Marta de Sevilla, la niña que no crece… la ausente presente para siempre en la orilla del río y en una plaza soleada. En tu cabeza y en la mía.
La injusta desidia de tinta y tontos que enarbolan una bandera que tapa, oculta y miente. Qué fácil es cambiar de tercio, qué fácil desenterrar a los muertos de uniforme y represalias y qué difícil y costoso encontrar a Marta. Los renglones torcidos de la ley… No volar sobre el nido del asesino para preservar su derecho a la vida y a su otra oportunidad.
Ministerio misterioso e intolerante cuando el elefante entra en la cacharrería equivocada. Qué pena y qué injusto desistimiento. Qué increíble pasividad de un pueblo que ha dejado de tomar las calles y que ya no se pinta las manos de blanco… Y entre tanta indignación, en las fotos de una boda falta ella… La hija, la hermana, la nieta, la niña de una ciudad.
Descansa Marta, la paz la pondremos nosotros.





