Mencionar los términos «extrema derecha» o «ultraderecha» en un titular o incluso de pasada dentro de cualquier información, es un socorrido recurso que en España suele agregar un plus de interés a crónicas políticas, sociales o policiales.
Esto ha venido siendo así desde que se descubrió la alta rentabilidad que ofrecía para el relato político, el sosiego ciudadano, la centralidad de los benditos partidos que se turnan en el Gobierno y la imagen de independencia de las fuerzas de orden público, enfatizar en la sempiterna amenaza de una extrema derecha tan peligrosa al menos como las muy activas bandas terroristas criminales de extrema izquierda, con ETA a la cabeza, que tenían en jaque diario a la democracia española. Por esta razón (y pese a la mentirosa matraca oficial que repetía una y otra vez la existencia de un terrorismo de derechas de similar intensidad y peligro al de izquierdas), unos muertos como los de la matanza de los abogados de Atocha o de la estudiante Yolanda González, crímenes sin duda execrables y que aún resultan de difícil comprensión (cui prodest?), siguen siendo exhumados y exhibidos incesantemente, mientras que los cientos y cientos de víctimas asesinadas por la extrema izquierda fueron olvidadas a los dos días con sus restos aún calientes y tras recibir unos acelerados y vergonzosos funerales por la puerta de atrás. (Hoy sus asesinos, sus cómplices, sus encubridores, sus abogados, sus esbirros y sus herederos ocupan las instituciones públicas, colaboran con la coalición del «Gobierno de progreso de España» y dan clases de derechos humanos al resto de españoles, y especialmente a los familiares de las víctimas).
Si retrocedemos a aquellos tremendos años en que los terribles asesinatos etarras (ineludible contexto para acercarse a comprender algo de lo que pasaba) eran de continua presencia en nuestra patria, es asombroso comprobar cómo estos crímenes, a fuerza de costumbre normalizadora, llegaban a ser despachados en unos minutillos en los telediarios de la época como si fueran nuestro obligado pan amargo de cada día, mientras que podía alcanzar un lugar informativo preeminente la detención de un grupo de chavales en posesión de unas pegatinas con lemas políticamente incorrectos, una bandera con el águila de san Juan, un retrato de Franco heredado de los abuelos y una navaja con una inscripción recuerdo de Albacete. Dicha detención, utilizada en el momento oportuno y con el aderezo periodístico policial adecuado -elaborado en la pertinente cloaca estatal- se transformaba en una arriesgada captura de un peligroso comando ultra cuya grave amenaza a la democracia y a la estabilidad del Estado había sido felizmente abortada por una oportunísima operación. (Con un poco de imaginación, algunos desnudos añadidos, un cura sodomita, pero malo, y una generosa subvención pública, aquel episodio podría rescatarse hoy para guion de una película española nominada a los Goya).
Y si bien es cierto que, desgraciadamente, entre los que iban de exaltados patriotas no faltaron, al igual que en otros ámbitos políticos, tipejos marginales, indeseables y dispuestos a cometer cualquier barbaridad cuando se les cruzaban los cables, no podemos ignorar que las organizaciones tachadas de fachas y ultraderechistas estuvieron desde un principio trufadas hasta la médula de elementos policiales y parapoliciales que servían intereses tan oblicuos como inconfesables. Conociendo lo fácil que resultaba aprovechar los embistes patrióticos de algunos jóvenes demasiado apasionados e irracionales, para impulsarles a cometer acciones de dudosa legalidad «en defensa de España», los capitostes de la política en connivencia con los de la policía de la época, no desaprovecharon la ocasión de utilizarles mediante las apabullantes infiltraciones en sus organizaciones.
Esta canalla manipulación e infiltración diseñada por altos responsables políticos y policiales de aquel momento e impulsada desde oscuros recovecos estatales, significaría a la postre un lastre insuperable para las organizaciones políticas que aparecían vinculadas de algún modo a dichos jóvenes (vinculación que a veces se limitaba a haber mostrado simples simpatías), ya que rápidamente se difundía y propagaba por todos los medios de comunicación el nombre del partido «señalado», con el consiguiente descrédito moral y político que lo colocaba como culpable directo en la diana de todos los ataques.
Pero también significaría un lastre para las biografías de muchos de estos jóvenes que podían acabar como rehenes hipotecados por sus fichas policiales, pese a que algunos eran de valor muy superior -en todo- al de las dóciles juventudes de los poderosos partidos de la izquierda, el centro y la derecha, que en aquellos momentos ya se dedicaban a aprender a ascender dentro de sus organizaciones, hasta llegar a pisar moqueta y tomar posesión de un vehículo oficial para el resto de sus días. Mientras que estos aprendían a trepar, los malditos jóvenes fachas aprendían a descender a los infiernos y a comerse el marrón de verse involucrados en alguna que otra acción de dudosa legalidad a la que habían sido inducidos por esos inquietos «camaradas» policías que se mostraban tan afines a ellos, y que les calentaban el ánimo a base de copas y retos de falsa hombría, alentándoles a realizar «acciones patrióticas» que les dejarían marcados durante largos años.
Todo esto constituye una parte de la historia de la Transición que apenas se cuenta y que alguna vez debería investigarse y escribirse.






2 Comments
Esclarecedora interpretación de parte de la Historia de la Transición, omitida por intereses estatales y mediáticos en la España de los Acuerdos de La Moncloa. Desde entonces se comenzó a desintegrar España y la hispanidad. Felicito a Miguel Ángel Loma por su empeño patriótico y le hago llegar mi cordial saludo.
Muchas gracias por su comentario, Claudio.