Con la llegada del calor solemos retomar la lectura de esos libros que parecen que nos esperan cual amigo que no nos reprocha el no habernos acercado a ellos en todo el año, y así llenamos esas horas muertas que nos acortan la tarde y nos hacen más liviana la canícula. Hay textos cuyos personajes nos emocionan y nos dejan una huella por cómo afrontan los distintos episodios, por cómo lo viven, en definitiva, por los valores que transmiten.
Así, por ejemplo, Jean Valjean, el protagonista de Los Miserables de Víctor Hugo, es uno de los símbolos más poderosos de la literatura universal: encarna una serie de virtudes extraordinarias como la Redención y la Capacidad de Cambio; la Misericordia frente a la Justicia Ciega; el Altruismo y el Sacrificio Personal; la Integridad Moral y la Conciencia; el Amor Paternal Incondicional.
En cambio, el capitán Ahab de Moby Dick de Herman Melville es uno de los personajes más complejos que se han descrito. Representa el individualismo extremo, el orgullo humano llevado al límite, la voluntad inquebrantable hasta transformarse en obsesión destructiva, el autoritarismo manipulador, y, finalmente, el intento de dominar aquello que le supera, lo que inevitablemente termina en tragedia para él y para los que le siguen (¿les suena?).
Pocos héroes despertaron tanto la admiración en mi adolescencia como Miguel Strogoff, el protagonista de la célebre novela de Julio Verne, en el que veía plasmados una serie de ideales admirables: Lealtad y Patriotismo; Fortaleza y Perseverancia; Valor y Valentía; Amor filial y Sacrificio; Compañerismo, Amistad y Amor; Honradez y Sentido de la Justicia (bienes escasos en los tiempos actuales).
El anunciado estreno en el cine de La Odisea, me ha hecho recordar la Ilíada, y a uno de esos personajes que aparecen como secundarios pero cuya presencia en la historia que se nos narra encierra un gran valor. Me refiero a Eneas. Cuando pensamos en esta figura, nuestra mente suele viajar automáticamente a la Eneida de Virgilio, montando las olas del Mediterráneo hacia la fundación de Roma. Sin embargo, mucho antes de convertirse en el héroe nacional romano, ya era un guerrero fundamental a la sombra de Héctor, el gran defensor de Troya.
Eneas no es un combatiente común; es el líder de los dardanios (un pueblo aliado y estrechamente emparentado con Troya) e hijo de la diosa Afrodita (Venus) y del mortal Anquises. En la escala de poder e importancia militar, ocupa el segundo lugar justo detrás de Héctor. A pesar de su lealtad a la causa, Homero nos deja entrever cierta tensión política: Eneas siente que el rey Príamo no le trata con el respeto y los honores que merece, lo que a veces lo mantiene en un segundo plano hasta que el deber lo llama al frente. ¿Quién no se ha sentido alguna vez marginado injustamente, y a pesar de ello ha cumplido escrupulosamente con su deber?
Mientras que Aquiles está impulsado por la furia y la gloria personal, y Héctor por el amor desesperado a su ciudad y su familia, Eneas destaca por una combinación de atributos que anticipan su gran rol histórico:
Piedad y Respeto a los Dioses: este es su rasgo más distintivo. Es profundamente respetuoso con los mandatos divinos. Reconoce una fuerza superior a la suya y ofrece su lucha por una causa mayor que su propia vida. Los propios dioses —incluso aquellos que apoyan a los griegos, como Poseidón— consideran que Eneas no merece morir en Troya porque sus ofrendas siempre han sido impecables y su destino está bendecido.
Valentía serena: No busca el conflicto de forma temeraria, pero jamás retrocede. Se enfrenta cara a cara con dos de los guerreros griegos más formidables: Diomedes (quien llega a herirlo con la ayuda de Atenea) y el mismísimo Aquiles. Aunque superado en fuerza, Eneas asume el combate con dignidad y valor. Este pasaje es fundamental. Homero no solo justifica la supervivencia de Eneas, sino que introduce la semilla de lo que siglos más tarde Virgilio expandirá: la idea de que el verdadero valor de Eneas no pertenece al pasado destructivo de Troya, sino al futuro constructivo de una nueva civilización. Acepta que nunca volverá a su patria, que ardía en llamas, porque entiende que ha de crear una nueva.
Sentido del Deber y Supervivencia: A diferencia de Héctor, cuyo destino es morir ante los muros de su ciudad, el valor de Eneas radica en saber cuándo sobrevivir. Su heroísmo no es el del sacrificio trágico, sino el de la resiliencia. Está destinado a preservar la estirpe de Dárdano.
En resumen, Eneas no busca la gloria personal ni el regreso al hogar como Ulises. Es el símbolo más poderoso de la continuidad entre generaciones, por eso sale de Troya con su padre sobre los hombros (el pasado) y de la mano de su hijo (el futuro). Es el héroe que funda una patria porque antes la ha perdido. Su identidad ya no depende de un territorio, sino de aquello que es capaz de conservar y transmitir mientras atraviesa el mundo. Su figura nos enseña que, a veces, el mayor valor no está en morir por una causa perdida, sino en tener la fuerza y la fe necesaria para mantener viva la esperanza entre las cenizas.
(Dedicado a todos los que han tenido que emigrar en contra de su voluntad en busca de un futuro mejor)
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Leyendo «Todos somos Eneas», artículo presentado por Alberto Amador Tobaja, recuerdo también que Cicerón explicó el fenómeno: «Donde se está bien allí está la Patria».
Felicito la observación y saludo al autor.