Aunque lo normal es que en 1964 no se cantara el Cara al sol, en algunos casos sí se hacía. Quizás no necesariamente todos los días, ni con toda la parafernalia de formaciones en patio, ante la bandera y esas cosas tan del gusto de quienes gozan reinventando el pasado, pero en algunas ocasiones afloraba el dichoso himno de una Falange que hacía décadas no era más que un adorno ‘demodé’ del Franquismo. Nadie se tomaba en serio esas cosas a mediados de los años sesenta y, en consecuencia, era muy raro que ese himno se cantara de forma oficial. Pero a veces se hacía porque el director del colegio tenía un poder enorme y podía tomarse esas libertades, incluso a sabiendas de que iba en contra de las directrices del régimen, muy poco amigo de la Falange como sabe casi todo el mundo excepto Bardem.
Hace poco escribí un recuerdo de mi primer colegio en Sedaví, un pueblo industrial de Valencia, en donde a finales de los sesenta sí se cantaba el Cara al Sol en el patio. Repito: no sé si a diario o esporádicamente. Mi madre, que a la sazón era allí profesora e hija de un maestro republicano represaliado, se negó a que yo lo cantara. Y no lo canté en ninguna de las ocasiones en que al director le plujo que los zagales entonásemos viejos himnos, sabe Dios con motivo de qué acontecimiento (los 25 años de paz o la derrota de la URSS por España en los mundiales de fútbol).
Recuerdo aquella escena perfectamente: mi madre en mitad del patio discutiendo muy levantisca y airada (cuando se enfadaba era peor que Lola Flores) con el director del colegio que, por cierto, era talmente el vivo retrato de ‘Martínez el facha’ (tengo alguna foto con él). Y al terminar la discusión ella me agarró del brazo, me sacó de la fila y me llevó a su clase, mientras el resto de niños quedaron en el patio cantando aquella cosa que tanto desazona a Bardem.
Pero a pesar de recordar muy bien aquella anécdota de mi edad párvula, cuando la escribí en su día fue justamente para incidir exactamente en lo contrario que ha hecho Barden: que aquello era una excepción en absoluto extendida, que quien se negaba a cantar no cantaba y no por ello lo fusilaban (mi madre siguió dando clases allí varios años) y, sobre todo, que quienes vivieron aquella época siendo adultos evitaron inculcarnos a sus hijos y nietos el resentimiento trasnochado de Bardem y muchos otros como él.
No niego que en el colegio de Bardem se cantara alguna vez esa canción, lo que niego es la película de terror anacrónica que se ha montado con un recuerdo de infancia probablemente tan distorsionado como todo lo que recordamos de aquella época.
La memoria es engañosa, máxime cuando se aplica para construir ideológicamente la Historia. Por eso siempre me he declarado enemigo acérrimo de la llamada ‘Memoria Histórica’. La Historia se sustenta en hechos (documentos, películas, archivos…) y no en recuerdos. Los recuerdos pueden enriquecerla y completarla – esa intrahistoria unamuniana – pero nunca sustituirla, como se pretende.





