Si no lo veo no lo creo… La ministra de Defensa, Margarita Robles, reclama que la turba afgana que logre aproximarse al aeropuerto de Kabul grite bien fuerte “¡España, España!”, como unos fachas cualesquiera, si desean salir de allí y venir a ingresar las listas de subsidiados.
Confío en que dicho llamamiento no será traducido y divulgado allí o terminaremos viendo una manifestación de tintes patrióticos de proporciones bíblicas en Kabul entonando a Manolo Escobar.
Es frecuente en Occidente, ante tragedias similares a la que ahora se avecina en Talibania, que muchos, tal vez bienintencionados, se pregunten dónde están los cascos azules para ocasiones de esta índole. Cada vez que algo similar ocurrió y quise preguntar cuál fue la última batalla que ganaron los cascos azules, sólo me encontré a gente que ponía cara de haba o como si se hubieran caído de un guindo.
Aún no he averiguado si es ingenuidad, ignorancia, torpeza, cobardía… o una mezcla de todo ello al mismo tiempo. Es curioso que cuando algunos sienten que están amenazando lo más grave de nuestra existencia, sólo se acuerdan de la levedad de los cascos azules para defendernos del caos y del infierno…
¿Por qué cascos azules? ¿Acaso esas tropas carecen de nacionalidad? ¿Son ángeles de ninguna parte? ¿Por qué no pelear nosotros y nuestros hijos? ¿Quizá la causa no lo merece?
La mayoría de esa gente, en extraña connivencia y en alianza ignara con el mal, clama siempre contra la fabricación de armas, contra el presupuesto de Defensa y contra el despliegue militar. Viven siempre en el lado cómodo y blandiblup de la Historia, así que se supone que deberían estar satisfechos con la retirada de las tropas y puede que pronto exijan una censura severa sobre la realidad de lo que ocurra allí a partir de ahora como único modo de sanarles o aliviarles la conciencia.
¿Qué proponen ahora que hagamos? Algo más absurdo aún: quieren vaciar Afganistán y traerse aquí a vivir a millones de afganos, los cuales, según la mentalidad de Epi y Blas que les alumbra, se convertirían sin remilgos en excelentes ciudadanos de bien.
Algunos creo que deben pensar que los cascos azules son unos tipos al servicio de alguna causa enorme y no que se trata de pésimas tropas mercenarias que normalmente prestan países como Pakistán, Nigeria, Ghana u otros africanos, a menudo musulmanes, a cambio de una soldada miserable. La parte gruesa la esquilman sus gobiernos y mandos militares, quienes, si no cuentan con tropas adecuadas, reclutan en leva a jóvenes que sirven para casi nada.
Por resumirlo mucho, esos mismos parecen haber olvidado, quizá porque nadie se lo explicó nunca en la escuela, que el pacto que cuajó en la creación de los Estados se inició en los señoríos feudales, entregando mucho a cambio de nuestra propia seguridad, un marco superior que nos protegía en caso de amenaza. Más tarde, forzados por las necesidades, los señoríos pactaron un ámbito mayor con los monarcas: todos como vos, y juntos más que vos… Y fue esto lo que en España culminó con la derrota del Islam.
Hoy, como entonces, o peor que entonces, parece haberse borrado nuestro disco duro y se diría que muchos nada quieren saber de todo aquello. En tierras afganas ni siquiera han llegado aún a iniciar aquel proceso originario y medieval que dio lugar a la aparición de los Estados.
Al menos podrían hacerse a la idea de que ya no hay un sólo país europeo, ni por separado ni en comandita, capaz de sostener una mínima tropa en campaña a una mediana distancia durante apenas un par de meses sin el apoyo logístico y de abastecimiento necesario que nos preste el gendarme norteamericano.
El repliegue obligado cuando se marchan los yanquis es una necesidad inevitable que no puede conllevar traernos de allí a los habitantes porque sería tanto como traernos la guerra a nuestras casas y ciudades. Y no apelen a los cascos azules, porque eso es tanto como apelar a las tropas de Narnia o a los ejércitos de unicornios azules. Sépanlo: nadie va a venir a pelear por nosotros. Alea jacta est.
He dicho.





