No es un hecho inédito en la Historia que haya quienes pretenden hacer pasar un conjunto de ocurrencias y subjetividades por una ideología.
Así, por ejemplo, en estos tiempos de fatiga y hastío algunos pretenden estigmatizar el color rosa porque, dicen, asigna un rol identificativo que discrimina a las niñas, aunque esos mismos colectivos utilizan como signo de identidad ese color cuando reivindican alguna causa femenina, como la lucha contra el cáncer de mama o por cualquier otro motivo.
Las mismas audaces simplezas que alimentan que inducir a un niño a vestirse de princesa es perfectamente inocuo en la auto percepción biológica y social del crío, señalan, porque a ellas les sale de la breva, que si vistes a una niña de eso mismo, por más que sea ella la que lo solicite, condenas a la criatura a un rol de sumisión estereotípico y lo consideran nefando.
En ambos ejemplos, como puede detectarse, son ellas y sus prejuicios las que presuponen a la niña débil y manipulable, pero, caprichosamente, si es en el varón, aunque éste se oponga o se niegue, lo consideran una oportunidad para ampliar su libertad de elegir…, aunque no dicen si en esa libertad de elección entraría también que la criatura optase por jugar a Superman saltando al vacío desde la azotea.
Lo que no se menciona no existe, dice la tarada mayor del gremio, Irene Montero, con la habitual ‘complejidad de pensamiento’ que la caracteriza. Y es por eso mismo que se pasa el día entero pronunciando los términos «fascista», «ultraderecha» o «patriarcado», porque sin ellos no tendría modo de ganarse la vida y precisa de su asistencia y su existencia, si no real, al menos inventada, para enjaretar sus absurdas y kilométricas admoniciones hacia el conjunto de los ciudadanos.
Pero, claro está, la OTAN, aunque a trompicones, existe, aunque no la menciones. Como la halitosis, el cáncer o la canalización del Turia de tiempos del franquismo, que salva a una ciudad entera. Y la emergencia climática, aunque la pronuncies cada dos minutos con sus esdrújulas y todo, es una milonga que ni está ni se la espera por muy temprano que Irene se levante a contar la pasta gansa que se embolsa sin doblarla traficando con palabras y palabros.
Convencida de que la realidad es una suma de constructos, subjetividades y emociones y que no se compone de empirismo y hechos contrastados, ‘elles’ le retuercen el pescuezo incluso a las matemáticas, de tal modo que puedes subir el SMI o lo que te plazca, pero si a la vez te machacan a impuestos, disparan la inflación con sus políticas de chichinabo, multiplican la inseguridad jurídica, revientan el mercado de la vivienda con precios imaginarios y te quedas sin trabajo, la realidad, al fin, es que cobras más pero ganas menos y te quedas con tu cara de haba y con sus enunciados salvíficos que engordan al Estado benefactor que sólo les beneficia a ‘elles’.
El caso es poder seguir saqueando el presupuesto. Y todo lo demás, palabras.
He dicho.





