Con la triste nueva ley de la eutanasia vuelven los argumentos que se suelen oír casi cada vez que se discute algo que tenga que ver, últimamente, con cuestiones penales.
Si se comenta algo sobre el excesivo garantismo de las leyes, que hace que muchos criminales sean puestos en libertad no bien capturados, siempre hay alguien (y es frecuente que sea un abogado, dirigiéndose con suficiencia a una pobre ignorante) que declara: “Tú imagínate que tu hijo va con unos amigos, y los amigos son indeseables, y al que cogen es a él, y entonces al final carga las culpas tu hijo…”. O bien: “Tú imagínate que a tu hija le ponen una falsa denuncia por haber robado algo y ella no ha sido y entonces…”. Siempre me llama la atención que, en vez del argumento legal y racional que cabría esperar de un profesional de eso, pues recurran a lo emocional, a lo sentimental…
“Tú imagínate, tú imagínate”, se oye continuamente. Bueno… Puestos a eso, podemos imaginar que nos sale un hijo ladrón y violador (es horroroso pensarlo, pero ¿por qué no? Todos los criminales son hijos de alguien); si empezamos con el “Tú imagínate, tú imagínate”, pues, yendo a lo personal y emocional, siempre desearemos que nuestro hijo salga indemne y que no vaya a la cárcel. Las leyes tienen que ser más frías, calibrarlo todo, ir hacia una justicia para la sociedad en general. Es irónico que del mundo legal intenten convencernos con lo sentimental – es obvio que en cada juicio que se celebre en este mundo (ejemplo, parientes de anciana brutalmente asaltada versus parientes de adolescente influido por pandilla indeseable), si pensamos en una parte se deseará una cosa, y si nos vamos a la otra, se deseará otra. El “tú imagínate” no nos ayuda nada, habrá que abstraerse un poco.
“Tú imagínate” que tienes un hijo acusado de lo que sea. Visceralmente siempre desearé que lo absuelvan, sí. ¿Y qué? ¿Hacemos las leyes para lo visceral? Pensaba que la ley estaba para justo lo contrario.
Con el tema del aborto apenas si hay debate, de lo asumido que está; pero cuando lo hay, siempre oímos la argumentación: “Tú imagínate que a tu hija de catorce años la violan, y además tiene riesgo de esto y lo otro, y además y además… (añádanse mil circunstancias espeluznantes)”. Igual que ahora con la eutanasia (que también el debate es escaso, pues una vez aprobado lo que sea, aunque se trate de una aberración, ya la sociedad se adapta a enorme velocidad), tajantemente te dicen: “Tú imagínate que ves a tu madre con dolores super espantosos y ahí tumbada y lleva años y lleva decenios y sufriendo muchísimo, y además con esto y además con lo otro…”. Nos ponen una casuística tal, que, imaginándola, parece como de miserables el no simpatizar con el que se decida por la eutanasia o por la “interrupción del embarazo” de la pobre niña ferozmente asaltada. Si me lo ponen así… pues claro, ¿qué voy a decir?
Lo que sucede, es que si nos dejamos llevar por la casuística y la imaginación, pues siempre habrá escenarios en los que simpatizaremos, no digo con la eutanasia, sino casi con cualquier delito imaginable.
“Tu imagínate, tú imagínate”. Vale, imaginemos. Imagínate que alguien, un terrorista, ha asesinado a tu madre y mutilado a tu hijo, y lo ves paseándose chulescamente, y lo ves que se pone a insultarte, y lo ves que… ¿no simpatizaría toda la sociedad contigo si le das un puñetazo? (paréntesis: Hay quien se admira de que en España ninguna víctima del terrorismo haya reaccionado en caliente de manera similar). Estaría moralmente más que justificado. Pero, ¿qué? ¿Hacemos una ley según la cual, si media provocación suficiente, queda uno autorizado a agredir físicamente?
Otro ejemplo: Uno sale de una cena con amigos (algo de alcohol habrá bebido), y en ese momento se entera de que su padre ha sufrido un ictus y está agonizando en un hospital, y además los amigos se han ido, y además no hay taxi alguno, y además al padre le quedan minutos de vida, y además y además… (ya digo, si nos ponemos con el “Tú imagínate”, esto no tiene fin), pues, ¿no estaría justificado moralmente, no contaría con la simpatía generalizada, el que dicha persona se pusiera al volante para ir al hospital, aunque acabara de tomarse una copa de vino? Pienso que sí. Pero entonces, ¿debemos anular la prohibición de alcohol al volante… por si acaso se da ese cúmulo de circunstancias, “tú imagínate que te pasa a ti”?
La vida es dura y terrible; nadie puede asegurar que nunca va a cometer un delito (aunque se debe desear que eso no suceda). Pero la ley tiene que tener una majestad, una distancia.
Hay cosas que DEBEN estar prohibidas. (Y ninguno estamos seguros de no cometerlas nunca. Llegado el caso -¡Dios nos libre!-, pues nos defenderemos, apelaremos a los atenuantes, o pagaremos la pena debida). Pero prohibidas deben estar. Si no, nada humano queda en nosotros.





