Por José Luis Villar Iglesias
Es razonable que niños y jóvenes celebren el día de hoy con fiestas, juegos, alegría y diversión. Bueno, este año con esto de la pandemia quizás un poco más reservados. Para ellos el Día de Andalucía sólo está relacionado con la felicidad de haber nacido en esta tierra. Pero seguramente creerán que siempre ha sido así desde el primer 28 de febrero, el de 1980.
Quizás también muchos de los que ya hemos cumplido algunos años, y recordamos con toda nitidez aquel día, y los días precedentes y los días siguientes, también vivan los 28-F con similar alegría, porque no en vano el tiempo sana todas las heridas y los buenos recuerdos, que son muchos, desplazan de nuestra memoria a los malos.
Pero el 28 de febrero tiene dos caras. Una es la de la épica movilización de un pueblo para afirmar su derecho a libertad, la igualdad y la justicia. Una movilización en la que los partidos que pedían el voto afirmativo a la autonomía por el 151 fueron llevados en volandas por un un pueblo que espontáneamente colgaba banderas por las calles y los balcones, que se autoorganizaba para pegar carteles, hacer pintadas o improvisar discursos en los bares, las plazas, las aulas, los tajos,… Todos unidos por el SÍ.
La otra cara fue la de de la noche del 28-F. Las lágrimas de dolor, la impotencia al ver que, a pesar de que en las urnas los síes rebosaban por toda Andalucía, el referéndum se perdía porque así lo había previsto la Ley Orgánica de Referéndum: si en una sola provincia los síes no superaban la mayoría absoluta del censo electoral, toda Andalucía tendría que esperar cinco años para repetir el referéndum. Y eso pasó en Almería: los síes ganaron a los noes y a los votos en blanco ¡por 9 a 1! Pero como esos síes sólo (sólo, qué sarcasmo) eran el 47% del censo electoral el referéndum se consideraba fracasado en toda Andalucía.
Y eso ¿por qué fue así? Entonces me tengo que acordar de lo que había pasado justo dos meses antes, el 28 de diciembre de 1979. Ese día el Congreso aprobaba la Ley Orgánica de Referéndum. Y esta ley, no la Constitución, es la que dispuso que si el referéndum no obtenía mayoría absoluta del censo electoral en una provincia, la autonomía del 151 se quedaba bloqueada durante cinco años. No hay que ser muy lince para entender que los que aprobaban esta ley pretendían que si el referéndum de Andalucía no alcanzaba esa mayoría en una provincia todo quedaba arreglado para ir por la vía del 143. Así, la voluntad inicial del constituyente de que el 151 sólo fuera para el País Vasco, Cataluña y Galicia se reconducía y se superaba ese «disparate» que se les había ocurrido a los andaluces. Ese riesgo de que con la redacción de la Ley Orgánica el referéndum previsto para el 28-F fracasara fue denunciado en el Congreso de los Diputados por Miguel Ángel Arredonda en nombre del Grupo Parlamentario Andalucista.
¿Quiénes fueron los que aprobaron esa Ley? Efectivamente, como todos se estaban imaginando, el PSOE y la UCD. En ese momento ambos partidos pedían el SÍ en el futuro referéndum. Y ambos también aprobaban juntos la Ley que lo haría fracasar. Era el verdadero crimen perfecto. Y para satisfacer la curiosidad de quienes hayan tenido la paciencia de leer hasta aquí… ¿Todos los diputados del PSOE y la UCD votaron a favor de esa Ley? Sí, todos. Ahí estaban Clavero Arévalo, Soledad Becerril, García Añoveros, Rafael Escuredo, Felipe González, Alfonso Guerra, Rodríguez de la Borbolla,… Sí, todos andaluces. Puede que alguno se arrepintiera después de haber votado eso. O no. Pero lo cierto es que el 28 de diciembre de 1979 aprobaban, con los votos en contra de andalucistas y comunistas, la Ley que hizo fracasar el referéndum del 28 de febrero de 1980, por lo que tantas lágrimas derramamos. De lo que pasó a la mañana siguiente hablaremos otro día.





