Enseñemos nosotros mismos a nuestros hijos, si puede ser con el ejemplo, aquello que pudimos aprender de nuestros padres y abuelos. Eduquemos en el respeto a la palabra dada y en el compromiso.
No tuve demasiado tiempo para pensar en el título genérico para etiquetar mis colaboraciones de opinión en SevillaInfo. Confieso que tampoco me devané los sesos para encontrar un concepto especialmente sugerente, impactante o comercial. Se me ocurrió “trato hecho” como modo de reivindicación del respeto a la palabra dada. Respeto éste, que como otros muchos parece que se va perdiendo en nuestra sofisticada sociedad actual. Como diría nuestro querido y recordado Pepe Peregil desde su Ilustrísima Cátedra Tabernaria de Quitapesares: “hoy día habrá más educación que antes, pero hay menos vergüenza”.
Estos tiempos modernos en que nos toca vivir, con nuestras crisis de valores y nuestros relativismos morales a nivel general; conforme hemos acrecentado el nivel educativo, parece que hemos menguado el respeto a la palabra. Hace tan sólo unas décadas los índices de analfabetismo eran abrumadores, países que hoy pueden presumir de desarrollados vivían un ambiente de pobreza generalizada y la esperanza de vida apenas llegaba a los sesenta años. En el escenario de este pasado no tan lejano, la mayoría de las personas de toda índole social y económica atesoraba dentro de su ser un grandísimo patrimonio: su palabra.
Sin embargo, en ese pretérito reciente del que hablo, en la vida cotidiana de los más modestos, en las esferas mercantil y jurídica e incluso en los círculos políticos, cuando se decía “Trato hecho” y ello fuese sellado con un apretón de manos quedaba forjado un vínculo. Un contrato bilateral y a la misma vez unilateral, porque cada cual se hacía personal y voluntariamente “esclavo de su palabra”. En la antigüedad, el derecho romano, dentro del ámbito de los contratos fue acuñado el aforismo latino “pacta sunt servanda” que literalmente significa que los pactos deben honrarse. Junto con la buena fe, constituye un principio general del derecho.
Pero es un sentido mucho más amplio el que me interesa. Si cada uno de los individuos a nivel particular pudiésemos aprehender en toda su extensión el valor que tiene la palabra dada, la sociedad en su conjunto sería mejor y la convivencia más fácil y agradable, más humana si me lo permiten. Aunque paradójicamente sean los animales quienes nos dan tantas veces sobradas muestras de adhesión inquebrantable, de lealtad.
Queda muy deteriorado el concepto de “palabra” cuando muchos de nuestros políticos hacen promesas electorales que no pueden o no quieren cumplir al acceder al poder. Cuando el conjunto de la población contempla impasible cómo algunos padres de la patria faltan a su palabra, el mayor daño infringido es la generación de un ambiente de laxitud y relativismo generalizado que va calando en todos los estratos de la sociedad. Apelo desde aquí al reconocimiento de la labor ejemplarizante que corresponde a toda la clase política. Señorías, han de ser ustedes los mejores, los elegidos para definir las pautas de nuestra convivencia presente y futura. Cumplan sus promesas, intenten no defraudar a quienes depositaron su confianza en ustedes. Sean leales a su palabra.
Enseñemos nosotros mismos a nuestros hijos, si puede ser con el ejemplo, aquello que pudimos aprender de nuestros padres y abuelos. Eduquemos en el compromiso y en el respeto a la palabra dada. La vida consiste en adquirir compromisos e intentar cumplirlos, “una persona vale, lo que vale su palabra”. No deleguemos en la escuela lo esencial. He conocido a muchísimas personas para quienes el único o, en todo caso, el mayor patrimonio de sus vidas ha sido este sencillo cumplimiento. Han legado y legaran a sus hijos una herencia exenta de tributación, fuere cual fuere su comunidad autónoma.
Cada mediodía recuerdo a una joven y humilde mujer galilea que vivió hace dos mil años. El Altísimo le envió un mensaje a través del Arcángel Gabriel: Ella, concebiría en su seno siendo Virgen y daría a luz un Hijo, al que pondría el nombre de Jesús. Y esta Virgen llamada María, respondió: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.
Y es así, como en la Anunciación, comprobamos que desde su sencillez, María asume su compromiso, da su palabra a Dios y la cumple. Por mucho que ello le supusiera atravesar un Valle de lágrimas, con momentos de Amargura, Angustias y Dolores. Ella, cumplió y le regaló a su Bendito Hijo su enseñanza de vida. Jesús de Nazaret aprendió bien en el ejemplo de su Madre: fue Hombre de Palabra, nació en un pesebre y murió en El Calvario crucificado entre ladrones; pero acató su compromiso, honró su palabra con Gran Poder.
María y Jesús, cumplieron con Caridad su palabra, nunca perdieron la Fe y mantuvieron hasta el final la Esperanza. Palabra de Dios.





