Una vez, el gran escritor C.S. Lewis expuso sus personales reservas hacia el sacramento de la confesión, tal como se entiende en el mundo católico. Vino a decir que una confesión pura y perfecta es imposible, porque sólo con que el penitente enuncie sus pecados ante otra persona, sólo con llevar a cabo esa acción, ya sin querer le ha puesto seguramente un algo de “mira qué interesante y original soy”, o aun cuando diga “qué gran pecador soy”, ya eso indica un ser severo consigo mismo, lo cual constituye una cierta fuente de autosatisfacción (“qué bien constato mi propia debilidad”)… en fin, dicha lectura es de las pocas suyas que pueden resultar un tanto disolventes para un católico devoto.
Obviamente no estamos de acuerdo con ese desprecio al sacramento. Nada en la vida es puro y perfecto, eso ya lo sabían los grandes santos, y han hablado interminablemente sobre “la vanidad de la humildad”… la mente humana es compleja y llena de tentaciones. Pero eso no es motivo para suprimir las cosas, pues nos quedaríamos sin nada absolutamente. No habría relaciones de amor y de amistad dado que no pueden ser puras y perfectas, ni habría maternidad ni habría nada.
Pero tomemos sus observaciones en otro sentido, aplicables a todos los ámbitos de la vida. Ciertamente el observar los propios sentimientos y el describirlos ya introduce un elemento de distanciamiento. Por eso es un consejo obvio que suele dárseles a las personas agobiadas bajo el peso de distintos sufrimientos mentales (ya sea resentimiento, obsesión por algo…). Siempre se dice: “Reconoce tus sentimientos, identifícalos, ponles nombre”. Ya eso supone un principio de “consuelo” para las personas abrumadas, ¿por qué?, pues porque sólo con decir, aunque sea mentalmente: “¡Vaya!, desde que falleció mi madre duermo muy mal, y encima esto me hace estar todo el día de mal humor, y con una tristeza y fastidio, nada me hace ilusión…”. Tétrico panorama, pero la persona, al definirlo así, al ponerse en posición observadora y analítica, ya se “distancia” un poco de su propio ser compungido, y la desazón disminuye algo; el disgusto se “racionaliza”, ya es menos visceral, hace menos daño; hasta es posible que, si halla un interlocutor que le escuche mientras le explica lo irritante que es su insomnio, la persona doliente duerma ese día mejor…
El “soltar” las emociones libera un poco de las mismas. Esto es interesante y útil para las emociones, digamos, malas. Pero, ¿para las “buenas” también? Porque el mecanismo funciona de la misma manera.
Analizar mucho una emoción buena, y explicarla y detallarla supone un cierto distanciamiento de la misma. Antes de la era de los móviles, este detalle lo percibían algunas personas de especial sensibilidad, en el gremio de profesores de Historia del Arte, y entre algunos alumnos inquietos. Pues ciertamente, los que con más intensidad vivían la emoción, por ejemplo, de descubrir una “nueva” capillita barroca, y se extasiaban admirándola, pues eran capaces de percibir que en otra etapa, la de “enseñársela” didácticamente a sus alumnos (un momento gratificante, pero en otro sentido, por el placer de enseñar y también, algunos eran capaces de confesarlo, por el indiscutible componente que eso conlleva de vanidad – el que explica un monumento se siente un poco como el “descubridor” del mismo, ahí ante las miradas atentas de su público)… pues esa segunda etapa no tenía la pureza de la primera, la de verdadero deleite ante las obras de arte.
Si vamos a eso, en épocas menos primitivas que la actual, una preocupación semejante ha ocupado a veces a las almas sensibles, incluso en otros ámbitos. En la entrañable novela “A cada uno un denario”, de Bruce Marshall, aparece un sacerdote que se encuentra con el siguiente dilema: si reza las oraciones de la misa procurando sentir de verdad lo que dice cada frase, con la mayor devoción, identificándose plenamente con su contenido, pensando sólo en Dios… pues lo más probable es que se equivoque o que se trabuque. Y si se centra en recitarlas correctamente, pensando en su congregación, lo más probable es que su mente ya no esté en alturas celestiales, sino al mismo nivel que la de cualquier otro orador mundano. Al final, alguien le aconseja que cuando diga la misa procure actuar bien externamente, por simple cuestión práctica, y que reserve el deseo de oración pura, elevada y auténtica para cuando esté solo… En fin, este detalle, narrado con el tierno humor que Bruce Marshall le ponía sobre todo a las cosas eclesiásticas, es probable que hoy día suene a entelequia un poco retorcida. Y sin embargo en su momento, los dilemas de este tipo existieron.
En otras épocas, se valoraba el hecho de experimentar un sentimiento profundo, verdadero, y de cómo esa autenticidad se diluía desde el momento en que entraban en juego otros elementos (el placer de soltar una perorata y recibir miradas admirativas… ya no es la pura emoción de absorber una obra de arte. Y si entra la dimensión religiosa, entonces su disminución se aprecia como mucho más grave).
Al contemplar algo que conmueve, se vive, se saborea. El sacar el dispositivo para hacerle la foto altera la mentalidad: ya no se está absorto en lo que se contempla, sino en “lo bonita que quedará la foto y la cara que pondrá Fulanito al verla” (que lo más probable es que Fulanito se quede impertérrito, ¿quién se va a asombrar ya de nada?, pero por lo visto nos creemos que se va a quedar alucinado, admirado, va a pensar que qué interesantes somos, de estar viendo esto o lo otro… No lo pensamos con estas palabras, claro, pero el mecanismo inconsciente mental viene a ser así. Tendría que venir C.S. Lewis para describirlo con más precisión).
Hace algunos años, los que viajábamos, naturalmente con una cámara de fotos en la maleta, aunque no siempre a mano, éramos conscientes de esa dicotomía. Por un lado, resultaba interesante el contar con algunas fotos para el recuerdo. Pero por otro, el olvidarse de esa posibilidad invitaba a la emoción auténtica, a la que se experimenta de verdad, sólo con Dios por testigo.
Pues, ¿cómo van a comprenderse esas cosas en el momento presente, cuando jamás se vive ni se contempla nada de interés sin hacerle inmediatamente la foto?
El distanciamiento emocional, muy oportuno cuando nos hallamos ante las tribulaciones de la vida, resulta funesto cuando lo que se nos ofrece son cosas bellas. No las vivimos de verdad.
(Continuará).





