos a hilar tan fino). Digamos que la imagen era inocua: un canal veneciano con sus gondolitas. Hasta ahí, “bien”. Una imagen clásica, que se puede utilizar para anunciar mil cosas.
Pero, ¡horror!, el letrero, el mensaje en sus gigantescas letras, “Vuela para cambiar de fondo en tus meetings”.
Un libro haría falta para explicar todas las puñaladas que este anuncio supone para la sensibilidad, para el arte, para la civilización misma, y hasta para el tan traído “medio ambiente”. Pero si esta realidad abyecta existe (¡tomar un avión… para “cambiar de fondo en un meeting” – meeting, otro agravio añadido!), si esa realidad existe, ¿cómo no se mantiene como vergonzoso secreto oculto? ¿Cómo puede pregonarse y hasta anunciarse?
Un libro escrito años antes de la pandemia por un académico italiano que sufría en sus venas el terrible fenómeno de la desaparición de Venecia, su conversión en banal parque temático, advertía de que el tema interesaba a todos, no ya a los enamorados de la ciudad de la laguna sino a todos los que sintieran un mínimo de afecto hacia cualquier ciudad histórica europea. (“Se Venecia muore”, de Salvatore Settis). En ese libro por cierto se mencionaba a la torre Pelli como sinónimo de barbarie, de proyecto hecho que lo mismo valía para Santiago de Chile que para Sevilla, un capricho diseñado a espaldas de la ciudad, para oprimir visualmente a sus ciudadanos. Pero en fin, decía que la suerte de Venecia es la que le espera a todas las ciudades europeas si no se reacciona a tiempo. Por desgracia, ni en la peor de sus previsiones, ni en la peor de sus pesadillas, llega Settis a imaginar lo que en 2026 habríamos de ver en un túnel de metro: anda, ven a Venecia “para ponerlo de fondo si tienes una reunión”.
Por cierto, ¿y el “medio ambiente”? ¿Y la “huella de carbono”? ¿Y el que no nos den un ticket de compra porque un papelito “contamina mucho”, pero se flete un avión con su carga de combustible para “cambiar de fondo en tus reuniones virtuales”?…
El “fondo”, ¿y no serviría igual, exactamente igual, un poster cualquiera con esa imagen?
Pero lo peor es la puñalada al corazón, el reírse de los ensueños de muchas generaciones, de los que viajaron con esfuerzo e incomodidad en lentos trenes, para conseguir ver con sus propios ojos un prodigio de belleza que llenaba el alma… Y ahora animan a hacer ese viaje “para cambiar de fondo en tus meetings”.
Aquí es cuando la aspiración a un fondo común a las personas de buena fe desaparece; cuando nos sentimos marcianos frente a jupiterianos… o locos… o ni palabras hay. Esto es el whisky metido en el biberón del bebé, la sinrazón absoluta, la muerte de todo entendimiento.
Ni nos agradan las prohibiciones ni la declaración de “delitos de odio” ni las múltiples represiones que padecemos. Pero en fin, ya que las tenemos, las infinitas prohibiciones… Dios mío, ¿cómo se permite esto? ¿No hay sensibilidad que se sienta insultada?





