En cierta ocasión escuché decir que las tres glorias más ansiadas por un sevillano eran, por este orden, ser rey Baltasar en la Cabalgata del Ateneo, pregonero de la Semana Santa el domingo de Pasión (quinto domingo de Cuaresma), y ser teniente de alcalde de Fiestas Mayores, y creo que no le faltaba algo de razón a quien se le ocurrió este pódium de la sevillanía.
¿Qué tiene la figura del rey Baltasar que tanta admiración despierta entre jóvenes y mayores en nuestra ciudad? El Rey Mago que según la tradición portaba mirra, ofrecía la esencia de una planta originaria de Egipto y Antioquía, que fue muy difundida durante la antigüedad debido a sus propiedades aromáticas y salutíferas, utilizada tanto para la producción de perfumes, como para embalsamar a los muertos, como medicamento y para tratar las heridas (¿premonición de la Pasión?), desde la Grecia Clásica hasta la actualidad.
Observando la cabalgata de Sevilla, con sus escoltas a caballo, las sirenas que abren paso y el desfilar de carrozas, me preguntaba si alguien de los allí presentes iba a caer en la cuenta del significado histórico de dicho personaje. Que conste que lo importante en aquel momento era disfrutar con mis nietas y procurar coger el mayor número de caramelos y regalos que se lanzaban desde las carrozas.
No obstante, hubo momentos en que me invadió cierta nostalgia al ver que no había muchos niños, más bien eran pandillas de jóvenes y mayores solitarios los que danzaban al son del chunda chunda que desde un cañón musical ubicado en una terraza de la calle Muñoz y León, ¡amenizado por un speaker! hacía bailar al personal con más decibelios que los que emitían las bandas de música, y que había un grupo de colaboradores contratados a pie de calle que entregaban a los allí presentes cañones de confetis para cuando pasara Baltasar ( ).
Al preguntar a qué se debía el escandaloso montaje me explicaron que el señor que encarnaba al tercer Rey era un afamado periodista que al parecer había contratado toda esa parafernalia porque ese era su barrio ( ), de ahí las numerosas banderolas que colgaban de los balcones que decían “Yo soy de Baltasar”, una pancarta que llevaba una señora diciendo “Baltasar es macareno”, y el lanzamiento de fuegos artificiales desde las azoteas cuando su carroza dobló la curva del convento de Capuchinos.
Entiendo que bastante esfuerzo hace el Ateneo desde que José María Izquierdo organizó la primera cabalgata en 1918 para mantener la tradición, gestionar un recinto para la salida (plaza de toros, casino de la Exposición, estación de Cádiz, Rectorado y próximamente la fábrica de Artillería), repartir juguetes a niños de familias sin medios económicos y organizar el tinglado año tras año, pero quizás sea necesaria una serena reflexión sobre el sentido que tiene todo este trabajo y, sobre todo, esta celebración, la tercera fiesta mayor de la ciudad, con el fin de tomar medidas que eviten que esto se nos vaya de las manos.
Me consta que lo más importante que realizan sus Majestades es la visita a los hospitales, el haber traído a 80 niños con sus madres desde Ucrania y un sin fin de actos no publicitados durante el año, y que el espíritu de la Navidad está presente los doce meses, pero es inevitable que una vez en la calle se produzcan excesos no deseables como los que presencié aquella tarde, o el canturreo del Himno Nacional (un respeto, por favor) por la calle Asunción, seguido de insultos al todavía actual presidente del gobierno…
Todo ello sin entrar en la controvertida decisión de adelantar un día la cabalgata por el riesgo de lluvia, cuando ha habido años en que se ha afrontado esta adversidad como en 1996 (dos horas detenida la cabalgata), 2001, 2003 y 2016, o la famosa cabalgata de la niebla de 1966, donde no se veía a más de cincuenta metros.
Creo que somos muchos los que deseamos seguir enorgulleciéndonos de esta tradición (la cabalgata del Ateneo), y de esta revelación histórica (la Epifanía, manifestación de Dios al mundo), porque hay un trasfondo sagrado en lo que estamos celebrando (lo más hermoso que nos es dado sentir, según Einstein), y ello no es incompatible con el jolgorio y la alegría, pero sí con lo chabacano y el esperpento.
A este respecto, me viene a la memoria una cita que el psicólogo y psiquiatra Carl G. Jung, maestro de la psicología analítica y hombre alejado de la religión y el cristianismo, quien tras una intensa vida profesional donde pudo constatar la importancia de los religioso en la psique del individuo, hizo grabar en su tumba la frase “Creamos o no, lo sagrado está presente”. Sólo así se entiende que esta cabalgata haya podido superar los cien años de existencia.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





