Pasó la noche de Nochebuena y el Niño Dios nació de nuevo en un pesebre de Belén, entre un buey una mula, para que le dieran aliento. Acurrucado con pañales por José y María, “la Pura Concepción, que antes que Roma, mi Sevilla proclamó”. Pasó la noche de los recuerdos mil veces recordados y el día de las sillas vacías amanece tranquilo, sosegado y en calma, que decía el maestro Burgos de la tarde del Viernes Santo.
La noche de Nochebuena franqueó la hora marcada y ya pesan demasiado las ausencias para degustar la cena a la que todo el mundo canta. A uno empieza a saberle todo agrio y demasiado pesado. Uno, que vive un poco orillado de las modas y de lo correcto, ya está cansado de echar de menos. No a quién. No, eso nunca, jamás. Sino el mero hecho de echar de menos, que si hace falta me quedo con lo de Kiko Veneno.
Vivir anclado en la infancia es un imposible, aunque ya me gustaría. A uno le dicen los médicos que hay que vivir mirando al futuro, dejarse de tanto pasado y de tanto recordar. Y disfrutar del presente rotundo, que aunque uno tiene todas las cartas de la mano, a veces no sabe jugarlas. Pero uno es desobediente por naturaleza y le da, en días como estos, por echar de menos. ¿Qué le vamos a hacer? Como si fuera Jueves o Viernes Santo. Como si amaneciera un Domingo de Resurrección eterno en un tendido de sol de la Maestranza. Igual que la mañana agosteña de los nardos de la Virgen de los Reyes.
En estas fechas, a qué dudarlo, la memoria se enciende como una vela, como un cirio. La mesa, vestida de día de fiesta, guarda silencios donde antes, mucho antes, hubo risas y bromas. Los nombres ausentes reposan en el pan partido, en la copa compartida. Recordar duele, pero también promete. En el pesebre, Dios se hace pequeño y cercano, y en su luz aprendemos a esperar la llegada de lo que llevamos buscando por entre las páginas de los libros desde hace años. Los que ya no están viven en la fe compartida de los que quedaron con el objetivo de recordarlos, en el tercio de cante que vuelve, en la paz ofrecida. Celebrar es confiar. Confiar es compartir. Compartir es convidar. Y convidar se convida para recordar las ausencias, para abrir de par en par las viejas puertas de la memoria.
Si no fuera por lo que es, servidor se retiraba de estas fiestas a la hora acostumbrada (cosa que no descarto del todo). Si no fuera por lo que es, estaba ya uno con la cabeza en otras cosas y no en seguir sufriendo las ausencias. Pero la vida es así y así hay que tomarla. Eso, al menos, dicen. Si la vida nos da limones, hagamos limonada. Pero si nos trae ausencias en este día de Navidad, habrá que recordar. Y en eso estamos. En recordar y en hacer memoria. Porque también se vive recordando. Hagan el experimento. Dediquen cinco minutos a recordar aquellas navidades plenas en las que no había ni sillas vacías ni horas muertas. Y verán qué a gusto se quedan…
Felices Pascuas, amigos.





