Entre la alegría de la semana anterior después del Mundial de fútbol (iba a decir “euforia”, pero en realidad la simple palabra “alegría” refleja mejor aquella realidad), y la actualidad presente centrada en los terribles incendios, pues la celebración del 25 de julio en la catedral de Santiago de Compostela, siendo una festividad ya de por sí bastante ignorada en muchas zonas de España, pasó tal vez aún más desapercibida que otras veces. No parece que muchas personas siguieran la retransmisión de esta ceremonia solemne el pasado sábado, en contraste con la inmensa, creciente popularidad del Camino de Santiago, con la enorme cantidad de peregrinos que allí acuden, el día de su fiesta y aun todos los días del año y de todos los años.
Y si algunos comenzamos a verla, al menos un poco, con la vaga idea de estar haciendo algo debido, como considerando (aun sin pensarlo con estas palabras) que el dedicar unos minutos a contemplar algo de la misa de Santiago en Santiago, con la solemnidad, con el botafumeiro, pues podría considerarse casi “una buena acción patriótica”…, pues pronto invadía una desazón mayor incluso que otros años. ¿Dónde está la gente, dónde está el pueblo? Que haya asientos preferentes para autoridades, pues muy bien. Que haya decenas y decenas de fotógrafos y de cámaras por todas partes… pues luego opinaremos, pero en fin, “bueno”. Pero en algún momento, detrás de algunos cordeles o vallas, tendría que verse a la multitud, ¿no? Pues no se veía.
La imagen de iglesia desangelada, con poquísimos asistentes, sobrando incluso sitio en los ya escasísimos bancos, y con el espacio vacío como protagonista (¡esa “seguridad”! ¡Oh, “seguridad”!), a un desconocedor de la realidad (o a “un marciano” como se suele decir en estos casos) le daría la impresión de una enorme indiferencia popular hacia este tipo de ceremonias. Se asombraría de saber de las abarrotadas Misas del Peregrino que se celebran diariamente, y de la multitud que, por falta de espacio, se queda fuera. El día del Patrón de España se celebra y se retransmite en un templo casi vacío.
Por desgracia, ya esto no sorprendería demasiado, visto el cariz que toman las ceremonias en las catedrales y en tantos lugares en los últimos años. Entre fotógrafos y VIPs, y bajo la consigna de “la seguridad”, el pueblo es el gran excluido. Pero este año hay un factor que hace que este vacío resalte más: y es que están muy recientes las imágenes de la Cibeles abarrotada el pasado día 20. Son imágenes que parecen de otra época: la plaza totalmente llena de personas, aprovechada al máximo (aunque parece que sí había pasillos de seguridad, sólo que visualmente en una fotografía distante, ni se perciben). También queda cercana, aunque esta se repite todos los años, la imagen de la multitud abigarrada, sin que se vea un hueco libre, durante los sanfermines.
Este contraste realmente hace pensar. ¿Por qué unas veces bastan unos pequeños pasillos de seguridad, que de lejos ni se aprecian, y además bastan y sobran puesto que no se dan incidentes, la multitud se comporta, festeja y vive con alegría incluso eventos de carácter totalmente lúdico; y en cambio otras- Misa de Santiago, visita del Papa a Madrid- pues se requieren unos controles, unos acordonamientos, una inmensidad de espacio vacío, de modo que al pueblo ni se le ve?
Por ende, puestos considerar que en unos casos es más necesario que en otros el extremar las medidas mal llamadas “de seguridad”, pues diríase que sería más lógico hacerlo a la inversa de como lo llevan a cabo; es decir, considerando más probable algún desafuero cuando hablamos de festejos gigantes y eufóricos, donde pueden abundar el alcohol y las ganas de acrobacias. De todos modos, en España, como hemos comentado, las celebraciones festivas y eufóricas, y notablemente las de hace unos diez días, suelen ser de lo más pacíficas, cosa de la que podemos felicitarnos. Pero aún más pacífica será la actitud de los peregrinos que acuden a una ceremonia, ¿por qué todas las hostiles medidas de “seguridad” – que en este caso es directamente exclusión- se ceban en ellos?
La sobreabundancia de fotógrafos y cámaras viene a subrayar ya sin duda alguna lo que nos apenaba constatar: que las ceremonias no son sino una materia prima más para elaborar el verdadero producto final, que es la retransmisión. Todos hemos nacido ya, jóvenes y mayores, contando con poder ver a través de una pantalla las ceremonias importantes; contamos con esto, con que lo importante será retransmitido. Pero el fotógrafo, el cámara, debía actuar con discreción; lo ideal era que ellos mismos no aparecieran. Desde hace unos años se han cambiado las tornas, y vemos imágenes que a muchos nos resultan turbadoras. En la misa de Santiago, la imagen del Apóstol en su hornacina aparecía flanqueada por dos enormes cámaras… De manera que se suben ahí los fotógrafos en plena misa, y sin disimulo alguno. Y además, ¿qué falta hacen? ¿No está siendo ya grabada la ceremonia desde cincuenta puntos de vista diferentes? Pero es que la presencia del cámara y el fotógrafo ya no sólo no se disimula, sino que se resalta. Se les muestra ubicados, disparando sus cámaras desde lo alto del altar mayor. Subrayan que lo importante es la retransmisión, y hacerla lo más variada y entretenida posible desde el puro punto de vista fotográfico. También había una cámara por lo visto pegada a los zapatos del organista. No importa que no se permita entrar al pueblo: que lo vea desde casa.
Una ceremonia sin el pueblo no es nada. Es fría, desangelada. Mientras más multipliquen los fotógrafos, y den permiso, incluso animen a cosas antaño impensables como el lucirse en las hornacinas, más resalta el vacío. Y prolongan el grabar la pestaña de cada miembro del coro, y la uña del pianista, y los nudillos del político de primera fila… ¿qué transmite eso cuando sin multitud, sin el pueblo llano, no hay ambiente que comunicar?





