Una democracia sana es aquella que desconfía de sus políticos, y no la que confía alegre y ciegamente en ellos. Pues es obligación de la sociedad civil controlar a esas estructuras egoístas que son los partidos políticos, y a sus dirigentes que, casi por definición, padecen con frecuencia desviaciones patológicas de la personalidad. No hace tanto tiempo que en nuestras democracias occidentales la verdad -y la mentira- aún eran categorías útiles para el control ciudadano del poder. Existía el consenso básico de que la verdad es un valor, y su contravalor es la mentira. Y su trasgresión tenía un coste, como el que pagó el presidente norteamericano Bill Clinton en los años 90 con su dimisión, tras ser pillado mintiendo. Se ejercía así un derecho ciudadano no escrito y clave para la democracia: el derecho a no ser engañados.
Con el nuevo milenio -y ZP de presidente en España- entramos en una segunda fase de refinamiento de la mentira política: el intento del poder de convertir sus mentiras en verdades. En esta eufemística era de la posverdad los hechos ya no importan, y el relato mediático del poder –sus mentiras- es la única fuente de “la realidad”, de toda “la realidad”. Hasta que chocamos de plano contra ella. Como ese ciudadano español que ha estado tres meses en la cárcel tras morir su mujer de un infarto, liberado cuando la autopsia desmintió la mentira oficial de otro “asesinato machista”. La “ficción totalitaria” arentdiana del siglo XX rescatada en el XXI por los nuevos aprendices de brujo, y adaptada con éxito a nuestra frágil democracia “nominal”.
Con la llegada de Pedro Sánchez al poder hemos culminado otra fase, donde se ha legitimado a la mentira como medio para alcanzar un fin superior, que solo el líder conoce, y que justifica todas las “mentirijillas” que se digan por el camino. De ahí el “olvido” de Sánchez de todo lo dicho en campaña solo para auparse al poder, ante un electorado que empieza a consentir con ser engañado. Pero tras la mentira como virtud –“qué listo es Sánchez que ha engañado a todos”, su pacto de gobierno con Iglesias nos ha traído una fase ulterior de la mentira política, solapada con las anteriores, y superándolas en perversión.
Ahora este gobierno bicéfalo no se toma siquiera la molestia de mentir, ya no urde mentiras verosímiles para que nos las creamos. Se limita a ejecutar sus actos inverosímiles ante una sociedad atónita, haciendo ostentación de la arbitrariedad del poder, de que el poder –para ser verdadero- puede actuar como le dé la gana, sin rendirle cuentas a nadie. Se llama tiranía. Este gobierno ya solo nos lanza mentiras inverosímiles, como maniobra de distracción, para que corramos a desmentirlas, mientras sigue con su descabellada agenda política, esa verdadera mentira ontológica que nadie se atreve a cuestionar. Porque quiere y porque puede.
Y así llegamos a la psicopatización total de la sociedad, donde verdad y mentira ya no son categorías morales, sino instrumentos homologados de manipulación social. Cuando esta perversión arraiga, ríanse del virus, cuya eclosión en España halló precisamente en el acatamiento de la mentira política un caldo de cultivo ideal. Creo que pronto llegaremos a ese punto donde El mal ha de hundirse en el mismo instante en que vence plenamente al bien. Entonces tanta insidia política debería verse aplastada por una montaña de dolor verdadero. El drama que estamos sufriendo nos brinda una oportunidad –única- de desalojar radical y definitivamente la perversión de la política en España. Y ya no podemos permitirnos el lujo de dejarla pasar.





