El programa de mano, por fortuna recuperado, de los toros en Sevilla ofrece un reducto de la belleza de la lengua castellana, tan atacada por todas partes. ¡Qué placer simplemente el leer la descripción lacónica y contundente de los atuendos de cada cuadrilla, “Carmesí y plata”, “Nazareno y oro”, “Caña y azabache”! Y lo meros nombres, picadores, banderilleros (aquello de “Más que poeta mi deseo primero/ hubiera sido ser un buen banderillero” de Manuel Machado. ¡Qué singular esta tierra en la que un gesto tan concreto define toda una profesión…!).
La corrida del sábado 13 de abril, día de San Hermenegildo (otra gran fecha totalmente desperdiciada en España) bien pudo ser la mejor que hayan visto muchos “no entendidos”. Pues el lenguaje críptico de las críticas profesionales –en el ámbito taurino y aun en todos-, a menudo centradas en detalles internos, “autorreferenciales”, de la peleílla de uno con otro y siempre a vueltas de lo económico y lo dinerario, deja a veces en olvido lo que fue la vivencia de una persona ignorante de los entresijos y que “sólo” va a experimentar algo incomparable en el mundo.
Una plaza llena y vibrante – la más hermosa, bien puede ser, de todo el orbe. Un público grato de ver; la feria es la única que consigue que, por una vez, a la comodidad harapienta se imponga la estética, en calzado y vestido. El dramatismo del comienzo, cogido por el toro tras recibirlo a porta gayola (no que deseemos estos dramas, pero fue admirable la continuación), el torero ha de retirarse a la enfermería para ser operado. La actitud del público, de respeto, armonía, perfecta compenetración todos con todos, silencio en los momentos debidos. El segundo torero, Borja Jiménez, finalmente en vez de dos toros, toreó a tres, y a todos maravillosamente; en las circunstancias, al público parecía darle cierto reparo el aplaudir demasiado o el pedir una oreja para una lidia que le hubiera correspondido a otro – aunque luego sí recibió una, con todo el merecimiento.
El no entendido sólo puede decir que los toros no sólo parecían bravos y embestidores, sino inquietos, nerviosos… La sensación de alerta y peligro se mantuvo durante toda la corrida, con los seis toros. Todos cayeron a la primera estocada, no sonó ningún aviso.
Cuando salió Escribano desde la enfermería para lidiar el último toro, ya llevaba un rato la plaza con el resplandor que se produce cuando se encienden los focos aunque sea aún de día, ese resplandor que intensifica el brillo de los trajes de luces. (Que el de Roca Rey por cierto, aun siendo torero de oro, esta vez era de plata). Reapareció el herido con el chalequillo solo, con pantalones oscuros cortados debajo de la rodilla, y ahí en medio del albero el torero de esa guisa tenía algo de pastor.
Mil poesías vienen a la cabeza, (muchas de ellas que no hacen al caso pues son religiosas y sería sacrílego – como el “Pastor que con tus silbos amorosos y “ella cayado, él pastor”; pero muchas otras también, la poesía llamada “pastoril” como el ideal de un mundo idílico), multitud de asociaciones entrañables y arcanas; en ese momento de emoción inmensa en la plaza, todas esas connotaciones poéticas y literarias parecían tomar cuerpo en una persona real, de carne y hueso, en pleno siglo XXI. Torero herido, lanzado y sin miedo, y vestido de pastor.
Siendo reina de Francia, María Antonieta se disfrazaba de pastorcita. Durante siglos, los habitantes de las ciudades se entretenían viendo comedias “pastoriles” (ciertamente, observaba Chesterton, no hay comedias en las que salgan bailando banqueros ni, podríamos añadir, asesores fiscales; pero pastores sí). Con la Navidad, lo de vestirse de pastor tiene sentido religioso; pero fuera de ella, también ha tenido un sentido, si no religioso, especialísimo, como de algo que aúna lo más terreno con lo sublime. Acaso seguimos siendo humanos porque, en algún momento de la vida nos hemos disfrazado de pastora o de pastor.
En fin, divagamos. Pero, se pueda expresar esto o no, la semejanza con la apariencia de pastor del torero herido, y luego triunfante, despertó una emoción arcana, que unido a la otra arcana que es el toreo, hizo de aquel momento en la plaza una explosión de milenios de conciencia humana concentrados. Eso quería decir, antes de que la deformaran, la expresión “memoria histórica”: algo que se recuerda aun sin haberlo vivido, que se sabe sin que nos lo hayan contado.
Por ende, ¡cómo toreó! Precisamente cuando, dado el caso, bastaba con que lo hubiera hecho de cualquier manera. Y la vuelta al ruedo con las dos orejas (que hubiera merecido aun actuando normalmente, sin dolencia alguna), otro momento único para quien ama la esencia de las cosas. Pues hubo afecto, entusiasmo, la vuelta fue lenta, sí… pero tampoco en exceso. No se produjo nada histriónico ni fuera de tono. No se perdió la medida, y el público fue desalojando los tendidos, con normalidad, mientras moría la tarde.
La grandeza tiene algo de lacónico.
Torero y pastor.





