“Que Paco Salazar, defenestrado como sucesor de Santos Cerdán por el caso de las braguetas entreabiertas en los despachos de La Moncloa, se pasee ahora por los consulados de Hispanoamérica, ha disparado todas las alarmas”
Hay políticos que amenazan. Otros insinúan. Y luego está Pedro Sánchez, que, además, sibilinamente, avisa.
Ayer se despidió para irse de vacaciones, lo del fuego ya es cosa de bomberos: “No habrá elecciones anticipadas; la legislatura llegará hasta el final”. Y, de paso, vayan haciéndose a la idea de “aceptar el resultado cuando llegue el momento”. Traducido del lenguaje sanchista al cristiano: “Luego no digáis que no os lo advertí”.
La confianza de este chulo tranviario resulta admirable. Ni las encuestas, ni los escándalos, ni la corrupción que le chorrea, ni el desgaste parecen alterar su serenidad. Fueraparte de su patente psicopatía, parece saber algo que el resto de los españoles todavía desconocemos.
O quizá no: Mientras el Gobierno predica las bondades democráticas de la conocida como “ley de nietos”, el censo electoral no deja de engordar con cientos de miles de nuevos españoles repartidos por toda Latinoamérica (2,4 millones de solicitudes a marzo de este año). Oficialmente, se trataba de reparar una injusticia histórica que la hermana del primer alcalde de Atapuerca ha llevado más allá: Sofía Puente firmó una instrucción en 2022 reinterpretando la Ley de Memoria Democrática para considerar beneficiarios a descendientes de españoles que no quedan comprendidos en el texto legal, incluyendo determinados supuestos relativos a descendientes de emigrantes anteriores a la Guerra Civil.
Qué casualidad que esa reparación llegue justo antes de unas elecciones desde siempre impepinables para 2027, y éste es el motivo, en las que cada voto va a decidir ¿en igualdad? quién ocupa La Moncloa: los moradores de la piel de toro y, entre otros, los que siguen pensando que Celta de Vigo es una pedanía de Orense.
Pura coincidencia, naturalmente. Porque pensar que un Gobierno puede tener un interés mezquino en ampliar el electorado que votará en las próximas generales sería de muy mala fe. Igual que pensar que un pescador lanza la red porque espera pescar. Que Paco Salazar, defenestrado como sucesor de Santos Cerdán por el caso de las braguetas entreabiertas en los despachos de La Moncloa, se pasee ahora por los consulados de Hispanoamérica, ha disparado todas las alarmas.
Llegado el recuento de las elecciones de 2027, mientras las encuestas les vaticinan mayorías nunca vistas a los que sueñan plácidamente con heredarle, será el momento de que resuenen las palabras de ayer de Sánchez en su “Aló, presidente”, antes de quitarse del mundanal ruido por más de un mes a costa de todos los españoles: “Habrá que aceptar el resultado de las elecciones”.
Claro, primero se amplía el censo con cientos de miles de nuevos votantes, después se transmite una seguridad absoluta sobre el desenlace electoral. Y, finalmente, se pide deportividad democrática.
Nadie puede afirmar hoy cuál será el comportamiento electoral de esos nuevos ciudadanos. Pensarlo sería aventurar lo que nadie sabe. Pero tampoco puede reprocharse que muchos, muy pocos aún, se hagan preguntas cuando el fruslero de La Moncloa está tan convencido de que el final de la película ya está escrito.
Quizá por eso conviene quedarse con el refrán: “Quien avisa no es traidor”, aunque se apellide Sánchez.
Aunque, visto lo visto, a algunos españoles, yo entre ellos, empieza a darles la impresión de que lo de ayer, más que un aviso, es un espóiler.





