
Acabo de leer “La Regenta”, de Leopoldo Alas Clarín, obra cumbre de la novelística española del siglo XIX, que junto a “Fortunata y Jacinta” de Pérez Galdós, conforman un dúo literario imprescindible para todo buen aficionado al género. Al concluir su lectura, muchas veces pospuesta, en ocasiones por pereza y otras tantas por anteponer tareas más urgentes, me quedo con la sensación de haber disfrutado de un clásico, pero, ¿qué se entiende hoy día por un clásico?
La pregunta la hago extensiva a los aficionados a todas las artes que cuenten entre sus obras algunas que sean dignas de tal calificativo: pintura, cine, teatro, música… Algunos dirían que clásico es aquello que pertenece a la literatura o al arte de la antigüedad griega y romana; otros, que se trata de algo que se tiene por modelo digno de imitación, pero estoy convencido de que la mayoría diría que se refiere a algo que ha vencido al tiempo, que sigue atrayendo a pesar de que la generación que lo vio nacer, ya ha pasado. A sensu contrario, estaría la moda, que en frase atribuida a Coco Chanel, “es lo que pasa de moda”.
Vivimos un tiempo donde los acontecimientos, como las creaciones artísticas, pasan a tal velocidad, que nos impiden digerirlos de manera que creen ese poso tan necesario que deje una huella recordada después de muchos años. Atrás quedaron esas películas que se llevaban semanas en la cartelera y lo exhibían a gala en su publicidad; aquellos hit parade (lista de éxitos, que popularizó en los años sesenta Radio Vida, ahora convertida en la COPE) donde las canciones se llevaban sonando meses, hasta el punto de aprendernos sus letras sin necesidad de copiarlas, como en el caso de las canciones del verano, a una por temporada, y qué decir de los musicales, con representaciones que se repetían durante años por toda la geografía española.
En el caso de los libros, te encuentras con que se habla, y poco, de los superventas de grandes superficies, de los mismos de los que nadie mantendrá una conversación cuando hayan pasado dos años, o menos, y claro, lo que no se comparte, no se disfruta igual. La industria manda, y los autores se ven obligados a escribir como si la inspiración fuera una corriente continua.
Si nos vamos al campo de la música, hablar de Mozart, Bach, Strauss, Haendel, o los más cercanos Albéniz, Falla, Granados o Turina, sería como limitarnos al Conservatorio Superior de Música o buscar una aguja en un pajar.
En el campo cinematográfico, donde el arte está tan imbricado con el negocio, hay películas que marcaron una época de nuestra vida, por su guión, por su música o por su fotografía, que desconocen muchos de nuestros interlocutores cuando sacamos a colación el recurrente tema del séptimo arte.
De ahí la pregunta que hacía al principio ¿qué es un clásico? Alguien me dijo una vez que clásico es aquello que se inspira en el ser humano y lo muestra con naturalidad, por eso nunca pasa de moda. Siempre está ahí, esperando que alguien lo rescate del aparente olvido porque le hablan al hombre (dicho sea en sentido genérico) del hombre de todos los tiempos. Algo así tuvo que ocurrir en el Renacimiento, siglo XVI, cuando volvimos nuestros ojos a las obras de los clásicos griegos y romanos, custodiados durante toda la Edad Media en monasterios y conventos.
Al igual que el niño que figura como personaje de la novela “La historia interminable” de Michel Ende, felizmente llevada al cine en 1984 con segunda parte en 1990, no permitamos que la tristeza se apodere de nosotros cuando veamos que obras maravillosas quedan relegadas al olvido; tengamos la valentía de disfrutarlas, aunque sea contra corriente, y también la confianza en que volverán algún día a ser valoradas por una mayoría: los clásicos no mueren, sólo duermen.






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Muy bueno Alberto. Gracias por enviarme los enlaces. Un abrazo