Por Javier Hernández García
Aquella noche del 21 de julio de 1921, no en una cómoda habitación de Hotel, sino al calor del desierto africano, y a las dos de la madrugada en una tienda de Campaña, dormía el Comandante de la Legión Francisco Franco en el campamento de Robba-Gozal, que estaba a 100 Km. de Melilla.
En las inmediaciones del Monte Arruit, sólo algunos soldados de reemplazo, entre ellos mi abuelo, impedían a los moros, abrir en canal los cadáveres de los españoles, a los heridos los quemaban vivos aún, emascularlos y quemarlos, los emasculaban porque los rifeños de Abd el-Krim les pagaba por la prueba de haber matado españoles y se había llevado el grueso de su ejército a Melilla, y estaba asentado frente a la ciudad. Annual fue el prólogo, Melilla era el epitafio de su victoria que quería escribirla sobre las monturas y las gumías de sus guerreros.
Para Abd el-Krim Melilla, no era otra cosa que el premio a su traición de cartero español porque Melilla debía ser un Matadero en el que atravesar a sus hombres a filo de cuchillo desde el gaznate hasta el cuello, y llevar a sus “putas” mujeres occidentales y a sus hijos, como esclavos, a un burdel de los prostíbulos de Mahoma que existen desde el Magreb al Éufrates y ofrecer la ciudad al saqueo y al pillaje de sus hombres que esperaban la orden, ahítos de sangre y riquezas.
Dos horas fueron necesarias para poner en marcha Los Legionarios de la I y la II Bandera tuvieron la suerte de comprobar en sus propias carnes hasta dónde llegaba su capacidad física al verse obligados a marchar a toda prisa más de 100 kilómetros con el objetivo de acudir en auxilio de Melilla. Sólo el 22 llegó, un pequeño descanso para los legionarios. «La tropa, rendida, permanece sentada a los costados de la carretera”. Franco y sus hombres volaron como águilas, sobre sus alpargatas, con apenas tiempo de afilar las bayonetas, en una marcha que jamás ha podido ser igualada por ninguna infantería del mundo, más de cien kilómetros en treinta horas.
Pero, la Filosofía acaba donde empieza Dios, tal y como la humillación de la derrota termina donde empieza el Honor, y cada soldado fue un hombre de honor al servicio de España allí y tal y como ordena su Credo Legionario, en el cuerpo a cuerpo, donde el éxtasis del combate, en el que sólo medio metro de acero te separa del cuerpo del enemigo y ves como la vida se derrumba a tus pies mientras el alma de tu compañero se escapa de tus ojos, donde sólo puedes dar Gracias a Dios por haber sido más rápido, más certero, donde no puedes elegir, porque prefieres morir antes que tu madre , tu mujer o tus hijas piensen que no supiste defenderlas o que fuiste un cobarde, fueron a la lucha buscando sarracenos para que no convirtieran Melilla en un Minarete de Alá Mirando a Cádiz.
La llegada de la Legión fue un saludo, «Melillenses, os saludamos. Es la Legión, que viene a salvaros. Nada temáis, nuestras vidas lo garantizan. […] ¡Melillenses!: los legionarios, y todos, venimos dispuestos a morir por vosotros. Ya no hay peligro. ¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva Melilla!«. El 25 de julio, a la una de la tarde (y después de otros buques llenos también de refuerzos) el «Ciudad de Cádiz» llegó a su destino. El resto es historia: la fuerza conjunta española reforzó la zona, construyó nuevos fortines, avanzó hacia Sidi Amech y el Atalayón y, posteriormente, llevaron a cabo multitud de combates en agosto donde demostraron su valor y su gallardía.
España siempre ha estado rodeada de gentes que parece odiarla más que amarla. Hoy, como el General Legrange, arrastran el cuerpo de Franco, como hiciera con Daoiz y Velarde, por las calles de Madrid, desde Melilla, donde una humilde estatua, recordaba aquella gesta de España, de un hombre al servicio de su patria, que era sólo un comandante, y de una fuerza de hombres y mujeres que lo dieron todo. El poeta José Luis Santiago de Merás dedicó a los legionarios unos versos que definían muy bien aquellos días:
“Clava tus pies firmemente
Sobre la tierra africana.
Tu corazón, en Melilla
Y tus ojos en España”
Sólo ante el dilema de la muerte, calla la filosofía y habla Dios, pero esta lonja donde se comercia con banderas y con el sudor de la patria, calla ante los caídos, calla ante la enfermedad y la muerte, se declara atea, y mercadea ignorante e ignorados de la generación de hierro que se marcha, y que nos ayudó a permanecer como nación.
Borrar la memoria de los pueblos, debería ser un delito, y como Séneca hizo decir a Medea “Aquel que se beneficia del delito, ese es el culpable”. ¿A quién beneficia borrar la memoria de los españoles? Uno no necesita ser Franquista, para saber con quién no quiere compartir esta carrera al olvido y la manipulación de los pueblos.
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