
Amigo Álvaro Romero, lo he leído y coincido en todo contigo, como no podía ser de otra manera. Contigo y con él, que por algo los tres tenemos aún ese alma de niño de pueblo que se despierta en nuestras letras. Hemos pasado de jugar en la calle del pueblo —Los Palacios, Aznalcázar o Paradas— para ponernos a enmarañar letras y palabras en folios blancos. Cada uno a su nivel, por supuesto, que siempre existieron clases y no soy nadie para desatar lo que Dios dejó atado y bien atado, y yo, como aprendiz, aprendo —o lo intentamos— de los maestros. Que la pluma de García Barbeito vuela por entre las páginas de “Donde habita la memoria” (Almuzara, 2024) —que hay que saber cogerle las vueltas a don Luis— como las tuyas hacen surcos por eso que nosotros sabemos y que nos tiene abiertas las carnes de la ilusión.
Si tú te llevas a Barbeito a la Castilla de Delibes yo me lo traigo, con la venia solicitada, al campo de Manuel Halcón, e incluso al de su primo Fernando, que sabía de cosas de niños, de caballos y de terrones “más que la madre que lo parió”. Y es que todo nos iba quedando tan lejano, como aquello de Romero Murube, que con estas páginas de García Barbeito ha resucitado en nuestra memoria lo que parecía dormido. Y nada… más despierto y espabilado que nunca, como recién salido de un chapuzón de verano en la alberca de la huerta. Es lo que tienen los escritores grandes, que la patria pequeña la hacen universal, que ya lo dijo Tolstoi: “si quieres ser universal habla de tu aldea”. No hay que hablar de grandezas para escribir a lo grande. No hay que buscar tronos para coronarse. Más bien al contrario, que narrando cosas del día a día, del pueblo llano que cada mañana de pelúa amanece con un sabañón más en las piernas desnudas, es como se llega a la universalidad, a que todo el mundo te entienda y sepa por dónde vas y de dónde vienes.
El campo es la verdadera escuela del niño, que sin papeles ni plumillas aprendía a cada segundo algo nuevo de la mano encallada del padre o de la misma naturaleza. Aquí es donde presiento a Halcón —el sevillano hondo que soñó entre Lebrija y la Campiña y quiso morir en los madriles—, en el aprendizaje de lo visto, de lo vivido en el espacio que existe entre el cielo azul y la tierra mojada tras un chaparrón de primavera. Da igual la choza o el caserío del cortijo, con sus arcos, sus tejas y sus patios empedrados. Eso es lo de menos, eso se salta a piola. Lo que importa es verse reflejado en ese espacio cargado de sudor, polvo, moscas y abejarucos… de ruedas de girasol y de las espigas del trigo espigando. Ahí es donde está la esencia, la clave de aprender donde hay que aprender. Y todo lo demás, cuentos chinos.
Los olores de la infancia son los que quedan cuando uno ya va cansándose de casi todo. Los olores y los colores. Los colores y los amores, que no hay nada más serio en este mundo que el primer enamoramiento de un mocoso que no sube ni un metro del suelo. Porque al correr de los años el amor se va convirtiendo en algo riguroso y que se da por entendido y hecho. Pero de niño no, de niño el amor es lo más sagrado y serio del mundo, el misterio más grande al que jamás se ha enfrentado, que las confesiones casi siempre tenían que ver con el amor, con que si fulanita lo había mirado o con que si setanita le hacía tilín. Ay, los niños y su inocencia rotunda. Ay, los mayores y nuestras mentiras y nuestros fingimientos.
Por eso, Álvaro, te agradezco que me hayas recomendado este libro del maestro Antonio García Barbeito —magníficamente editado por Rosa García Perea—, donde la belleza escrita se queda suspendida en nuestra memoria por un rato que se nos antoja eterno. Y es que con “Donde habita la memoria” —donde “la tarde habla”, donde “el verano empezaba a llamarse julio”, donde “vino la lluvia a escribir el otoño”— le robamos importancia a lo importante y se la ofrecemos a lo que va de paso, a lo que ya pasó, como es la edad más bonita del ser humano, la infancia, y el paisaje más universal que nos podamos encontrar, el pueblo circundado por el campo.





