Algo aburridos de lanzarse un apelativo tan original como eso de fascista, algunos políticos y políticas -sin duda de los más atrevidos- progresan adecuadamente intentando descalificar a sus adversarios arrojándoles el término de falangista. Y para rizar el rizo de la intelectualidad en ebullición, los más ingeniosos también llaman joseantonianos y José Antonio a sus contrarios, como ejemplo de lo remalísimos que pueden llegar a ser.
Con tan tremendas comparaciones provocan el rasgamiento de vestiduras del público más sensible y hasta de algunos valentísimos creadores de opinión de la COPE, poco acostumbrados a un ambiente tan hostil que degrada la armonía, la paz del diálogo, la tolerancia y el hermoso discurso de tender puentes y no muros, con que tan beatíficamente nos aconsejan. Y es que, como bien sabemos y nos llevan adoctrinando hace ya más de cuarenta años, no hay nada peor en esta España que llamarse ciertas cosas unos a otros. ¡Válgame el cielo!
No obstante, y para valorar el tamaño de tan tremenda ofensa puesto que ya ni quienes utilizan esos términos lo conocen, recordemos someramente a quién se refieren cuando entre ellos se lanzan eso tan feísimo de… joseantonianos.
Por antonomasia, cuando en España hablamos de joseantonianos y José Antonio, nos referimos a José Antonio Primo de Rivera: un joven aristócrata en todos los sentidos, que sin necesidades materiales se complicó su acomodada vida de abogado, con futuro más que prometedor, saltando a la política y presentándose en un primer momento a diputado en las Cortes republicanas por la obligación moral (en esos tiempos existían esas extrañas obligaciones) de defender la memoria de su padre: el dictador y general Miguel Primo de Rivera; una memoria que era ultrajada continuamente desde un poquito antes de caer la monarquía del huidizo Alfonso XIII.
José Antonio era un tipo atractivo y elegante, también físicamente, mordaz,
El compromiso con su proyecto político, la Falange, que fue evolucionando en pocos años, nacido para la defensa de una España y de unos españoles que se encontraban en un terrible momento de nuestra historia, le llevó a morir fusilado a los 33 años en noviembre de 1936, en la cárcel de Alicante, condenado por uno de esos tribunales que a muchos amigos de las «libertades» que se gozaron en la Unión Soviética, les encantaría rescatar. Pero como dejó tras de sí una vida y un testamento donde se puede percibir la grandeza de su alma, pese a que haya transcurrido tanto tiempo desde todo aquello, todavía muchos le recuerdan y nunca faltan ni faltarán jóvenes que lo tomen como referente de vida y de muerte.
Y la verdad es que después de conocer todo esto, se comprende mejor que -en efecto- resulte





