En el mundo globalizado que nos ha tocado vivir, los continentes, los países, las ciudades y las personas van convergiendo todos hacia un estilo de vida común y uniforme. Desde mediados del siglo XX existen bebidas gaseosas de cola de consumo masivo y universal, menús de hamburguesas, marcas de cigarrillos o de ropa comercializadas en todo el mundo. Desde hace poco también existe alguna red social de espectro universal y un sistema de mensajería digital global. Internet ha revolucionado nuestra forma de vida; y esto no ha hecho nada más que empezar, ¿qué habrán de ver los llamados millennials?
Existen varias religiones de tradición ancestral, pero desde hace algunas décadas el cine y la televisión han propiciado la silenciosa irrupción de lo que vengo a nombrar como la “Religión Disney”. El gran empresario de la producción cinematográfica, Walt Disney, se erige como el Padre Creador. Su Hijo Predilecto en el mundo, una especie de extensión de su persona, es Mickey Mouse. Pero además este culto pagano globalizado tiene sus “Santas”, una multitud de Princesas de todas las etnias raciales de la faz de la tierra que convocan a la devoción particular de los naturales de cada región geográfica.
Familias enteras y grupos de escolares peregrinan a los grandes Santuarios que esta religión tiene convenientemente repartidos por el mundo: Disneylandia. Cualquier atento observador que los haya visitado habrá podido comprobar la presencia humana multirracial y multicultural en todas las colas de acceso a las atracciones. Ciudadanos de todo el mundo unidos en el culto a Disneyworld y unificados en
El mayor peligro que le encuentro a la Religión Disney es su perniciosa doctrina de la humanización de los animales. Desde el Génesis existe un ratón (Mickey) que se comporta como persona y que además se acompaña de un perro como mascota (Pluto). Una de las más bonitas parábolas del “Evangelio Disney” es la historia de amor de dos perros de diferentes extracciones sociales (La Dama y el Vagabundo). Otro de los pasajes más emotivos es una historia de superación personal, la dura infancia de un cervatillo huérfano (Bambi); y así hasta llegar a otro huérfano cachorro de león (el Rey León) que ha de luchar contra el mal para crecer, prosperar y alcanzar la cima social. Todo un ejemplo para la infancia y la juventud.
En este trance, a día de hoy existen personas con cincuenta años o más que tienen totalmente asimilada la humanización del mundo animal; y no digamos ya sus hijos y nietos quienes reciben y recibirán a diario influencia en este sentido de un canal de televisión (Disney Channel). En la aldea más recóndita de un manglar centroamericano he visto antenas parabólicas sobre las chozas y niños sin escolarizar con una botella de coca-cola en la mano. Estos niños no humanizarán a los animales pues su sustento diario es procurado por sus padres, alcohólicos muchos de ellos, quienes cazan venados en la selva tropical. Venados como la madre de Bambi, que les sirve de alimento cotidiano.
Pero… ¿y nosotros? ¿Qué sociedad moderna y civilizada estamos conformando en la que se ha infundido la creencia de que los animales piensan y sienten igual que las personas? Desde el paleolítico, el ser humano ha cazado para sobrevivir y también ha domesticado animales para recibir de ellos una ayuda necesaria para la mutua supervivencia. Hace miles de años que se desarrolla una asociación entre el hombre y el perro para el ejercicio de la caza con la finalidad de cubrir un instinto tan básico como lo es la alimentación.
Me reconozco ecologista y amante de los animales, respeto profundamente a quienes se declaran y se sienten animalistas. En una sociedad avanzada y democrática sería deseable el mismo respeto por parte de los animalistas para quienes ejerc
La caza es un hecho natural, una costumbre ancestral que genera empleo y riqueza en multitud de comarcas rurales de nuestro país, que coadyuva a la permanencia de una población en un determinado territorio. La propia existencia del monte y la dehesa mediterránea, los pastos y los cultivos de secano, dependen de un equilibrio entre la naturaleza y la acción humana: agricultura, ganadería, aprovechamiento forestal y actividad cinegética.
En la obra de Miguel Delibes existe un compromiso ético con el hombre y la naturaleza, con la autenticidad y la justicia social. Existe una preocupación por el modelo de progreso devastador que sacrifica todo lo humano en aras del consumo. Para él, el nuevo orden económico está generando un modo de alienación poderosísimo: El hombre se despersonaliza y va perdiendo todo rasgo individualizador.
Miguel Delibes se autodefinió como un cazador que escribe. Me permito honrar su memoria con el título de éste artículo, en reconocimiento a la verdad que estuvo presente en su vida y en su obra.





